Antonio Ródenas: ocho décadas sin moverse de 'su' Úbeda

Conocido mecánico, el padre del cantante del mismo nombre acaba de celebrar su cumpleaños con la satisfacción de tener a su esposa y sus tres hijos a su vera
La voz de Antonio Ródenas Rosillo (Úbeda, 1945) suena vivísima, recia pero noble al tacto del aire, como la madera de palosanto.
Quizás de ese torrente que sus pulmones se cuajan cada vez que abre la boca provenga el talento de uno de sus tres hijos, tocayo suyo, que desde hace tiempo se ha ido haciendo un nombre grande en el panorama musical de la provincia y de más allá, a fuerza de talento y de hacer feliz al personal a través del don con el que llegó al mundo.
Pero no hoy no toca hablar del artista (ya se hizo en su día, además), sino del padre, que en lo suyo (la mecánica del automóvil) ha sido también una figura reconocida, con talleres de esos que por muchos años que lleven cerrados, siguen sonando a destornillador, llave de vaso, alicates...
"Vivíamos al lado de uno de los Canos en San Pedro y me fui de chiquillo con ellos a su taller mecánico; estuve allí hasta que me licencié y luego en la Seat, a casa de Jurado; y así dando siempre vueltas", explica el protagonista de estas páginas digitales, que así, sin querer la cosa, acaba de celebrar su ochenta cumpleaños.
Ocho décadas de vida sin salir de 'su' Úbeda nada más que para viajar, siempre con billete de vuelta, donde desarrolló una profesión que lo hizo respetado lo mismo en el local que tuvo con su socio, Ródenas y Molina, que cuando desplegó su destreza en Alfa Romeo o en cualquier casa en la que arribó para ganarse el pan con el sudor de su frente y la grasa en el mono.
Casado desde 1970 con la cordobesa de Lucena Araceli Torres Sánchez, con ella va y viene a todas partes desde que se jubiló, con ella concibe el mejor de los presentes e imagina el más placentero de los futuros:
"Me voy por la mañana, tomo café, leo el periodico, voy al gimnasio, me vengo aquí, cojo a Araceli y paseamos tomando el sol; luego volvemos a comer a la casa y por la tarde, a ver la tele. Si hace buen tiempo, nos tomamos una cerveza por ahí". Cosas simples que, como dicen que dijo Newton, es donde se halla la verdad.
Es un hombre con suerte: nunca ha tenido que abandonar su ciudad natal para mantener a su familia, sus tres hijos viven a cuatro pasos de él, su mujer tiene uno de los nombres más hermosos del santoral y aunque tiene sus achaques, no llega la sangre al río: "De salud estoy regular, pero vamos tirando. La cabeza la tengo bien, la tengo puesta" [ríe].
Confiesa que nunca pensó que llegaría a la ochentena, hijo como fue de padres que no alcanzaron los setenta tacos, pero ahí está, pegado a la tele cuando echan un buen partido de fútbol o dejando claro cuál es la devoción de sus devociones: La Expiración.
"Cuando yo estaba de chiquillo trabajando con los Canos, ellos me apuntaron". Y lo mismo que él, todos los de su casa, que forman ya una dinastía cofrade.
Así es Antonio Ródenas Rosillo, sencillo como el pan, tan verdadero, y si se le pregunta qué espera de la aventura de vivir a estas alturas de la película, nada de virguerías: "Aguantar los años que nos queden, mutuamente los dos, y ya está. No esperamos ya otra cosa. ¿Qué puede esperar un hombre con ochenta años? Más de uno, incluso con menos edad, se mataría por tener a los suyos alrededor soplando esa tarta.
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