"Cuando hago teatro me siento más cómodo si no se cobra la entrada"

El acento de Fernando Martínez Gracia (Madrid, 1963) delata su procedencia de la villa y corte, pero hasta en eso resalta la capacidad de adaptación de este profesor jubilado de Educación Física, que desde que llegó a la provincia de Jaén no ha dejado de dar rienda suelta a sus aptitudes artísticas.
Hombre de suave conversación, lo mismo hace teatro que firma un soneto, canta en una chirigota o se cala una testa de cabezudo. Un todoterreno de la cultura, que se dice.
—Un madrileño del 63 que, a día de hoy, vive en Villargordo... ¿Y eso?
—He sido profesor de Secundaria toda mi vida laboral, parte de este tiempo he trabajado en Madrid y en Valencia, pero sobre todo en Castilla y León, donde conocí a la que ahora es mi esposa, que es de Villargordo. Ella vivía en Ávila, allí nos conocimos, nos casamos y por motivos familiares de salud decidimos venirnos, hace cinco años.
—Profesor de Gimnasia (como se decía antes); poco que ver, a priori, con las pasiones culturales que ocupan su tiempo actualmente, Fernando: el teatro, la poesía... ¿Disciplinas que lo han adoptado a su llegada al Santo Reino, o venían con usted en el equipaje?
—Me vienen de antes, he estado en grupos de teatro en Ávila durante unos dieciocho años, antes de llegar aquí. Siempre me ha atraído el teatro, aunque realmente me daba terror pensar que yo pudiera estar encima de un escenario; solo con pensarlo ya me empezaban a sudar las manos. Así llegué a Ávila, pero la casualidad hizo que conociese a unos compañeros que llevaban un grupo de teatro, me invitaron a participar y les dije que sí, pero solo en el papel de un ser vivo del reino vegetal, tipo cactus por ejemplo.
—¿Le dieron ese papel, silencioso y sufrido?
—No, no, me llevaron la contraria y me dieron un papel súper raro, pero lo pasé muy bien. El teatro, entonces, fue para mí casi una balsa de salvación, porque cuando llegué a Ávila no conocía a nadie y gracias al teatro me hice un grupo de amigos y conocí a Ana, mi mujer.
—Una pareja farandulera, entonces.
—Sí, efectivamente, y en cuanto llegué a Villargordo lo primero que hice fue enterarme de si había teatro en el pueblo.
—¿Había?
—Hay tres grupos ahora mismo en el pueblo, aprovecho para decir que es una gran suerte; Villargordo tiene mucha vida cultural de todo tipo, y deportiva también. A mi juicio es algo destacable que haya una oferta tan grande, que lo hace el lugar ideal para vivir, con las ventajas de un pueblo en el que todos nos conocemos y esa respuesta, ese estímulo al interés cultural o intelectual que puedas tener.
—¿Qué queda de ese hombre al que le sudaban las manos cuando pensaba en pisar un escenario? ¿Sigue prefiriendo el papel de cactus?
—Ya, con la experiencia, disfruto mucho del teatro, aunque siempre se le tiene ese miedo, ese respeto al escenario y, sobre todo, al público. Pero la experiencia te da seguridad, saber que siempre puedes salir de cualquier situación comprometida te da tranquilidad. Además el grupo de teatro es como un equipo deportivo, todos dependemos de todos y se crea una relación muy bonita.
—¿Solo actor, o ya sabe lo que es también dirigir?
—Siempre actor; he dirigido alguna pequeña representación como docente, yo solo o con compañeros de la asignatura de Lengua y Literatura, pero soy más bien actor.
— "Y fue a esa edad, llegó la poesía a buscarme...". A Neruda lo encontró muy joven, ¿y a usted?
—Cuando llegué a Villargordo tenía claro que quería adaptarme, y empecé a moverme, a buscar cosas que me parecieran atractivas. Una de ellas fue un taller de poesía, y me llamó la atención, nunca había hecho poesía, no la había practicado. Pensé que serían unas clases para pasar el rato y desarrollar algunas capacidades, pero lo cierto es que me encontré algo mucho mejor de lo que pensaba al principio, un taller muy productivo desde el primer momento, vi que había mucho que aprender, sobre todo en los aspectos formales de la poesía, que es la base fundamental para crecer como poeta. Aparte de eso, las clases eran muy divertidas.
—¿Ese fue su primer contacto con la metáfora, la rima, el ritmo...?
—Sí, había tenido un poco contacto como lector anteriormente, pero fue a partir de ese curso cuando me dediqué más intensamente.
—A día de hoy, ¿qué lugar ocupa en su vida la poesía?
—Un lugar mayor: soy una persona sensible, con la emoción siempre a flor de piel, sé localizar las situaciones que conmueven emocionalmente, a veces donde muy pocas veces las ven los demás, y con la poesía se encuentra un lugar para expresar todo este tipo de cuestiones. La poesía es muy importante para mí. Aunque ahora tengo una lucha...
—Cuente, cuente...
—Estoy en un curso en el que hacemos poesía, pero también microrrelato, y me está encantando este género. Me encanta la poesía, pero a veces su tiranía formal me condiciona mucho y me cuesta meter en un verso lo que quiero decir. ¡Pero cuando consigues un verso que te satisface, la satisfacción es muy grande!
—Para usted y para quienes lo escuchan, porque sus versos no se han quedado en un cajón, es de los que lleva su poesía al escenario.
—Efectivamente, en los actos que hemos hecho en el pueblo, más concretamente en el Museo Cerezo Moreno, en algun acto o exposicion he participado con mis poemas, sí.
—Retirado ya de las clases, ¿se ha planteado la literatura, dramática o lírica, como posible dedicación profesional en esta etapa de su vida, o es puro amor al arte?
—De manera profesional no, la verdad es que no. Me gusta la actividad en sí, de hecho en el teatro me siento más cómodo si no se cobra la entrada, o cuando escribo algo, en poesía, y es algo que ha salido de mí, no como encargo.
—Lo que sí parece tener claro es que ha encontrado en Villargordo, en Villatorres, su tierra adoptiva, su otra patria chica. Eso tiene también mucho de poético.
—La verdad es que me emociono cuando pienso lo bien que fui recibido en el pueblo, estoy muy agradecido por su acogida; solo he encontrado gente acogedora, amable y receptiva. Y en el ámbito de la cultura, personas imprescindibles para hacer del pueblo algo mejor: Javier Navarro, que lleva grupos de teatro de niños; Abigail Padial, que lleva toda su vida como directora y coreógrafa, con unos musicales impresionantes, y en cuyos grupos he participado.
—Se le ve muy agradecido, Fernando.
—Sí, sí, y no quiero olvidarme de un recuerdo muy especial para Juan Antonio Expósito, en cuyo grupo de teatro tuve el honor de trabajar representando algunos papeles. Una persona fundamental para el pueblo por toda su labor, en el teatro, en la enseñanza, como alcalde. Cuando se fue, las manifestaciones de afecto hacia él fueron extraordinarias. Ah, y la labor del Museo Cerezo Moreno, que en los últimos años es un animador fundamental en la vida cultural y artística del pueblo.
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