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EL VERANO SECRETO DEL ÍBERO

EL VERANO SECRETO DEL ÍBERO

Por Esperanza Calzado -
Compartir en X @Esperanza44

Mientras avanzan las obras de la exposición permanente, el laboratorio del Museo Íbero trabaja pieza a pieza para preparar un relato de 600 años de historia que comenzará a mostrarse tras décadas de espera

Dos asas rehechas delatan el paso del presente por un recipiente que espera su lugar en la exposición permanente del Museo Íbero. Los restauradores podrían disimularlas hasta confundirlas con las originales, pero no es eso lo que buscan. Las rebajan, las lijan, procuran que encuentren su sitio en el conjunto y, al mismo tiempo, dejan una diferencia de nivel suficiente para que dentro de muchos años alguien pueda saber dónde termina la pieza antigua y dónde empieza la intervención contemporánea.

Restaurar también consiste en no mentir.

El recipiente tiene cuatro asas, 57 centímetros de diámetro y 42 de altura. El Museo Íbero mostró el trabajo el pasado 31 de julio, aunque dejó sin resolver deliberadamente buena parte de la historia. Quien quiera saber más tendrá que esperar a la exposición permanente.

La escena resume bien el verano que se vive en el laboratorio del centro jienense. Mientras las obras del proyecto museográfico avanzan hacia su finalización, prevista para diciembre de 2026, una parte mucho menos visible del futuro museo se juega sobre las mesas de restauración. Allí no se trabaja con los cuatro millones de euros de inversión de la actuación ni con los 3.240 metros cuadrados que ocupará la permanente. Se trabaja con superficies, fragmentos, metales, relieves y huellas que han sobrevivido al tiempo.

Y el tiempo, en el Museo Íbero, se cuenta por siglos.

El 24 de julio había sobre una de esas mesas un brasero procedente de la necrópolis de La Noria, en Fuente de Piedra, Málaga. Está fechado en el siglo VI antes de nuestra era. La pieza, que había sido objeto de una intervención anterior, pasa ahora por procesos de limpieza superficial y reintegración cromática para llegar preparada a su futura exhibición.

 Marcos Díaz, restaurador especializado en metales de In Situ Conservación y Restauración.
Marcos Díaz, restaurador especializado en metales de In Situ Conservación y Restauración.

Entre aquel siglo VI antes de nuestra era y este verano de 2026 caben imperios, guerras, ciudades desaparecidas y más de dos milenios de historia. Al final de ese larguísimo viaje hay un restaurador trabajando sobre su superficie.

Se llama Marcos Díaz y está especializado en metales. Pertenece a In Situ Conservación y Restauración y durante estas semanas colabora con el Museo Íbero en la preparación de distintas piezas para la permanente. Es él quien interviene en el brasero de La Noria.

Su trabajo no se limita a ese objeto. Por sus manos pasan placas, armas, exvotos y elementos decorativos que necesitan procesos diferentes. En unos casos hay que limpiar; en otros, consolidar fragmentos desprendidos utilizando fibras de hilo de vidrio.

El detalle ayuda a entender una profesión que pocas veces entra en el relato público de un museo. Cuando una pieza llegue finalmente a su vitrina, el visitante verá el resultado. Difícilmente imaginará las horas anteriores, la limpieza o esa pequeña fibra que ha ayudado a mantener unido un fragmento.

También han pasado por el laboratorio los caballos.

El Museo enseñó el 16 de julio los trabajos de preparación realizados durante las semanas anteriores sobre varios relieves. Algunos ya habían estado expuestos en vitrinas; otros serán nuevos en el futuro recorrido.

No es una presencia cualquiera. El caballo fue símbolo de nobleza y prestigio entre los íberos, además de medio de transporte y elemento de profundo significado religioso y funerario. Ahora aquellos caballos atraviesan otra frontera: la que separa los fondos y los trabajos preparatorios de su encuentro con el público.

Porque la exposición permanente empieza mucho antes de una vitrina.

Empieza también aquí, en estas intervenciones que se suceden durante el verano mientras avanza una obra esperada durante años en Jaén. El proyecto museográfico, desarrollado por Acciona Cultura y con dirección técnica y de seguridad de Frade Arquitectos, tiene una inversión de cuatro millones de euros con cargo a fondos Feder y deberá concluir en diciembre de 2026.

 Laboratorio de restauración del Museo Íbero. Foto: Museo Íbero.
Laboratorio de restauración del Museo Íbero. Foto: Museo Íbero.

La dimensión del proyecto permite comprender la del desafío. La colección del Museo Íbero supera actualmente las 112.000 piezas. De ese enorme patrimonio se exhibirán 2.271 obras de titularidad estatal y autonómica, entre ellas piezas especialmente significativas de Cerrillo Blanco y Cerro del Pajarillo.

No será únicamente un museo sobre el territorio jienense. Sus siete áreas temáticas representarán el conjunto del territorio íbero de Andalucía y su relación con el ámbito peninsular durante los aproximadamente 600 años de presencia de esta cultura en el mediodía de la Península.

Puente Tablas, Giribaile, La Noria y el Cerro de la Compañía de Hornos tendrán un protagonismo destacado junto a enclaves emblemáticos como Cerrillo Blanco, La Guardia, Castellar, Puente del Obispo y Castellones de Ceal.

El recorrido comenzará en la planta baja con una presentación general de la cultura íbera y sus orígenes. En la primera planta aparecerán el paisaje de la muerte y las necrópolis, el oppidum y el museo infantil. La segunda abordará la expansión del oppidum, la conquista romana y la Segunda Guerra Púnica, y Roma y los pueblos íberos. En total serán 17 módulos y 38 unidades expositivas.

Antes de ocuparlas, muchas piezas necesitan atención.

Hay un precedente que demuestra que este trabajo no sirve únicamente para que un objeto pueda exhibirse en mejores condiciones.

En 2024 se restauraron las ruedas de Toya por 40.747 euros. La intervención permitió identificarlas y contextualizarlas como partes de un único carro ceremonial íbero, dejando atrás la hipótesis anterior que las consideraba elementos independientes.

Una restauración cambió, por tanto, lo que se sabía de aquellas piezas.

 Visita al Museo Íbero de Jaén. Esperanza Calzado.
Visita al Museo Íbero de Jaén. Esperanza Calzado.

Esa es quizá la parte menos visible de la larga espera del Museo Íbero. Desde su inauguración en 2017, Jaén aguarda la exposición permanente que debe darle su dimensión definitiva. La consejera de Cultura y Deporte, Patricia del Pozo, considera que su culminación permitirá convertirlo en el gran centro internacional para el estudio y la divulgación de la cultura íbera y sostiene que diciembre de 2026 acercará el cumplimiento de una aspiración reclamada durante años por los jienenses.

Hasta entonces quedan obras, montaje, museografía y restauraciones.

Y quedan objetos esperando.

Unos son conocidos; otros aparecerán por primera vez ante muchos visitantes. Hay armas, exvotos, relieves, elementos decorativos, recipientes y un brasero que salió de una necrópolis malagueña y ha terminado este verano bajo las manos de un especialista en metales en Jaén.

Cuando las 2.271 obras ocupen finalmente su lugar, las luces, las vitrinas y el discurso museográfico harán visible el resultado de estos meses.

Será difícil advertir una fibra de hilo de vidrio. Habrá que mirar con atención para distinguir una reintegración. Nadie podrá contar las veces que una pieza pasó por unas manos antes de llegar allí.

Seguramente sea esa la paradoja del buen trabajo de restauración: cuanto mejor cumple su cometido, menos reclama la mirada.

Pero antes de que el Museo Íbero pueda contar 600 años de historia, alguien tiene que cuidar, una a una, las cosas que sobrevivieron para contarla.

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