Un 'aventurero' de Peal: Antonio Fernández Bautista

Aunque falta de su pueblo desde que era niño y pese a su intensa vida, que lo ha llevado a recorrer el mundo, asegura sentir algo especial cada vez que vuelve
Antes de entrar de lleno en su historia personal, Antonio Fernández Bautista (Peal de Becerro, 1950) advierte a Lacontradejaén: "Mi vida es como para escribir un libro". Y a fe que lo es: un libro..., o varios.
Toda una aventura vital la de este pealeño cuya locuacidad y memoria van de la mano a la hora de narrar sus peripecias, que lo han llevado a recorrer el mundo aunque eso sí, sin olvidarse jamás de su pueblo, de su patria chica, por más que solo viviese en ella los dos primeros años de su existencia.
"En el año 52 nos fuimos mi familia y yo a Madrid; mi padre era panadero, ganaba poco, el jefe no le dio el aumento que le pidió y entonces se fue a Madrid con un oficial del juzgado, donde mi padre terminó trabajando como agente judicial; trabajaba en el juzgado por la mañana y en la panadería por la noche", explica Fernández, y apostilla:
"A pesar de haber estado yo poco tiempo en el pueblo, fuimos allí en nuestras primeras vacaciones, en el año 59", un antes y un después en la biografía de Antonio, quien afirma, rotundo: "Cada vez que me acerco a mi tierra, el corazón me hace 'pum', a mí me encanta mi tierra".

SESENTA AÑOS ENTRE ESPAÑA Y LATINOAMÉRICA
Se dice pronto, pero desde que llegó a la capital de España (hecho un crío) y este domingo 21 de junio de 2026 en Benidorm (donde reside desde que se jubiló) ha pasado la friolera de seis décadas.
Toda una vida que ha dado para mucho, para ese libro que, quizás, algún día escriba y que hoy, a modo de brevísimo adelanto, publica este periódico.
"Empecé a trabajar cuando no había cumplido todavía los catorce años; primero en una sastrería en la calle Mayor, pero no me gustaba, y luego en una imprenta, en Goya, y tampoco, porque no me gustaba estar encerrado, así que me busqué un almacén de electricidad cerca de la calle Barquillo, y de ahí me fui de aprendiz en una cuadrilla de electricista", recuerda.
Cuatro años estuvo entre cables hasta que, en Carabanchel, junto con dos ingenieros vascos, se fue a una empresa eléctrica hasta que cumplió los veintidós.
¡Si sería aventurero, ansioso de emociones fuertes Antonio, que soñaba con irse a la mili, aprovecharla para conocer mundo y, de paso, acceder a la Guardia Civil, mientras los demás rezaban por librarse del servicio militar! Unas ganas que, paradójicamente, le dieron la espalda: "Mi padre fue a ver adónde me había tocado, y resulta que había salido excedente de cupo". Su gozo en un pozo, pero era cuestión de tiempo.
Y es que en las históricas páginas de la prensa de la época le aguardaba su destino: "Leí un anuncio en el 'Ya' para una multinacional italiana del grupo Fiat, que necesitaba personal para instalaciones en España; eché la solicitud y a los tres días tenía un telegrama en la casa para presentarme en Torrejón. Eso fue en el 72, y me admitieron". Así empezó su periplo nacional e internacional.
Veinticinco años pasó viajando por todas y cada una de las comunidades autónomas españolas, y otros diez por Latinoamérica, primero como instalador de equipos de telefonía en Teletra y luego como jefe de instalaciones de instalaciones de radio y televisión, periodo en el que trabajó (por poner solo un ejemplo) en la icónica torre barcelonesa de Collserola.

TAXISTA EN MADRID
En Costa Rica se casó con una chilena con la que tuvo a sus hijos; una relación que, finalmente, terminó, como su apasionante trabajo de acá para allá, en el que tuvo que llegar a llevar un revólver en el cinturón: "Aquellos países eran muy peligrosos", aclara mientras evoca sus años en una políticamente agitada Venezuela.
Hombre inquieto donde los hubiera, siempre tuvo hueco en su apretada agenda para sumar conocimientos, experiencias, salidas... Y cuando decidió cambiar de profesión (impulsado por su aprecio a su empresa de siempre, tras la compra de esta por otra firma internacional) hizo valer uno de aquellos recursos:
"Nos volvimos a Madrid; yo tenía todos los carnés de conducir, y había tenido la precaución de sacarme la cartilla de taxista en los años setenta; cuando llegué dejé la empresa y me compré una licencia de taxi, estuve dieciséis años trabajando en Madrid hasta que me jubilé", cuenta entre risas, consciente del vuelco que dio a su trayectoria.
Y de allí, a Benidorm, destino del resto de su familia en los años de la emigración y, también, escenario cabal para esta nueva etapa en la vida de Antonio, que además le reservaba un sorpresón: "Decidí venirme aquí, y aquí he encontrado al amor de mi vida, mi prima", pealeña como él.
PEAL EN EL ALMA
Jamás ha dejado de venir a Peal de Becerro, sacando tiempo de donde no lo tenía, respondiendo a la llamada de la sangre: "Me encanta la gente de mi pueblo", asevera. La última vez que vino, hace dos años, por San Marcos. "MNe encanta venir, eso de salir por el pueblo, hablar con la gente...".
Curioso que alguien que ha vivido tanto, que ha hecho tantísimos kilómetros se encuentre en la gloria en las mínimas latitudes de un municipio serrano: "A mí me llama mi tierra, yo podría vivir perfectamente en Peal". ¿Por qué? "Sobre todo por la gente, que es el tesoro de mi pueblo".
Reconoce, sin embargo, que en Benidorm está "muy cómodo" y tiene lo que necesita para otra de sus pasiones: el deporte.
"Nada más jubilarme, con un amigo de la empresa que se fue a vivir a Torrevieja, hice el Camino de Santiago en bicicleta; nos fuimos a Roncesvalles y desde allí fuimos hasta Santiago de Compostela, setecientos ochenta kilómetros en catorce o quince días".
Desde entonces no ha parado, hasta el punto de que ni el sobreesfuerzo (involuntario e inconsciente) realizado en los últimos diez años le hacen tirar la toalla: "He hecho casi cien mil kilómetros, cada día treinta y tres kilómetros, y dos horas andando también, hasta hacer treinta mil kilómetros a pie; un día, al llegar a casa, me quedé casi doblado, no sabía qué me pasaba, y viendo en la tele la Vuelta Ciclista a España supe lo que me pasaba: la altura del sillín".
Recuperándose está del trance y, como los toreros, deseando volver al ruedo, al manillar. No en vano acumula trofeos y medallas de fútbol sala, artes marciales, atletismo...: "Entiendo la vida y no me asustan los reveses que la vida te da, los acepto con mucha deportividad", sentencia.
Así es Antonio Fernández Bautista, una vida de libro con un capítulo, grande, dedicado al lugar donde sus ojos se abrieron por primera vez.

Únete a nuestro boletín

