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DIEGO ROJANO: SOLERA DE JAÉN

DIEGO ROJANO: SOLERA DE JAÉN

Por Javier Cano - Mayo 11, 2024
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Profesor, abogado, escritor, conferenciante, gastrónomo, experto en vinos y en tauromaquia, en 2024 se cumplen dos décadas de la muerte del inolvidable intelectual jiennense

"Yo tengo de él un recuerdo muy entrañable, sobre todo de un amigo sincero, cariñoso, generoso y que me enseñó mucho; la verdad es que Jaén le debe un homenaje, a mí me gustaria que Jaén no se olvidara de él: fue un referente, al menos para mí".

No salen estas elogiosas (y sin embargo sinceras) palabras de cualquier boca, no: quien las pronuncia para Lacontradejaén soporta en su currículo el agradable peso de una bibliografía mundialmente aplaudida y premios de esos que hay quien persigue una vida entera. 

Es el escritor arjonero Juan Eslava Galán, y dice lo que dice en honor de su recordado colega Diego Rojano Ortega (Jaén, 1942-2004), ahora que se cumplen veinte años de su pérdida

Quizá no vapuleado por el olvido, lo cierto es que tampoco su patria chica hace patente su memoria a través de ningún homenaje público, sepultado ya bajo toneladas de pasado aquel ciclo al que dio nombre de la mano del Colegio de Abogados de Jaén y la Universidad de aquí.

A él que fue tan jaenero que nació el mes de la Virgen de la Capilla y se fue por San Lucas, esa feria que (entonces sí, allá por 1995) lo honró cediéndole el balcón del Ayuntamiento para que la exaltara con su pregón; solo uno de los tantísimos que pronunció.

¿Una placa en su casa natal, acaso? ¿Un azulejo de aliento talaverano en el coso de la Alameda, o en la Peña Flamenca de la calle Maestra, donde tantas veces venenció conocimiento? 

Hombre de vasta cultura, profesor, abogado, conferenciante de postín, gastrónomoexperto en vinos y tauromaquia, seguramente si el premio nacional que tanta polvareda ha levantado últimamente hubiera estado en vigor durante su paso por la Tierra, habría acabado en sus vitrinas más pronto que tarde. O no, que en esto de dar orejas la decisión depende de un pañuelo, o de quien lo exhibe. 

Hoy, de la mano de familiares y amigos, Lacontradejaén conmemora al tertuliano de eternas gafas de sombra y estatura de faro, al dandi de la estirpe de Umbral pero con traje crema, tan inquebrantable en su independencia intelectual que lo mismo visitaba a Alberti en su casa de exiliado en Roma que hablaba maravillas del conde de Motrico. ¿No fue Paracelso quien escribió aquello de que no sea de otro quien puede ser dueño de sí mismo?.

 Diego Rojano pregona la Feria de San Lucas desde el balcón del Ayuntamiento de Jaén, en 1995. Foto cedida por María Luisa Afán.
Diego Rojano pregona la Feria de San Lucas desde el balcón del Ayuntamiento de Jaén, en 1995. Foto cedida por María Luisa Afán.

TRAYECTORIA BIOCULTURAL 

En su despacho de la calle Ruiz Romero, vulgo Tiradores (donde vivió y murió Manolito Ruiz Córdoba), se acumulan miles de libros, un paisaje de Francisco Cerezo o un dibujo dedicado, en el 88, por la mismísima Gabriela Ortega, sobrina de los Gallo en cuya lápida del mausoleo de Joselito y Sánchez Mejías en el sevillano cementerio de San Fernando campea: "Recitadora universal del toreo".

Su mesa vacía, su lámpara apagada y una quietud impuesta por la Parca pueblan ahora ese gabinete de trabajo en el que nació una amplia y celebrada bibliografía compuesta por seis títulos de temáticas varias (historia, toros, biografías...).

Y una suerte de coda póstuma que no llegó a ver édita pero que los suyos (María Luisa Afan y María Luisa Rojano Afán, las suyas, mejor dicho) se encargaron de dar a luz: La España del 98 (en coautoría con el propio Eslava Galán); Nombres, hombres y paisajes; Luces y sombras del toreo; Galería de políticos y abogados de la España contemporánea o Crónicas y semblanzas son algunas de sus obras. 

Hijo de cortijeros, de gente buena del campo (en palabras de su viuda, la ya citada María Luisa Afán), se licenció en Derecho y en Filosofía y Letras en las universidades de Granada, Madrid y Oviedo, cursó el doctorado en la UJA y aunque vistió toga, la práctica totalidad de su hoja de servicios la preside su vocación docente, que desarrolló en la Academia Cisneros (en el 18 de su calle natal, preparando a opositores), en la Escuela de Artes y Oficios (hoy José Nogué, donde actuó como una suerte de adjunto a la biblioteca del centro), los institutos San Juan Bosco y Las Fuentezuelas, de la capital. 

En este último se jubiló anticipadamente, obligado por los problemas de visión que arrastró a lo largo y ancho de su existencia. Eso fue solo un par de años antes de salir por esa 'puerta grande' que tanto tiene, también, de chiquero y de arrastre. 

Cambiando de tercio, un repaso a las hemerotecas deja clara la constante actividad de Rojano no solo en la provincia de Jaén (cuna de su madre) sino también en la tierra paterna, Córdoba, Almería o en sus amados referentes gaditanos de Jerez de la Frontera o Sanlúcar de Barrameda, 'plazas' principales para sus aplaudidas conferencias, amenas a más no poder (cuentan muchos de los que asistieron a alguna de ellas). Tantos, que resulta imposible nombrarlos aun en estas extensibles páginas digitales.

EL HOMBRE

Aclarados sus orígenes (ubicados en la antigua calle Sevillanos del barrio de San Ildefonso, actualmente Melchor Cobo Medina), cabe destacar en la biografía del mayor de los tres hermanos Rojano Ortega la pérdida de los autores de sus días cuando este apenas militaba en la veintena. 

Sin embargo, el influjo de la ciudad de Julio Romero de Torres continuaría marcando la aventura vital del protagonista de este reportaje hasta su último aliento, que exhaló al lado de su círculo más íntimo, conformado precisamente por dos cordobesas: su esposa y su hija.  

"Nos casamos en el Círculo de la Amistad en 1977", evoca Afán a este periódico. Una boda con un escenario de película: el decimonónico caserón cuya biblioteca decoró uno de los varias veces protagonista de los libros de Diego, el escultor Mateo Inurria:

"Estuvimos casados veintisiete años", explica su viuda en tanto comparte con los lectores la huella que le dejó el padre de su única criatura: "Era buena persona, con su hija un padre maravilloso; un marido exquisito conmigo, atento... ¡Era demasiado bonita tanta felicidad", y apostilla: "Me ha dejado muy triste interiormente, era mi vida y me dio también mucha vida".

Abuelo de dos nietas a las que no conoció (la mayor de las cuales apunta físicamente hacia los rasgos del yayo Diego y, según su abuela, comparte con aquel su avidez lectora), Rojano gastaba un porte serio que, sin embargo, constituía el más propicio de los contrastes con un humor que, dicen, destilaba elegancia, clase; o lo que es lo mismo, de la gravedad de Agüero a la gracia de Churumbelerías en lo que dura un capotazo. 

"Muchos de sus amigos me lo recuerdan constantemente", añade su mujer. La misma que, como la Zenobia de Juan Ramón o la Josefina Manresa de Miguel Hernández, se encargaba de mecanografiar sus textos al dictado del escritor. 

Con ella viajó por Andalucía, por España y allende las fronteras nacionales hasta que la enfermedad asomó al palco de su salud y le enseñó un primer pañuelo, ya entreverado de un luto inminente: "Nunca había ido al médico, no le dolía nada nunca y de pronto empezó con una molestia abdominal, hasta que le diagnosticaron un cáncer de colon. Lo operó el doctor Felipe Passolas", cuenta María Luisa Afán (el cirujano de la plaza de toros, para los profanos en la materia).

Tras esa intervención prosiguieron los viajes, las charlas, los libros... "Su último acto fue en la feria de Almería, en agosto de 2004; luego se puso peor, se ingresó y, viendo que ya no había remedio, se vino a su casa y aquí murió". Suerte contraria la suya, que lo corneó fatalmente en plena faena, a los sesenta y dos años.

En el nicho número 167 de la sección San Ramón del cementerio de San Fernando yace su cuerpo, si digno en vida de un retrato de Zuloaga, no menos de cuerpo presente para un cuadro de Villegas Cordero.

"Tengo un gran recuerdo de Diego", sentencia Juan Eslava Galán con palabras que ponen prólogo (ya en el epílogo) al retrato en verso que Manuel Afán (cuñado de Rojano) escribió en su memoria: 

"Filósofo, / abogado, / lector empedernido, / demócrata confeso, / maestro del ensayo. / ¿De quién estoy hablando? / De un ser irrepetible. ¡De Diego Rojano!" //. Lo dicho: solera de Jaén.

 Fotografía de boda de Diego Rojano. Foto cedida por María Luisa Afán.
Fotografía de boda de Diego Rojano. Foto cedida por María Luisa Afán.

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