UNA GIOCONDA (DE CEREZO) EN VILLATORRES

El museo del artista descubre y presenta la única obra que el pintor conservó de entre las que expuso en Nueva York en 1967, donada por la hija de la retratada
Hoy es un día grande en el Museo 'Cerezo Moreno' de Villatorres, donde a mediodía de este sábado se ha celebrado el acto de descubrimiento y presentación de La Gioconda de Cerezo.
Un ambicioso proyecto artístico, cultural y turístico que tiene como protagonista un cuadro: el Retrato de la señora de Marín. Fechado entre 1955-1960, reproduce el busto femenino de la jiennense de Fuensanta de Martos María del Sampedro Escalona Tejero (1923-2003), esposa del también jaenero Juan Marín Bustos (1923-2006), guardia civil cuya afición a la pintura lo llevó a acercarse al creador villargordeño Francisco Cerezo Moreno (1919-2006) y, poco a poco, a entablar una amistad entrañable con el artista.
Hasta aquí unos datos que apenas dan para una primera y breve orientación en torno a una pintura que, sin embargo, acumula historia, rezuma misterio y derrocha calidad.
En el año en que se celebra el vigésimo aniversario de la muerte de Cerezo, Lacontradejaén desvela (en primicia) una de las obras más buscadas del maestro jiennense, además de una de las más universales de su catálogo. Pasen y lean.

¿POR QUÉ 'GIOCONDA'?
Antes de entrar de lleno en la apasionante aventura de este retrato, cabe explicar el porqué de su rebautismo como La Gioconda de Cerezo.
No representa a una dama florentina ni cuelga en el Louvre, por más que su pose y algunos elementos compositivos, efectos de luz y el magisterio artístico que evidencia la emparenten, al menos en género, con la enigmática obra de Da Vinci, de la que por cierto la separan nada más y nada menos que más de medio milenio.
Pero sí hay algo que emparenta, hondamente, este retrato del jaenerísimo Paco Cerezo con el de su colega italiano, que jamás entregó la pintura a quien se la encargó (el esposo de Monna Lisa) ni se separó de ella en ninguno de los muchos viajes que realizó desde su partida de Florencia y hasta su muerte en Francia.
También Cerezo se movió por el mundo, conoció ciudades y museos a mansalva y no precisamente con su particular Gioconda bajo el brazo, no. Eso sí, la llevó a Nueva York (donde le quitaban de las manos sus obras) y no consintió deshacerse de ella, al menos hasta mucho después de haberle dado el último trazo. Una historia que merece capítulo propio, de tan llena de poesía.

HISTORIA DEL CUADRO
El retrato en cuestión destila jaenerismo ya desde el mismo momento de su hechura, si se tiene en cuenta que el artista lo pintó en su estudio del Camarín de Jesús, al que llegó a comienzos de los años 50 y en el que trabajó hasta bien entrados los 70, del pasado siglo XX. Cabe resaltar que la intervención decidida del artista en defensa del antiguo convento resultó crucial para que no pasara al catálogo de joyas perdidas de aquí.
Una historia apasionante que cierra un poético círculo en la biografía del pintor, cuya memoria y legado artístico continúan vivos, proyectados hacia el mundo, desde su museo de Villargordo, su pueblo natal.
Uno de los acontecimientos más importantes en su trayectoria fue la oportunidad de exponer en Nueva York, adonde llegó auspiciado por la Dirección General de Turismo de España junto con el escultor Pedro Ruiz Fernández, tras el reconocimiento obtenido tras décadas de creación.
Un mes entero pasó entre rascacielos, exponiendo cuadros que rápidamente despertaron el interés del público, universalizando así su producción y su firma.
Entre todas las obras que llevó a la Quinta Avenida, después de exponerla en La Económica de Jaén, y las que rubricó durante su estancia se encontraba una única figura humana: el Retrato de la señora de Marín, un maravilloso óleo sobre tabla, de 81x65 centímetros, nacido del genio creativo de Cerezo.
La increíble fuerza de esa mirada, el insuperable equilibrio compositivo, la fulgurante belleza en las carnaciones, la exactitud del claroscuro, la textura de sus drapeados o esa serenísima, elegante forma de emanar de un fondo que emparenta su contorno con el mismísimo sfumatto del mismísimo maestro florentino del Renacimiento.
Pero, ¿qué fue de esta obra? ¿Llegó a separarse definitivamente de ella? Su museo la buscaba, perseguía su rastro hasta que el deseo y el azar se dieron la mano y empezó a cerrarse este poético círculo, de la mano generosa e imprescindible de Rosario Marín Escalona, hija del matrimonio y propietaria de la pintura, que finalmente fue regalada por el artista a la modelo.
En medio del proceso de localización por parte del centro dedicado al pintor en su pueblo, una llamada telefónica soliviantó a su responsable. La voz, frágil, de Rosario Marín se interesaba por el museo para depositar en él (en un principio por medio de una operación legítima de venta) el retrato de su madre, con vistas a su preservación futura.
Sin embargo, y tras largas conversaciones, Marín Escalona decidió donar el cuadro, que desde hoy puede visitarse, contemplarse y admirarse en las salas del Museo Cerezo Moreno de Villatorres.
"Yo era apenas una niña cuando acompañaba a mi madre al estudio, presencié cómo se pintaba; a pesar de ser tan pequeña, fue para mí una experiencia maravillosa", explica Rosario a Lacontradejaén. Y prosigue.
"Cuando mis padres fallecieron lo heredé, ha sido maravilloso tenerlo prácticamente toda mi vida conmigo, pero al envejecer, al hacerme mayor, empecé a sentir una gran quietud: ¿dónde estaría el cuadro cuando yo no esté, adónde iría a parar? ¿Lo tratarían con cariño, con amor y respeto? Esa inquietud crecía conforme pasaba el tiempo, estaba perdida hasta que de pronto pensé que en el Museo Cerezo Moreno, que además de pintor era gran amigo de mis padres".
Marín Escalona concluye: "Varias veces descolgué el teléfono para hablar con el museo, hasta que un día lo hice. Después de conversaciones, solventar algunos problemillas y legalizar la situación, se pudo hacer la donación".
La donante evoca, además, los sentimientos que la embargaron el día que el director del museo se desplazó hasta su casa de Alicante para recoger la obra, un momento que suponía para ella la separación definitiva:
"Fue un día muy importante para mí, por una parte estaba feliz, iba a cumplir mis anhelos, pero por otra parte tenía que dejarlo marchar, y eso produjo un gran dolor en mi corazón. Yo sé que donde quiera que esté mi madre, estará orgullosa de mi decisión, porque sabe que todo lo hago por amor hacia ella".
Y añade: "Ya no está conmigo pero está en el museo, para que todos lo disfruten, es un gran cuadro, que esconde una preciosa historia de amistad sincera y de cariño". Un museo, en la provincia de Jaén, que espera con los brazos abiertos a quienes deseen conocer a la Gioconda de Cerezo.

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