Cerrar Buscador

Indalecio Marchal, todo un siglo enamorado de su pueblo

Por Javier Cano -
Compartir en X @JavierC91311858
Indalecio Marchal, todo un siglo enamorado de su pueblo
Indalecio Marchal, ante la tarta de su cien cumpleaños. Foto cedida por Juan José Marchal.

El nuevo centenario está "contentísimo" de haber pasado su vida entera en Valdepeñas de Jaén y, vitalista, espera seguir cumpliendo años rodeado de los suyos

"Yo me siento muy bien: ¡vaya, que estoy bien!". Lo asegura Indalecio Marchal Extremera, un valdepeñero (de Jaén) que acaba de sumar a su DNI un año más, ¡y ya van cien!

Todo un siglo de existencia desde aquel 1926 en el que Hiro Hito fue proclamado emperador de Japón o cerraba sus ojos para siempre el el legendario galán Rodolfo Valentino, mientras en un rincón del mar de olivos los abría este vitalista centenario que, cada vez que sopla las velas de su tarta, termina la fiesta con la misma frase: "¡Hasta otro año!".

Ni por asomo se imaginó jamás que alcanzaría la edad a la que llegaron el actor Bob Hope o el presidente Carter: "¿Yo?, eso imposible, ¡qué iba yo a esperar esto! Pero ahí está, lúcido y apegado a esto de vivir, sin el más mínimo cansancio que otros, con la mitad de sus años, ya arrastran: "Estoy contento con la vida, y veo a los de mi alrededor medio en condiciones", comenta a Lacontradejaén. 

Hijo de trabajadores del campo, él mismo convirtió las duras faenas a cielo abierto en su medio de vida, tanto en su pueblo como lejos de él, en las únicas ocasiones en las que ha puesto kilómetros entre su corazón y su patria chica: "Desde los años 50 empezó a irse a Francia a trabajar en el campo, y cuando terminaban siempre volvíamos a Valdepeñas", explica Juan José Marchal, el único hijo del matrimonio formado por Indalecio y Adoración, felizmente viva a sus casi noventa y seis otoños y, como él, encantada de seguir amaneciendo.

Ah, y de hacerlo en Valdepeñas de Jaén, por el que ambos sienten eso precisamente, lo que lleva por nombre la mujer de la casa: adoración. "Yo he estado aquí toda la vida; muchas veces me han dicho los amigos 'Indalecio, que nos vamos a hacer viejos y del pueblo no pasamos'. Contentísimo por haber vivido en el pueblo, sin tener con nadie ningún disgusto", asegura mientras lamenta que, de todos esos compañeros de camino, prácticamente ya no le queda ninguno. 

¿El secreto para llegar a los cien (primero) y, además, hacerlo en buenas condiciones? Indalecio lo tiene claro no, lo siguiente: "Darme buenas panzás de migas, trabajar los campos como de costumbre y haber sido felices en nuestras casas". No es mala receta, no señor. 

Así pasan los días en su hogar valdepeñero, donde a pesar de contar con una persona interna que los cuida y atiende, procuran hacer por ellos mismos todo lo que pueden: "Nos queremos mucho", asevera Adoración. Ven la televisión, se asoman a la calle (en contadas ocasiones, con andador y siempre acompañados), y cuando viene la descendencia, a disfrutar de ella se ha dicho: "Alucinan con los niños, pero están fuera y los ven poco, así que cuando vienen disfrutan mucho de ellos". Dos nietas y tres bisnietos, aclara su hijo Juan José.

Esta es la historia, resumidísima, de Indalecio Marchal Extremera, en quien se cumple a la perfección aquella sentencia de Pitágoras: "Una bella ancianidad es la recompensa de una bella vida". Felicidades, pues. 

 

 

 

 

He visto un error

Únete a nuestro boletín

COMENTARIOS


COMENTA CON FACEBOOK