Una noche para correr y para vivir

La 43 Carrera Urbana Internacional de San Antón volvió a convertir el frío, el fuego y las zancadas en una celebración compartida por miles de personas
Juanjo Martínez se ajusta el traje de novio en mitad de la calle Virgen de la Cabeza mientras, a su alrededor, doce mil personas saltan para entrar en calor. Hace un año, en la tradicional meta del Gran Eje de la Carrera Internacional Noche de San Antón, se arrodilló con el pulso tembloroso para pedir matrimonio. Anoche corrió junto a su mujer, vestidos de blanco y negro, como si la carrera también fuera un aniversario. Nadie les mira raro. En San Antón casi todo es normal cuando cae la noche.
El termómetro marca dos grados. El aliento sale en forma de humo y las manos se esconden en guantes gruesos. La salida y la meta se han mudado por primera vez a esta calle, obligadas por unas grietas que mantienen en vilo a las familias de la calle Unicef. Una multitud se aprieta como si buscara refugio colectivo. Hay nervios, risas congeladas, padres haciendo fotos a hijos con dorsal, grupos de amigos prometiendo no separarse, corredores veteranos explicando a los nuevos que aquí lo importante no es el tiempo, sino llegar.
Cuando suena el disparo, la marea humana avanza despacio. La salida en curva y cuesta arriba convierte los primeros metros en un caminar paciente. Los amigos se aprietan la mano para no perderse entre abrigos y gorros. "Tranquilos, esto siempre empieza así", se dicen.
Poco a poco la carrera encuentra su ritmo, pasada la zona de Los Escuderos, cuando el grupo se estira y cada uno busca su espacio. Las zapatillas empiezan a sonar con más claridad sobre el asfalto frío. A los lados, las calles están llenas. Familias enteras, abuelos envueltos en bufandas, niños subidos a los hombros, bares abiertos pese al frío, música que se mezcla con los ánimos. Más de treinta lumbres arden en los barrios como pequeños faros naranjas que recuerdan que esta noche no es solo deportiva, sino antigua.
Las antorchas iluminan esquinas, dibujan sombras largas y convierten a la capital del Santo Reino en otra. Jaén no parece una ciudad que observa una carrera, sino una ciudad que corre entera. Más si cabe con el paso único e inigualable por la imponente Catedral, obra de Andrés de Vandelvira.
Miles de corredores bajan hacia el túnel de la Avenida de Andalucía, recuperado en este recorrido como un gesto a la tradición. Dentro, el eco de miles de pasos retumba como un corazón enorme. Durante unos segundos no hay frío, ni cansancio, ni nervios. Solo hay ruido, risas y un techo bajo el que todos parecen iguales.
Al salir, el aire vuelve a morder. Dos grados exactos. Las piernas pesan, los dedos se vuelven torpes, el sudor se enfría rápido. Llega el último apretón, Avenida de Madrid cuesta arriba, para llegar antes que los pensamientos, porque detrás de cada zancada hay una historia.
Está el que vuelve tras una lesión.
El que corre por primera vez.
La que dedica la carrera a alguien que falta.
El grupo de amigos que se prometió no perderse nunca.
El que ayuda a conseguir objetivos.
San Antón también es eso, aunque no salga en los tiempos oficiales.
La meta vuelve a ser Virgen de la Cabeza. Cuando la cruzan, Juanjo y su mujer se abrazan. No hay anillos esta vez. Hay frío compartido, una foto rápida y un beso frío que sabe a victoria cotidiana.
A pocos metros, miles hacen lo mismo. Se buscan, se abrazan, escriben mensajes con los dedos rígidos para avisar en casa de que todo ha salido bien. La lluvia ha respetado la noche. El frío no ha podido con ella.
Mientras los campeones celebran sus marcas y los altavoces anuncian nombres y tiempos, Jaén sigue encendiendo hogueras, sirviendo caldo caliente y contando historias que solo existen una vez al año.
El atleta se gira antes de irse. Mira la calle, las luces, la gente, el humo de las lumbres mezclado con el vaho de los corredores y dice en voz baja, como si fuera un secreto:
“Aquí no se viene solo a correr”. Y en San Antón, todos lo saben.
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