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Un evocador paisaje jaenero en una pintura de hace tres décadas

Por Javier Cano -
Compartir en X @JavierC91311858
Un evocador paisaje jaenero en una pintura de hace tres décadas
La senda de los Huertos según Francisco Cerezo. Foto: Javier Cano.

Inquilino del Camarín, donde tuvo estudio, Francisco Cerezo recogió en su Senda de los Huertos una visión ya desaparecida de este antiguo 'edén' de la ciudad

Entre las joyas que alberga el Museo Cerezo Moreno de Villatorres, el maestro legó a su pueblo (y a la contemplación de los amantes de la pintura que lo visitan) una evocadora visión de un ya perdido paisaje jaenero hasta la médula: la Senda de los Huertos

Se trata de un óleo sobre cartulina, de veintinueve por treinta y nueve centímetros, protagonizado por "la primitiva senda de los Huertos de Jaén, con uno de los puentes que lo circundaban sobre un arroyo", según se detalla en el catálogo cereciano. 

A la izquierda, un fragmento del recordado acueducto del Carmen, construcción de época romana con dieciséis ojos sobre los que el agua limpia del raudal de Santa María (bajo la mismísima glorieta de doña Lola Torres) buscaba las lejanías de San Ildefonso y del resto de la ciudad, que para eso y mucho más.

¿Que por qué del Carmen? Por lo mismo que al Abuelo se le llama de los Descalzos, bien lo escribió el poeta Alcalá Venceslada: "El cantón de los civiles, / frente al lugar donde antaño / tuvo la sagrada imagen / de Jesús, su trono sacro, / en la iglesia del convento / de frailes carmelitanos, / que por ellos lleva el nombre / de Jesús de los Descalzos". Efectiviwonder, que diría un hortera: del Carmen porque, una vez en desuso, quedó dentro del huerto carmelitano, conventual, monástico. 

Allí lo vio, la tira de veces, Francisco Cerezo, inquilino del mismísimo Camarín, donde tuvo su estudio de pintura y restauración desde la década de los 50 y hasta que se fue de allí, ya en los 70. Si no es por él, de la capilla del Abuelo no quedaría hoy más que el recuerdo, y por ese espacio sagrado y jaenerísimo se jugó la integridad de su obra (y hasta la de sus huesos) aguantando hasta el final bajo su cúpula, para que no pudieran demolerlo. 

Volviendo al cuadro: una virguería naturalista en la que destaca la corta pincelada, suelta y pastosa, que el maestro villargordeño dominaba tanto como la más pulida. Una maravilla, vamos. 

 

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