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Dos caravanas hacia las urnas en el último gran pulso de la campaña andaluza

Por Esperanza Calzado - | Actualizado:
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Dos caravanas hacia las urnas en el último gran pulso de la campaña andaluza

Juanma Moreno y María Jesús Montero coinciden este martes en Jaén en una jornada que simboliza el último gran pulso antes de las elecciones del 17 de mayo

Las campañas electorales tienen algo de romería y algo de mudanza. Durante dos semanas, los partidos desmontan sus despachos, sacan las banderas a la calle y convierten cualquier salón de actos, plaza o recinto ferial en una especie de escenario portátil donde se mezclan la liturgia, la esperanza y el cálculo matemático. Después llega el domingo y todo vuelve a la calma, como esas ferias que dejan el suelo lleno de cables enrollados y vasos vacíos.

En esa recta final anda ya Andalucía. Y también Jaén, que este martes se convierte en uno de los puntos calientes del mapa político andaluz con la presencia simultánea —aunque separada por kilómetros y discursos— de los dos grandes aspirantes a gobernar la Junta.

A las seis de la tarde, mientras el sol empieza a caer sobre la campiña, el presidente andaluz y candidato del PP, Juanma Moreno Bonilla, aterrizará en Ifeja para celebrar un acto junto a la consejera y candidata popular Catalina García y el dirigente provincial Erik Domínguez. El Salón Guadalquivir volverá así a transformarse en uno de esos espacios donde la política intenta parecer entusiasmo colectivo aunque, en realidad, casi siempre sea una sofisticada operación de resistencia emocional.

Porque el PP llega a esta campaña con el peso de quien gobierna. Gobernar obliga a gestionar expectativas, y las expectativas son criaturas difíciles en provincias como Jaén, donde cada promesa incumplida acaba convertida en una piedra más dentro de la mochila histórica del agravio.

Moreno juega en la provincia un partido peculiar. Aquí nunca basta con inaugurar carreteras o anunciar inversiones. El territorio lleva décadas acumulando una extraña mezcla de resignación y memoria, una combinación que hace que cada campaña parezca un eterno regreso al mismo cruce de caminos: el tren que no llega, las infraestructuras pendientes, la despoblación que avanza despacio pero sin pausa.

Mientras tanto, a apenas unos kilómetros, en Martos, el PSOE desplegará su propia escenografía electoral alrededor de María Jesús Montero. La candidata socialista compartirá acto con el secretario general del PSOE de Jaén, Juan Latorre, y con representantes de Juventudes Socialistas en el Salón El Moreno.

El simbolismo del lugar tampoco es casual. La Ciudad de la Peña representa parte de esa Andalucía interior donde el PSOE sigue intentando reconstruir una conexión sentimental que durante décadas fue automática y que ahora necesita ser rearmada acto a acto, aplauso a aplauso.

Montero encara esta campaña como quien intenta encender de nuevo una vieja maquinaria política que conoce bien el territorio pero que ya no puede vivir únicamente de la nostalgia. El socialismo andaluz busca recuperar el relato de la cercanía mientras trata de evitar que el desgaste nacional termine entrando por la puerta de los municipios.

La imagen de este martes tiene algo de western político. Dos caravanas avanzando en paralelo por la provincia, dos escenarios levantados casi a la misma hora, dos auditorios llenos de militantes que, en el fondo, no acuden tanto a escuchar propuestas como a confirmar que todavía siguen perteneciendo a algo.

Porque las campañas modernas se parecen cada vez menos a una discusión ideológica y cada vez más a una competición por mantener movilizadas las emociones propias. Ya casi nadie espera convencer al adversario. El objetivo es que los tuyos no se queden en casa.

Y ahí entra la provincia como territorio decisivo. No por el peso de sus escaños, sino por su valor simbólico. Funciona desde hace años como un espejo incómodo para cualquier gobierno andaluz: un lugar donde resulta difícil vender triunfalismos absolutos y donde cada partido necesita demostrar que todavía recuerda dónde queda el mapa de las promesas pendientes.

A medida que se acerca el domingo, la campaña empieza a parecerse a esos últimos kilómetros de una etapa ciclista interminable. Los candidatos aprietan los dientes, multiplican los actos y ensayan sus últimos mensajes mientras el electorado observa con esa mezcla andaluza de escepticismo, ironía y cansancio acumulado.

Después llegará el silencio electoral. Las caravanas recogerán los atriles, desaparecerán los equipos de sonido y los pabellones volverán a quedarse vacíos. Entonces empezará otra campaña mucho más complicada: la de gobernar una tierra donde la memoria política dura bastante más que los carteles pegados en las farolas.

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