Pedro Martínez Jódar: 94 otoños con Begíjar a flor de labio

Militar retirado, asegura que una vida sana es la responsable de su longevidad, que disfruta con su familia y las escapadas que puede hacer a su pueblo natal
"Me encuentro muy bien, perfectamente, parece que tengo setenta años, o por ahí". Pues no, que Pedro Martínez Jódar puede presumir de los noventa y cuatro que certifica su DNI, desde aquel mes de febrero de 1932 cuando abrió los ojos al mundo. Y en Begíjar.
¿El secreto de su longevidad? Para él no tiene ni el más mínimo misterio: "Haciendo ejercicico, las comidas muy sanas, nada de comprar cosas elaboradas, haciendo deporte, gimnasia y llevando unos horarios rigurosos en las comidas, caminando (camino una hora por la mañana y otra por la tarde...)".
Y limpia su casa con su mujer, y cocina y va a la compra... "Me gusta vivir, me gusta mucho mi familia, yo no estoy cansado de vivir, ni mucho menos", sentencia.
Padre de cinco hijos, abuelo de siete nietos y bisabuelo de tres bisnietos, la historia de Pedro es la de un hombre hecho a sí mismo que tras años de fatigas en el campo, decidió labrarse un futuro más prometedor, hizo el petate (¡nunca mejor dicho!) y tiró para los Madriles. Era el año 1953.
"Ingresé en la mili, me vine voluntario a la Primera Región Aérea del Ejército del Aire, en la Escuela de Transmisiones de Cuatro Vientos, y empecé a progresar". Militar toda su vida, era un hombre inquieto y, en las horas libres, arrimaba dinero a su casa: "Estudié administración y contabilidad, y me hice tambié auxiliar de farmacia". Lo dicho, un hombre inquieto.
En la capital de España conoció a su primera esposa, a la madre de sus hijos: una ubetense afincada en la villa y corte cuya vida se truncó cuando tenía cincuenta y pocos años; ya viudo, Pedro conoció a María, su actual mujer, zamorana, de la que habla maravillas: "Es una segunda madre para mis hijos, se lleva muy bien con todos, y todos con ella; llevamos ya treinta y nueve años juntos", explica.
A fuerza de esfuerzo sacó su casa adelante, dio carrera a sus criaturas y ahí sigue, disfrutando de la vida, con escapadas a su segunda residencia, en tierras abulenses, y a Begíjar, de la que presume como lo que es: "Begíjar es mi pueblo, lo quiero muchísimo".
Hace pocos días, precisamente, cogió el coche (conduce como el que más) y tiró para su patria chica, de boda: revisitó el palacio episcopal (donde han vivido muchos de sus ascendientes, donde él mismo nació y donde, al igual que sus hijos, ha pasado veranos inolvidables).
Así sacia su nostalgia, una nostalgia tranquila, moderada, que le permite acordarse de su tierra sin tener que renegar de la adoptiva: "En Madrid tengo a mis hijos, mi vida, mis amigos...", dice. "¡Pero, si pudiera, vendría más a Begíjar!", concluye.

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