124 años recordando al poeta José Moreno Castelló

La ciudad dedicó la antigua calle de las Escuelas, de la capital, al escritor sanluqueño, fallecido en 1901 y uno de los grandes defensores del Arco de San Lorenzo
Era costumbre en el Jaén finisecular y de principios del XX que, prácticamente nada más morir, el personaje de turno tuviera calle a su nombre en la capital.
Ejemplos hay a porrillo, la gran mayoría justificados por trayectorias más o menos afortunadas que, eso sí, tuvieron su importancia en la ciudad en aquel tiempo.
Entre ellos figura el poeta y escritor José Moreno Castelló (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1841-Jaén, 1901), gaditano de cuna pero arraigado en Jaén desde su infancia y volcado en 'sus cosas' durante toda su vida, con algún periodo (breve, ciertamente) en puntos de la provincia como el precioso municipio de Hinojares, donde su padre (recuerda Manuel Urbano en su estudio La pluma ingrávida, publicado por el IEG en 1991) trabajó como secretario municipal.
Un vínculo este (el del literato y la capital del Santo Reino) que quedó sellado para la eternidad con la rotulación de la antigua calle de las Escuelas a su nombre, en pleno casco antiguo jaenero, a la vera del primitivo instituto luego conservatorio, la calle Maestra, la vía urbana dedicada a su amigo Montero Moya o la otrora Maestra Alta, en honor de Almendros Aguilar: sus compañeros de trimurti.
Desde 1902 (pocos meses después de su óbito) campea el nombre del autor de Versos y lágrimas en este entrañable espacio, a no demasiados metros de ese Arco de San Lorenzo por el que Moreno Castelló, concejal del Ayuntamiento jaenés, se batió el cobre y, a la vera de su colega Palma y Camacho, logró detenerle un derribo dado por seguro.
Aficionada a la caza, firmó también obras cinegéticas junto a una amplia producción que no dejó de lado el costumbrismo ni la religiosidad popular locales, que lo hicieron presente en obras tan significativas como el Romancero de Jaén, con el que la ciudad obsequió a la reina Isabel II en su histórica visita de 1862.
Todo un referente de la literatura cinegética de su época, casó con una jaenera de postín, María del Dulcenombre García Anguita, con la que no tuvo hijos pero que conformó una pareja imprescindible en la sociedad decimonónica que les tocó vivir.
En el patio número 1 del viejo cementerio de San Eufrasio, sección cuarta, descansan los restos mortales de aquel grácil poeta y, sin embargo, catedrático.

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