La plazoleta de San Pedro en una témpera de Rufino Martos

El recordado pintor jiennense evoca el típico rincón de la capital jiennense donde estuvo la vieja iglesia dedicada al primer papa, demolida a mediados del XX
¡Qué hermoso itinerario por el Jaén perdido ofrecen los pintores de estas tierras! ¿Un buen ejemplo? La inconfudible obra de aquel gran artista jiennense que fue Rufino Martos Ortiz (1912-1993), discípulo aventajado del genio Nogué y a cuya memoria rinde honores cotidianos el rótulo de una calle a su nombre en el barrio de Peñamefécit, tan lejos de su calle natal, a cuatro pasos de la Plaza de Santa María.
Inmenso paisajista, reservó a los mejores frutos de su talento para su patria chica, la capital del Santo Reino, con obras como la que preside esta página digital: la Plazoleta de San Pedro.
Evocadora témpera sobre papel, de treinta y uno por cuarenta y seis centímetros, en la que Martos plasma una visión ya perdida de la ciudad.
A la izquierda, en tímida presencia, parte de la fachada de la antiquísima parroquia dedicada al primer papa de la Iglesia, cuya puerta principal asomaba al levísimo vértigo de la cuesta de la calle Arroyo de San Pedro formando una suerte de jaenerísimo campillejo aún adivinable a día de hoy.
Templo datable en el XVI, acaso lo más característico de su compactado aspecto exterior fuese aquella espadaña de doble hueco desde las que, otrora, sendas campanas convocarían a misa o a los cultos dedicados a las advocaciones que encontraron cobijo allí: el Señor de las Penas, la Virgen del Tránsito (actualmente en el vecino San Juan, como la mismísima Virgen del Carmen).
Cabe destacar que en su pila bautismal recibió las aguas purificadoras el insigne linarense Andrés Segovia, cumbre universal de la guitarra, en tanto tras sus recios muros recibieron sepultura personajes de aquí como el maestro Luis de Noguera, tras el traslado de sus restos desde la cercana parroquia de Santa Cruz, en plena judería y de la que Noguera (muerto en olor de santidad) fue prior, a más de director del antañon hospital de niños expósitos de la calle Madre de Dios, fundado por el hijo del condestable junto al arco de San Lorenzo.
También fue sepultado allí, tras descansar mucho tiempo en San Miguel, otro singular personaje de mediados del XVI, Pedro Ordóñez de Ceballos, cura conquistador (en el mejor sentido de la palabra) y el primero en dar la vuelta al mundo desde América, adonde lo llevaron sus múltiples aventuras de auténtico corsario.
En 1965, tras años de abandono, la parroquia de San Pedro desapareció para siempre del paisaje urbano y de la realidad religiosa de Jaén, adscribiéndose su feligresía a la iglesia de San Juan, que aún conserva la memoria del viejo templo en su denominación.
Volviendo al cuadro de Rufino Martos, lo preside un hermoso caserón puramente jaenés, con sus ventanucos arqueados en la planta superior y un amplio balcón, privilegiada tribuna entre Arroyo de San Pedro y la luctuosa calle del Ataúd. Toda una inspirada y pictórica instantánea que da cuenta de la calidad del artista nacido en la calle Espiga.

Hijo de hortelanos y hortelano él mismo, al artista no se le caían los anillos a la hora de faenar en el campo. "Estaba en una huerta por la zona donde ahora se pone el mercadillo, una zona de huertas, y una de ellas la tenía arrendada mi abuelo; mi familia tenía alquilado ese terreno desde principios del siglo XIX, todos mis antepasados pasaron por allí, al menos desde entonces se dedicaban a trabajar la tierra", rememora su hijo Juan Martos, y relata:
"Un día apareció en ese olivar José Nogué, que era amigo del propietario de la huerta e imagino que este le recomendaría el lugar por las vistas tan buenas que tenía. Mi padre, en su timidez, con apenas quince años, lo observaba desde lejos, lo veía pintar. Nogué vio los primeros dibujos de mi padre, se ve que le gustaron y lo animó a ir a la Escuela de Artes y Oficios".
Así comenzó la trayectoria de Martos Ortiz por el universo del arte, primero en las aulas del viejo caserón que fue convento de Santa María de los Ángeles y luego en las de la reputada Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, donde llegó becado por la Diputación Provincial tras una auténtica campaña de apoyo por parte de un grupo de próceres jiennenses.
Junto con Nogué, el otro nombre imprescindible en esta biografía es el del profesor Eduardo Martínez Vázquez, que en esa etapa madrileña se convirtió en su verdadero maestro, al que durante toda su vida profesó una devoción propia de las almas nobles.
Mediado el XX consiguió su primera plaza como docente en Jaén, en el mismo centro de la calle Martínez Molina donde dio sus primeros pasos como alumno aventajado; de ahí pasó a Escuela de Palencia y, finalmente, a Córdoba, donde trabajó hasta su jubilación.
Casado con la jiennense Joaquina de la Casa Carrillo y padre de cuatro hijos, falleció en la Ciudad de la Mezquita en el 93. Allí reposan sus restos y allí, a principios de los 70, recibió la elocuente visita de un ya nonagenario José Nogué, recuerda Juan Martos. Una despedida (al maestro catalán le quedaba nada y menos) que informa de esa de esa lealtad incorruptible que presidió la vida de Rufino Martos.
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