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Un fonendo, una bata y un maletín dignos de exponerse en un museo

Por Javier Cano -
Compartir en X @JavierC91311858
Un fonendo, una bata y un maletín dignos de exponerse en un museo
El donante, Juan José Cabrero. Foto: Palacio Episcopal de Begíjar.

Juan José Cabrero, hijo adoptivo de Begíjar y queridísimo médico del pueblo durante décadas, dona sus elementos de trabajo a la colección etnográfica local

El idilio entre Begíjar y Juan José Cabrero Sánchez (Ibros, 1955), lejos de acabar, aumenta cada día que pasa, hasta el punto de este médico de cabecera jubilado tiene (a estas alturas) el corazón más repartido que los panes y los peces del Evangelio. 

Sí, ibreño de cuna aunque hijo adoptivo de Begíjar (pero de verdad, con medalla y pergamino, oficialmente), la verdad es que no puede andar por las calles begijenses sin pararse una cosa así de cien veces, de tanto como lo aprecian allí. 

El cariño es mutuo, porque el ibreño se ha pasado en la consulta de medicina de atención primaria del pueblo la friolera de cuarenta años, más o menos. ¡Que se dice pronto! Y sí, que es ibreño, pero también más de Begíjar que la artesanía del mimbre. 

"Desde el punto de vista profesional, la gente sigue confiando en mí", explica a Lacontradejaén, de quien dice que tiene tanta capacidad de escucha y comprensión como el que más. "Yo todos los días tengo una tertulia con mis amigos, quedamos para desayunar, y como la gente sabe ese trayecto entre mi casa y la cafetería, la gente me para con proximidad; yo les digo que me dejen los informes, que los estudiaré y les diré algo".

¿No escribió Noah Gordon, en su exitoso libro El médico, que la ciencia y la medicina se ocupan del cuerpo, mientras la filosofía trata de la mente y del alma, tan necesarias para un médico como la comida y el aire"? Pues eso. 

Queda claro que se le quiere, y mucho, que todo es poco desde Begíjar para su apreciado doctor: ¿Qué puede hacer alguien por un lugar que no deja de mostrarle su afecto, de tributarle cariño cotidiano y del otro, del oficial (que, por cierto, no tienen por qué no ir de la mano)?

Pues Cabrero encontró un recoveco en sus ganas de corresponder a sus paisanos (¡paisanos, sí, del paisaje que le ocupa una de las dos mitades de su alma!).

"Santiago Vargas es un hombre supersensible, que compró el palacio episcopal y empezó a recopilar objetos que forman parte del acervo cultural; yo manejo las redes, no me prodigo mucho pero publico algo, y me comentaron que había escrito un relato muy sentido sobre mí, en el que se cuenta que encuentran unos taquitos, con los números de orden para la consulta", cuenta el médico, y continúa:

"Aparte de los halagos que me hacen profesionalmente, en el relato se cuenta que lo guardan en un lugar de su museo, como oro en paño, y me sorprendió mucho".

Ante tal muestra de tributo, Juan José pensó que la mejor parte de dejarles un recuerdo personal que, a la vez, incluyera parte de la historia contemporánea de Begíjar era donar para ese museo algunos de los instrumentos propios de su oficio, tan icónicos ellos: 

"Mi maletín de piel y mi fonendo Littmann, con el que he estado reconociendo a la gente de Begíjar toda la vida; llamé a Santi, le di las gracias por el escrito y le ofrecí esa donación, que nadie mejor que el museo iba a saber apreciar la historia de esos objetos".

Dicho y hecho, el ofrecimiento fue aceptado y unió a ese par de elementos su bata blanca: ¡vamos, que lo único que le ha faltado ha sido donarse a sí mismo para ser expuesto en la colección etnográfica!. No lo ha hecho, cierto, pero entre su entrega total durante décadas al servicio de los begijenses y autorregalarse, hay poca diferencia. 

Un regalazo que desde el Palacio Episcopal celebran, aplauden: "Esta donación no es solo la entrega de unos objetos antiguos. Sería muy fácil verlo de una manera superficial: un médico jubilado que quiere donar parte de su trayectoria a un proyecto cultural que ayuda a conservar la historia. Pero aquí hay algo mucho más profundo. Hay sentimientos encontrados, verdadero cariño y afecto recíproco, respeto, admiración y una conexión difícil de explicar, pero muy fácil de sentir".

Posiblemente el único o uno de los poquísimos honores que le faltaba recibir del municipio y que, pese a lo trascendental del hecho, se ha tomado con cierta naturalidad: "Yo es que, ya, de Begíjar soy incapaz de sorprenderme por nada", sentencia. 

¿Habrá estatua, calle a su nombre? ¿Pedirán para él el vizcondado? Seguramente sea cuestión de tiempo. Por lo pronto ya está, también, en el museo del pueblo. Para los restos. 

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