JOSÉ DEL PRADO Y PALACIO, CIEN AÑOS DE AUSENCIA

El primer centenario de la muerte del noble, político, empresario y mecenas se cumple este sábado 14 de febrero sin asomo de reconocimiento institucional por parte de la ciudad en la que vio la luz primera, a la que tanto amó, por la que trabajó desde los altos puestos de su trayectoria pública y en la que yacen sus restos
"Esclavo de Nuestro Padre Jesús Nazareno". Ese fue el primer título que campeó en la esquela mortuoria de don José del Prado y Palacio sesenta y un años después de su llegada al mundo en la capital de la provincia. Toda una declaración si se tiene en cuenta que la devoción al Señor de los Descalzos es santo y seña de Jaén y, por lo tanto, otra manera de autodefinirse como hijo de esta tierra.
Un día de los enamorados, como este mismo sábado, pero de hace justo un siglo, en 1926, cerraba sus ojos para siempre aquel noble que solo seis años antes recibía el título de marqués del Rincón de San Ildefonso (en alusión a una de sus fincas) de manos de Alfonso XIII, revalidando así en su persona una ascendencia aristocrática que nutría todas y cada una de las ramas de su árbol genealógico, enraizada en algunas de las más linajudas familias del Santo Reino.
Significativa efeméride que, en principio, parece no tener eco ni hueco en la provincia, al menos en torno al día de su deceso, a pesar de lo que (los papeles lo certifican) hizo por su patria chica tanto desde los ámbitos de la cotidianidad como en los privilegiados despachos que ocupó, a la mayor escala, por mor de sus múltiples cargos oficiales.
Ni siquiera su calle (la de San Clemente) lleva ya su nombre, y eso que le fue dedicada con todas las de la Ley allá por 1905 y, hasta bien entrado el siglo XX (tras el paréntesis republicano), tan principal arteria comercial andaba de boca en boca como calle Prado y Palacio. Madrid, al menos, lo desagravia con un rótulo en Moratalaz, igual que Villanueva de la Reina (municipio al que estuvo tan vinculado).
Tampoco su estatua (labrada por el mismísimo Jacinto Higueras Fuentes poco después de la muerte del marqués) ocupa el lugar para el que fue concebida, a pocos metros de uno de los sueños cumplidos de don José: el Museo de Jaén, entre cuyos muros (nobilísimos muros) encontró al menos "cobijo contra la tormenta" del olvido completo, por usar palabras de otro Prado, Benjamín, poeta por más señas.
A este respecto, el actual titular del marquesdo del Rincón de San Ildefonso comentaba, para este periódico, en un anterior reportaje: "Por supuesto que apoyaría que se retomara la idea de colocarla en la ciudad!".

Únicamente la Asociación de Amigos del Museo de Jaén le rinde tributo, a estas alturas, tras bautizarse con su nombre y apellidos, los mismos que figuran en una de las cartelas del Monumento a las Batallas, que si está donde está fue a impulso de este ingeniero agrónomo y reconocido empresario en su tiempo.
Empresario y muchas cosas más: político de relumbrón, que rigió los consistorios de Jaén y Madrid, fue subsecretario de Gobernación, presidió el Consejo de Instrucción Pública, vicepresidió el Congreso de los Diputados, tuvo escaño en el Senado, dirigió Obras Públicas, Agricultura, Comercio e Industria, y llegó a ministro (de Instrucción Pública y Bellas Artes).
En el capítulo de condecoraciones, no le cabían en el pecho: a la vera del rey estuvo como mayordomo de semana, vistió el hábito de la Orden de Santiago, perteneció a la Maestranza granadina y recibió las grandes cruces de Isabel la Católica, del Mérito militar, de San Gregorio el Magno...
Preseas que conservaba en sus posesiones, principalmente la hermosísima Hacienda el Pilar, en Espeluy, donde murió y así llamada en honor de su madre, doña Pilar del Palacio y García de Velasco, perteneciente a la casa condal de las Almenas. O en su palacio de la calle Llana, que perteneció a su suegro, el marqués pontificio de Villalta, caserón pleno de historia y bajo cuyo dintel (ese que aún aguanta en el número 9) tantas veces pasó del brazo de su esposa, doña Teresa Fernández de Villalta y Coca, fallecida en la década de los 40.
En ese inmenso predio residió Prado con su mujer (tuvieron dos hijos que murieron a cortísima edad) hasta 1926, antes de que, ya en la Guerra Civil, fuese incautado y destinado a sede del periódico Frente Sur, en el que trabajó el poeta oriolano Miguel Hernández y vivió momentos de dicha con Josefina Manresa, la que en nada y menos terminaría convirtiéndose en su viuda. Una placa (mejor dicho, dos) evocan la presencia del autor de Aceituneros en el palacio (placas que, curiosamente, se llevan la contraria en cuanto a fechas: las cosas de Jaén).

Prado (relacionado igualmente con la prensa como ideólogo de La Regeneración, estuvo hasta hace pocos, muy pocos años, en el viejo cementerio de San Eufrasio, última morada del matrimonio Prado y Fernández de Villalta y su descendencia, hasta que los Blanco Hermoso (con quienes emparentó la casa del Rincón de San Ildefonso a través del matrimonio de una hermana de madre de don José, Pilar del Palacio, casada con Emilio Mariscal, también desahuciado del callejero local, ahí está la calle Mesa...) les encontraron sacratísimo reposo definitivo, en 2011, siguiendo antiguas directrices de los propios finados.
Sí, en el convento de dominicas precisamente de la calle Llana, de las que fueron constantes benefactores hasta el punto de tener tumba preparada en el desaparecido monasterio que estas tuvieron en la calle Ancha hasta mediados del XX. Allí comparten espacio postrero con doña Lola Torres, entre otros ilustres jaeneros.
¿Volverá al mapa urbano de la tierra que amó? ¿Se erigirá en bronce en alguna de las tan toqueteadas plazas jaeneras, como sus amigos Almendros Aguilar o Bernabé Soriano? ¿Tendrá (queda mucho 2026 por delante) un programa de actos que lo recuerde a cien años de su pérdida? Chi lo sa.
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