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UN POETA MÍSTICO EN EL JAÉN DE FINALES DEL XX

UN POETA MÍSTICO EN EL JAÉN DE FINALES DEL XX

Por Javier Cano -
Compartir en X @JavierC91311858

El desaparecido escritor conquense Rafael Alfaro llegó a la capital el verano de 1996 como párroco de San Juan Bosco, y rápidamente se incorporó a la vida literaria de la ciudad hasta su marcha a Sevilla, donde vivió sus últimos años, y a Granada, donde murió en 2014

Cofradías de Jaén hay que celebran su centenario en 2026, Garcíez recuerda que diez décadas antes lo visitó Alfonso XIII y también se cumple una centuria entera desde que Prado y Palacio cerró sus ojos para los restos. 

Algo menos (cincuenta años) hace de la primera gran huelga de la construcción por estos lares, y ocho lustros justicos arrastrará la Custodia mañana domingo, cuando recorra las calles de la capital, desde aquel 1986 que la vio por vez primera replicando a la maravilla del Vandalino que cayó desde la lonja de la Catedral al remolque de un camión para convertirse en plata fundida: cosas de la Guerra. ¡Será por efemérides!

Y entre ellas, una de lírico aliento: la llegada de todo un místico de la poesía a la ciudad del Lagarto, allá por 1996. Treinta primaveras, sí, desde que pisaba suelo jaenero aquel conquense de El Cañabate, nacido en 1930, que si consagró su vida al sacerdocio dentro de las filas salesianas, no lo hizo menos al regalarle al mundo un puñado de libros de poemas celebrados por gran parte de la crítica como la obra de un verdadero místico contemporáneo: Rafael Alfaro.

"Quizás esté considerado el clérigo más representativo de la poesía de su tiempo, tanto porque refleja a lo largo de su obra los rasgos propios de su época como por su extraordinaria capacidad para emocionar con versos singulares que saben a escritura poética de la mejor factura", escribió de él el sevillano Carmelo Guillén Acosta para Mi fe de vida, segunda (y definitiva) antología de Alfaro, publicada por Calima en 2008.

Con el verano a la vuelta de la esquina (la rigurosa estación que acompañó al poeta en su entrada a Jaén), este periódico evoca hoy la figura, la obra y la huella que dejó en el Santo Reino este autor de la histórica Generación del 50, cuyo curriculum acumuló algunos de los premios más importantes de su género y títulos en las mejores colecciones de poesía de los últimos cincuenta años. Pasen y lean. 

 Flanqueado por la desaparecida poetisa sabioteña María Dolores Ruiz Almazán y el autor de este reportaje. Foto: Archivo de Javier Cano.
Flanqueado por la desaparecida poetisa sabioteña María Dolores Ruiz Almazán y el autor de este reportaje. Foto: Archivo de Javier Cano.

PÁRROCO DE SAN JUAN BOSCO

Casualidades de la vida, el pasado 24 de mayo el polígono del Valle veía rotular uno de sus espacios en honor de Don Bosco, el fundador de la Orden Salesiana, a la que Alfaro perteneció hasta su muerte y desde su ordenación sacerdotal, en 1957. ¿El motivo de esta inauguración? El medio siglo que la institución cumple en tierras jiennenses precisamente este año. 

Otra efeméride en feliz coincidencia con la llegada del poeta a la capital, justo veinte años después de que la orden comenzara su labor pastoral en el mar de olivos. 

De su parroquia, blanca como una ermitilla improvisada en medio del paisaje urbano de aquí, se hizo cargo el poeta un 14 de julio de 1996, a la par que asumía también la dirección de la comunidad salesiana jaenera.  

En su mochila traía ya un bagaje académico y una tarea docente internacional de primer orden, que conviene resaltar de este hijo de agricultor y ama de casa, tempranamente inclinado a su vocación religiosa: y es que, tras cursar Filosofía y Teología en Córdoba y Sevilla, estudió igualmente canto gregoriano en Salamanca y en la Ciudad de la Luz, París, y Periodismo en Madrid. 

Una formación que, andando el tiempo, sustentaría sobradamente la excelencia volcada en sus responsabilidades: profesor de Filosofía, Literatura y Música en San Salvador y Costa Rica; director del Boletín Salesiano y de la editorial CCS (un clásico), y colaborador de un sinnúmero de revistas y publicaciones de aquí y de más allá. 

Entre ellas, ya en las postrimerías del XX, Reseña, donde desplegó su capacidad crítica, atenta a los consagrados y a los noveles a un tiempo, o su rastro en las páginas de ediciones cien por cien jiennenses como Claustro Poético, que sus versos ennoblecieron. 

Sí, fue pisar la tierra del Santo Rostro y saberse que a Jaén había arribado un grandísimo poeta, del que el mismísimo Francisco Brines había escrito ya que "su dicción tiene sobriedad y melancolía machadianas", o el que fuera director de la RAE, Víctor García de la Concha: "A Alfaro le seduce sobre todo la fijación del espíritu que se encarna en objetos y escenas".

Desde su parroquia, a cuatro pasos de una todavía jovencísima UJA, Rafael desarrolló su tarea pastoral sin renunciar ni un ápice a la otra, a la creativa, que distinguía cartesianamente: "Son dos cosas distintas, una dicotomía, el poeta que hay en mí es una forma de expresión artística; el párroco que soy es más prosaico, realista, en consonancia con las necesidades de mi parroquia y de mis feligreses", expresaba en una entrevista para La voz de Jaén, en junio del 98. 

De ahí que, en nada y menos, la amistad con poetas y escritores jaenitas fuese una gozosa realidad. De hecho, colaboró en la ya citada revista publicada por un grupo de vates al amor del claustro de la parroquia de la Merced, atendió con frecuencia a la prensa provincial, participó en lecturas con lo más granado de la época (Molina Verdejo, Calvo Morillo, Molina Navarrete..., en el salón mudéjar, a finales del 96) o, ya en el 99, en el salón de actos del Patronato de Asuntos Sociales, a la vera de la activa Asociación de Vecinos Arco del Consuelo.

Hasta un hermoso tributo recibió poco después de su llegada a Jaén, un territorio, por cierto, que no le era líricamente ajeno, si se tiene en cuenta que en 1978 Alfaro se había hecho acreedor del por entonces importante premio de poesía del Grupo El Olivo.

Aquel homenaje de los poetas jiennenses (y no tanto) se publicó en enero de 1997, de manos de los agónicos vestigios de la mítica institución literaria 'olivarera' en la que daba sus últimos coletazos poéticos Diego Sánchez del Real, entre otros; reconocimiento que tomaría forma de libro en una efímera colección (bajo el nombre de Federico Mayor Zaragoza) alentada por Rafael Lizcano, principal apologista del exministro Mayor Zaragoza en la tierra del ronquío. 

Un volumen que a día de hoy es una auténtica reliquia, de sencillo título (Homenaje de bienvenida a Jaén a Rafael Alfaro) y modestísima factura donde, eso sí (y junto a firmas de compromiso y circunstancias), figuraron nombres propios de las letras provinciales como el quesadeño Bienvenido Bayona, Calvo Morillo, Domingo Faílde, González Brotons, Molina Verdejo y Molina Navarrete, Cesáreo Rodríguez-Aguilera, el propio Sánchez del Real...

 Junto al desaparecido presidente de Arco del Consuelo Antonio Lozano y al autor de este trabajo, Alfaro ofrece una lectura de poemas en el Patronato de Asuntos Sociales de Jaén, en 1999. Foto: Archivo de Javier Cano.
Junto al desaparecido presidente de Arco del Consuelo Antonio Lozano y al autor de este trabajo, Alfaro ofrece una lectura de poemas en el Patronato de Asuntos Sociales de Jaén, en 1999. Foto: Archivo de Javier Cano.

AMPLIA BIBLIOGRAFÍA

Más de veinticinco títulos conforman la amplia y laureada bibliografía del escritor, desde Cables y pájaros (1979) hasta su última publicación, Hora de la tarde, que le valió el Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo.

Entre uno y otro, Indagación del otoño (en la histórica colección Adonáis), Escondida senda (Cuadernos de Cultura Hispánica), Tierra enamorada (también en Adonáis), Los pájaros regresan a la tarde (premio José Hierro), Objeto de contemplación (el libro premiado por 'El Olivo'), Tal vez mañana o Mi fe de vida, una de sus celebradas retrospectivas. 

Una trayectoria jalonada con galardones tan trascendentales como el Premio Nacional de Literatura de El Salvador, el Boscán barcelonés, el Alcaraván (mítico premio de Arcos de la Frontera), Tiflos (de la ONCE)...

"Tocar el verso de Alfaro, acerado y frío en apariencia, equivale a quemarse", le dedicó el célebre periodista y escritor Florencio Martínez Ruiz, quien en otra ocasión sentenció: "Quien quiera saber la altura y dignidad de la lírica conquense debe acudir" a este poeta que incluyó el Santo Reino entre los escenarios de su universo íntimo. 

Gózate, cuerpo mío, en la pobreza

de tu carne o en la insignificancia

de tu ser o en tu voz sin importancia.,

como condensación de tu grandeza.

 

Gózate, cuerpo mío, en la limpieza

de tu palabra o en la resonancia

de tu sentido o en la consonancia

de la gracia con la naturaleza.

 

Serás un día el polvo enamorado.

Aún más: verás que brotará en tus huesos

un manantial de vida verdadera. 

 

"Florecerá tu tierra como un prado".

Y en tu sangre hervirá un rumor de besos

como una brisa de la primavera.

 

 Portada del libro en homenaje a Rafael Alfaro. Foto: Archivo de Javier Cano.
Portada del libro en homenaje a Rafael Alfaro. Foto: Archivo de Javier Cano.

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