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Un jamilenudo de altos vuelos: Antonio Gallardo Cámara

Por Javier Cano -
Compartir en X @JavierC91311858
Un jamilenudo de altos vuelos: Antonio Gallardo Cámara
El jamilenudo (debajo) en pleno vuelo. Foto cedida por Antonio Gallardo.

Residente en Mollet del Vallés desde hace más de 50 años, este paracaidista, campeón de baile y director técnico jubilado presume de patria chica allá donde va

Se atribuye al filósofo alemán Nietzsche esa frase según la cual se deberían considerar perdidos los días en que no se baila al menos una vez, y al novelista galo Flaubert aquello de que a fuerza de mirar siempre al cielo, al ser humano le terminarían saliendo alas. 

Dos sentencias célebres que Antonio Gallardo Cámara (Jamilena, 1956) ha asumido como propias y que lo convierten en un auténtico aventurero al que no se le puede dar la más mínima pista, porque enseguida la conquista con su movimiento.

Residente en tierras catalanas desde hace más de cincuenta años, hoy se asoma a las páginas digitales de Lacontradejaén para compartir con l@s lector@s su propia aventura, la vital. 

Hijo de una "familia modesta", recuerda para este periódico cómo su padre se batía el cobre en la obra, en la aceituna o, en temporada, trabajando en la Costa Brava, para sacar adelante a su familia con dignidad. Una costumbre esa, la del trabajo, que lleva en su ADN como una herencia sagrada. 

"A los trece años me fui a estudiar a Martos, en Artes y Oficios; estuve cuatro años, hice Matricería, muy parecido a la Maestría industrial", recuerda. Terminó a los diecisiete y, a las puertas de la mayoría de edad, ya estaba en Cataluña buscándose la vida. 

Una tierra que no le era extraña, si se tiene en cuenta que, en temporada de vacaciones, él mismo acudía a currar al hotel donde sus padres emigraban año tras año: "Me pasaba allí tres o cuatro meses", comenta Antonio. 

Empezaba así una trayectoria (profesional y personal) que él mismo reconoce más que positiva: "He tenido mucha suerte, no me puedo quejar en esta vida, me ha venido todo redondo". Un hombre con estrella, como se dice.

"Cuando acabé los estudios me vine a Mollet del Vallés (Barcelona), y como tenía mi oficio entré en una empresa textil, para mantenimiento general". Veinticinco años (que se dice pronto) pasó en esa firma, un cuarto de siglo tras el que el destino le deparaba nuevos quehaceres.

"La empresa cerró y me derivé a los motores de cogeneración, los de los barcos transatlánticos; estuve tres años en una empresa austriaca donde me trataron muy bien". 

Luego, a otra compañía multinacional, en este caso de automoción, en la que llegó a ser elegido trabajador del año y de la que salió, jubilado, por la puerta grande tras años como director técnico

 Foto cedida por Antonio Gallardo.
Foto cedida por Antonio Gallardo.

Pero como no solo de pan vive el hombre, hay que resaltar que Cataluña le reservaba, además, el amor de su vida: Isabel Pérez.

Una granadina que con solo ocho años cambió de paisajes para siempre, de la mano de sus padres, y que en plena adolescencia coincidió para los restos (llevan ya cuarenta y siete años juntos) con Gallardo Cámara, padre de sus dos hijas y abuelo de dos nietos que son, también, otros de sus pilares: "Son del Barsa y yo del Madrid, pero no hay problema". Lo dicho, pilares ¡pero de verdad, verdad!

Dos hijas, por cierto, catalanas, pero que Antonio afirma que son más de Jamilena que los ajos buenos: "Siempre han tenido arraigo a la vida del pueblo, su corazón lo sienten andaluz".

'PARACA' Y CAMPEÓN DE BAILE

Un 'jamilenúo' de altos vuelos que allá por el año 1977 (medio siglo se cumple) se alistó al Ejército y entró en la legendaria Brigada Paracaidista, con la que realizó trece saltos (según certifica el diploma que aún conserva en su hogar, como una reliquia).

Trece saltos que, andando el tiempo, serían muchos más, porque en cuanto puede se engancha a un monitor y, en la modalidad de tándem, ¡a rozar las nubes se ha dicho! 

Como Stevenson, escritor de aventuras por antonomasia, disfruta con el cielo sobre su cabeza y el camino bajo sus pies, un camino más que activo: brillante, ¡de premio!

Y es que es un nombre propio del baile deportivo: "Empecé en 2007 a probar, siempre me ha gustado la música, de hecho en el pueblo teníamos un grupo de jovencitos, tipo Los Brincos, Los Diablos...", explica.

Le gustó, le gustó y como la cosa iba viento en popa a toda vela, se lo tomó más en serio; tanto que acumula en su casa trofeos y trofeos ganados a fuerza de baile:

"En 201, en el Campeonato de Europa de Baile Retro celebrado en Torremolinos, quedé tercero de Europa". Ahí sigue, federado como Dios manda, recorriendo mundo y, los días de Jesús en su Jamilena de sus amores, regalándole a su pueblo ese don: "Llevo años que, cuando llegan las fiestas, hacemos una exhibición de baile de salón allí".

 Un rincón de su casa, donde acumula recuerdos y trofeos como bailarín. Foto cedida por Antonio Gallardo.
Un rincón de su casa, donde acumula recuerdos y trofeos como bailarín. Foto cedida por Antonio Gallardo.

JAMILENA...

Pero, ¿le queda tiempo a este hombre para acordarse de su patria chica entre tanto viaje, tanto certamen de baile, tanto salto en paracaídas? Vaya que sí. 

"Mi familia vive en Jamilena, voy mucho; el día de Jesús no falto, y el pasado 28 de mayo estuve en el cumpleaños de mi madre, que cumplió noventa y nueve años". ¡Como Antonio herede la longevidad de la autora de sus días, habrá bailarín y saltador para rato!

Tanto quiere a su tierra que, en cuanto vuelve, le cambia hasta el acento, que por cierto lo mismo usa en alemán que en inglés que en catalán. ¡Vamos, que tiene facilidad para los idiomas también! "Mi mujer me regaña, porque cuando entro por el pueblo cambio hasta el modo de expresarme, sin darme cuenta". 

¡Ay, cuando regresa a Jamilena! En medio de esta conversación telefónica, a Antonio le conquista la voz un silencio que traduce emoción, ese nudo que produce la nostalgia (que es un baile circular, según Isabel Allende), hablar de su pueblo, de su raíz. 

"Los 'jamilenúos' somos muy devotos de Nuestro Padre Jesús y yo, para entrar donde vive mi madre, tengo que pasar con el coche delante de la iglesia. Esto nos pasa a todos los que estamos fuera, que cuando pasamos por ahí se nos remueven las tripas. La tierra llama", concluye, y apostilla: "Cuando me acerco a Jamilena, es un sentimiento que me llega al alma". Esa alma que (lo escribió Ovidio, todo un poeta) descansa cuando echa sus lágrimas. 

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