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EL SIGLO DE MANOLO VALDERRAMA

EL SIGLO DE MANOLO VALDERRAMA

Por Javier Cano - Enero 31, 2026
Compartir en X @JavierC91311858

El cantaor torrecampeño, de cuyo nacimiento se cumplirá el primer centenario el próximo 8 de febrero (y once años de su muerte hoy mismo, 31 de enero), cambió las exitosas giras flamencas por la tranquilidad de su casa en el castizo barrio de la Magdalena de la capital jiennense, del que fue (y sigue siendo) icono entrañable

¡Cuántos nenes de aquí, de Jaén, tenían que esperar a la noche del Martes Santo y apostarse en la Plaza de la Magdalena para oír y ver cantar en directo a un artista jondo!

Ese era Manolo Valderrama, nacido Manuel Valderrama Blanca (Torredelcampo,1926-Jaén, 2015), el menor, el benjamín de esa dinastía comprovinciana de privilegiados ruiseñores de a pie que tuvo en el celebérrimo don Juan (Juanito para la historia de la música española y de mucho más allá) al más significativo de sus componentes, pero que también llegaron alto, bien alto, con las alas de sus propias gargantas como columnas invisibles de su vuelo.

Torrecampeño de cuna pero jaenero adoptivo desde su adolescencia, este sábado entra por derecho propio en la modesta galería de ilustres de Lacontradejaén hoy que se cumplen once años de su primer silencio definitivo y (dentro de una semana) un siglo ¡todo un siglo! desde que abrió sus ojos al mundo. 

 Foto de juventud del artista torrecampeño. Foto cedida por Juana Valderrama.
Foto de juventud del artista torrecampeño. Foto cedida por Juana Valderrama.

Cantaor de dinastía, dotado de un personalísimo pero cien por cien '¡valderramero¡ melisma y esa voz laína que penetraba hasta los últimos sótanos de la sensibilidad, él mismo situaba su prehistoria artística en la época de su infancia, como narró a Rafael Rus en el excelente documental que este le dedicó hace algunos años:

"Empecé cantando con los amigos y me hice profesional con Pepe Palanca (un cantaor antiguo), con dieciséis años; mi hermano Juan ya era muy famoso, y yo hacía bolos con Canalejas en la provincia y luego con mi hermano Ángel".

Con este último, menor que Manolo, formó un dúo que recorrió España de parte a parte cosechando éxitos desde mediados del XX, a veces dentro de los multitudinarios espectáculos de su célebre hermano, el autor de El emigrante, otras con Antonio Molina, Curro de Utrera..., siempre con grandes figuras; trayectoria que les procuró una decena larga de trabajos discográficos, con las mejores casas del momento, y una feliz memoria creativa.

A ambos, en 2001, Torredelcampo les rindió homenaje dedicándoles su festival flamenco; incluso Ángel Valderrama, fallecido en 2011, recibió honores póstumos al rotularse con su nombre una plaza en la ciudad de Málaga, cuyos cantes dominó. 

Un tributo que, sin embargo, Manolo Valderrama no gozó ni en vida ni ahora, ya en los territorios de la ausencia: "Nadie es profeta en su tierra", sentencia Juana Valderrama, artista como su padre y la mayor de los siete hijos del matrimonio formado por el cantaor y Rosario Sánchez Delgado, fallecida en 1994. "Se fueron a Marbella unas vacaciones y mi madre volvió en el ataúd, por una hemorragia gástrica".

https://www.youtube.com/watch?v=FKAc54pHmFI

Precisamente Rosario sería la 'culpable' del indisoluble vínculo sentimental que se estableció, mediados los años 50, entre Valderrama y el barrio jaenero de la Magdalena: "Se vino a Jaén con diecisieta años, conoció a mi madre y se casaron", relata Juana Valderrama. ¿No fue el poeta Ovidio el que escribió que en el amor no basta atacar, sino que hay que tomar la plaza? Manolo la tomó, vaya que sí. Para los restos.

Tras el mostrador, Rosario, que llevaba en la sangre eso de vender, de atender al público: "Venía de familia de comerciantes; su padre, el Chori, tenía una tienda de ultramarinos justo donde está el monumento del lagarto. Mi abuelo les puso puestos en la plaza a los hermanos, y a ella se le ocurrió abrir una droguería, que les fue muy bien", comenta la mayor de los Valderrama Sánchez. 

Pero los años pasaban y entre que el cantaor cada vez apetecía más apartarse de la carretera, de los viajes, y que al establecimiento le venía de perlas su ayuda, su atención, fue reduciendo poco a poco las giras para seleccionar un breve número de bolos en la provincia y, a la par, arrimar el hombro a la tienda, todo un clásico en el barrio durante décadas: "Éramos siete hermanos, y mi madre no podía llevar sola el negocio". Lo dicho. 

Esa casa, vivienda y lugar de trabajo a la vez, terminaría convertida, con el paso de los años, en epicentro magdalenero por obra y gracia de la garganta del protagonista de este reportaje. 

 El cantaor con su hija, fuente principal de este reportaje. Foto cedida por Juana Valderrama.
El cantaor con su hija, fuente principal de este reportaje. Foto cedida por Juana Valderrama.

Sí, tanto caló el barrio de la Magdalena en el alma de Manolo Valderrama que hasta le afloró en sus cabellos, levemente émulos del caperuz de la Cofradía de la Clemencia en sus matices. ¡Ay, la Clemencia, ay Jesús de la Caída!

Medio siglo (que se dice pronto) sacó su voz al balcón de su hogar, frontero a la puerta de la iglesia magdalenera, para recibir con sus himnos jondos a las imágenes de la hermandad blanquirroja. Uno de esos momentos que ya forman parte de la memoria sentimental jiennense y que era capaz de multiplicar el espacio de la plaza hasta poblarla de miles de oídos ávidos de emociones fuertes. 

Y es que nunca se hacía tarde, el Martes Santo, en la Magdalena. ¿Que por qué¿ Porque allí les cantaba Valderrama, quien generosamente cedía hueco en tan doméstico escenario a artistas de su familia o ajenos, privilegiados de compartir cartel semanasantero con el último hermano vivo (hasta 2015) de Juanito Valderrama.

 Valderrama, en plena madurez, cantando con su hijo Jacinto a la guitarra. Foto cedida por Juana Valderrama.
Valderrama, en plena madurez, cantando con su hijo Jacinto a la guitarra. Foto cedida por Juana Valderrama.

"Como padre era supercariñoso", recuerda su hija, y apostilla: "Muy buena gente". Abuelo disfrutón de sus nietos, gozaba con el arte de su prole, con Jacinto a la guitarra, Manolo Jr. al cante, la propia Juana... "Le gustaba que cantáramos, sí".

Con ellos compartió sus últimos años lejos de la Magdalena, tras un paréntesis sentimental con estación en la Merced, donde residía Ana Zarcos, la compañera que le procuró ilusiones ya en el invierno de la vida y a la que también se llevó la muerte.  

Luego a la otra punta, al Bulevar: "Nos costó mucho que se bajara, no quería moverse de su casa, pero nosotros estábamos intranquilos; al final se bajó y estaba supercontento", asevera Juana Valderrama. 

De allí, de aquella morada penúltima en las bajuras del Jaén de su amores, al cementerio de San Fernando, el Nuevo de toda la vida, donde comparte vecindario con su amigo Canalejas. "Estaba estupendamente, pero tenía un problema de corazón y la última vez que le dio ya no salió", rememora su hija. 

Ochenta y nueve años pasó en la Tierra aquel torrecampeño tan enamorado de su pueblo natal como de la ciudad donde encontró el amor, le nacieron los hijos, se le quiso y respetó hasta el último día y a la que regaló, Semana Santa tras Semana Santa, ese don suyo que todavía estremece a quien decide prestarle oídos. 

¿Será 2026, el año de su centenario (el siglo de Manolo Valderrama), el que vea inaugurar su busto para que cuando el Señor de la Caída y esos ojos de estatua de Manuel se crucen, pase lo que Alcalá Venceslada decía que pasaba en los cantones de Jesús en la Madrugada? ¿Que  "en ese paraje típico / se redoble el entusiasmo / y salten dos mil saetas / del corazón a los labios"? ¿Será...?

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