
MIGUEL PEINADO, EL PASTOR BUENO
En 2026 se cumplen 115 años del nacimiento del obispo de Jaén entre 1971 y 1988, 55 de su consagración al frente de la diócesis y 40 de su renuncia (por jubilación), 3 discretas efemérides que invitan a evocar la figura y la obra del prelado al que le tocó dirigir la Iglesia provincial en plena Transición Democrática
"En mi casa me ponía un delantal de mi madre y cogía los guiñapos que tenía ella de la costura y me pasaba el día imitando una misa". Así recordaba su más temprana infancia Miguel Peinado Peinado (Bérchules, Granada, 1911), recordado obispo de Jaén que en las páginas de la prensa provincial confesaba al periodista Rafael Olmo, allá por el año 87, que su vocación religiosa le venía "desde muy niño".
Una entrevista, por cierto, sin desperdicio y a la que este reportaje de evocadores intenciones volverá en más de un párrafo, el año en que algunas discretas pero significativas efemérides justifican sobradamente el recuerdo del prelado sobre cuya lápida de la Catedral jiennense reza un sobrenombre tan sencillo como hermoso: pastor bueno.
Aquel granadino de tez amariscada y trato cercanísimo que acostumbraba a calarle su solideo a la chiquillería y que raras, rarísimas veces (por no decir ninguna) vistió esclavina, faja, hábito coral, capa magna..., acaso imbuido por el espíritu de San Francisco, en cuya onomástica vio la luz primera don Miguel:
"Solo se puso el capisayo cuando entró en Jaén en el 71, el bonete rosa de aquella ocasión lo tengo yo en mi casa. Si acaso, alguna vez se puso el fajín, pero nada más, no le gustaba, creo que tenía dos mitras nada más, la de su consagración y otra muy sencilla", comenta a este periódico Francisco Juan Martínez Rojas, deán de las catedrales de Jaén y Baeza.
El también ex vicario general de la diócesis evoca al prelado: "Fue mi obispo, el primer obispo del que tengo recuerdos, porque de don Félix Romero tengo recuerdos muy lejanos, cuando el cura decía la misa y citaba a 'nuestro obispo Félix'; con don Miguel entré al Seminario, él me ordenó, me dio los ministerios y me mandó a estudiar a Roma".
Martínez Rojas apostilla: "Era un hombre coherente, muy coherente, muy trabajador y con un sentido pastoral también muy coherente; si tenía que hacer doscientos kilómetros para bautizar a dos muchachos los hacía, y no delegaba nunca".
Y añade: "Era muy austero, pero no pauperista ni populista; murió pobre, seguía la doctrina de Santo Tomás de Aquino y, cuando terminaba el mes, lo que le sobrara de su sueldo era para Cáritas, y a empezar el día 1 a cero, aunque nunca hacía alarde de eso, al contrario".
Trazado el retrato desde la memoria sentimental de quien tanto lo conoció, cabe ahora esbozar una breve semblanza del reportajeado, a quien el pintor, profesor, crítico y academico ubetense Miguel Viribay Abad retratóa la perfección (en un soberbio óleo sobre tabla) en la obra con la que monseñor Peinado (de cuya toma de posesión se cumplieron 55 años el pasado 29 de junio) se hace presente en la galería episcopal diocesana.

APROXIMACIÓN BIOGRÁFICA
El 4 de octubre de 1911 abría los ojos al mundo Miguel Peinado Peinado en plena Alpujarra granadina, en el pueblecito de Bérchules, famoso desde 1994 por celebrarse en él la pintoresca 'Nochevieja en agosto' desde que un corte de luz dejara a los vecinos sin campanadas el último día de aquel ejercicio, justo 10 meses después del fallecimiento del obispo jaenés.
Precisamente la plaza de la iglesia, donde se celebra la singular despedida del año, lleva el nombre de este ilustre berchulero, el mayor de los 14 hijos del matrimonio Peinado Peinado, que aportaron nada más y nada menos que 7 presbíteros al mundo.
Solo 11 años de edad contaba el futuro mitrado cuando accedió al Seminario de Granada, de donde salió ordenado en 1935, una época convulsa que, lejos de mermar sus convicciones, las fortalecieron:
"Cuando me di cuenta de lo que suponía ser sacerdote fue cuando llegó la República. Como siempre, en España no puede haber cambios si no es con muchos trastornos, y aquello fue terrible. Tuvimos que irnos del Seminario aquella primavera, empezaron a quemar iglesias... Y recuerdo yo que al llegar a mi casa, después del 14 de abril aquel célebre, mi padre me preguntó si seguía pensando en ser cura", responde a Rafael Olmo, y continúa.
"Y recuerdo que le dije: ¡Ahora es cuando yo quiero ser cura! De modo que ya entonces la misma vida, los acontecimientos sociales, me hicieron a mí que pensara en ser sacerdote".
En Granada, en su Granada siempre (diría Machado), que no tuvo más destino que la provincia vecina hasta que, en 1971, entró en Jaén. Hasta entonces había ocupado responsabilidades como coadjutor del Sagrario granadino y, posteriormente, párroco en el Albaicín, etapa de la que guardaba los mejores recuerdos pese a las dificultades que entrañaba su tarea: "Eran los años del hambre entonces, me lo tomé con paciencia y poco a poco la gente se fue incorporando. Cuando el sacerdote se acerca a la gente, y él no busca nada más que ayudar, parece que no, pero surte efecto".
Al hilo de este argumento de don Miguel, Francisco Juan Martínez Rojas aporta: "Era un ejemplo de coherencia; en los años 50 sus feligreses no comían más que una vez al día, y él lo hacía así también, por coherencia, ¡porque era canónigo y tenía su sueldo! Pero de esas cosas nunca hablaba, no lo decía, te enterabas por otros sitios".
Doctor en Teología, ejerció la docencia en la Ciudad de la Alhambra, y a comienzos de la década de los 70 'se mudó' a Jaén, ya como titular de su diócesis, consagración que recibió del obispo de manos del a la sazón arzobispo Emilio Benavent, por mandato del papa San Pablo VI.
El día de su 75 cumpleaños presentó su renuncia episcopal, como es preceptivo por edad, que no le fue aceptada hasta casi 2 años después, en 1988, cuando le sucedió Santiago García Aracil (Valencia, 1940-2018).

QUERIDO Y DISCUTIDO
Pastor bueno, ¡pero de ahí a una grata unanimidad en su recuerdo...! Y es que la controversia también fue compañera de pastoreo del sexagésimo octavo titular de la diócesis de San Eufrasio, incluso desde antes de llevar el báculo del Santo Reino:
"Tuvo algunos choques, por su coherencia: entre ellos cuando el arzobispo de Granada Rafael García y García de Castro [obispo de Jaén entre el 43 y el 53] quiso sacar una procesión extraordinaria, de una cofradía del Albaicín, porque venia la mujer de Franco, doña Carmen Polo, y don Miguel dijo que viniera en Semana Santa, que nada de procesiones extraordinarias", relata Francisco Juan Martínez Rojas.
Un adelantado a su tiempo ("antes del Concilio Vaticano II ya dijo misa de cara a la gente, en latín pero invitando a los gitanos del Albaicín a cantar el padrenuestro en latín; luchó por acercar la liturgia al pueblo", según el deán jiennense); pero también alguien a quien nunca se le podría bautizar como un obispo cofrade:
"Las procesiones no terminó de entenderlas, ese fue uno de sus hándicaps; antes del Concilio estuvo en Alemania, muy vinculado a los centros de renovación litúrgica, y para él la liturgia era lo único, no entendía que fuera de ella pudiera haber ejercicios piadosos; para él, la eucarístía lo agotaba todo, sin darse cuenta de que había también otras posibilidades, como la religiosidad popular, que consideró una especie de subcultura religiosa que impedía la riqueza de la liturgia y la misa", aclara el actual consiliario de la Cofradía de la Buena Muerte.
Lo suyo iba por otros derroteros: "La preparación de la predicación, la seriedad con la que tenía claro que no se podía predicar así como así, que la palabra de Dios merece un respeto. Nos dio clases de homilética, para preparar las homilías", rememora Martínez, y no lo duda a la hora de definirlo como "el obispo del Vaticano II; don Félix era un obispo de la pompa, del antiguo régimen, pero el que realmente aplicó el Concilio en Jaén fue don Miguel, con mucho equilibrio, sin permitir excentricidades de ningún tipo".
Una tradición no escrita evidencia que quien viene al Santo Reino como titular de su diócesis, se marcha para ocupar mayores dignidades, a no ser que muera en el ejercicio de su misión o (como en el caso de don Miguel) le alcance la jubilación. ¿Tendrían algo que ver esos choques, esas pequeñas controversias de Peinado con su ausencia de promoción a un arzobispado, por ejemplo y si se atiende a esa tradición?
"No, no, lo que pasa es que a lo hicieron obispo ya mayor", justifica Martínez Rojas. Ni falta que le hizo, a tenor del cariño que el granadino sentía por las tierras jaeneras. "A sus compañeros de la Conferencia Episcopal les decía: 'Vosotros sois todos unos desgraciados, porque no sois obispos de Jaén. Quería mucho a Jaén", sentencia el también académico de Bellas Artes de la Real de Granada.
Don Miguel Peinado Peinado, un devoto de la lectura y de la montaña, gustos que, en el último tramo de su existencia, no pudo ejercer, prácticamente: "La última vez que lo vi con vida me dijo que el Señor lo estaba probando con lo que más le gustaba, que era la montaña y leer; no podía hacerlo por sus dos hernias de disco y por la diabetes, que al final le afectó mucho a la vista", concluye.
El 12 de febrero de 1993 entregó su alma, y horas después recibía sepultura en la catedral donde cantó misa, cada domingo, mientras gobernó la Iglesia provincial, con homenaje popular incluido: el de la singular Gúmer (digna de otro reportaje, que lo tendrá), cuyos ayes lastimeros retumbaron bajo las bóvedas como el más espontáneo de los réquiems.
El homenaje diocesano llegaría 25 años después de su partida, cuando se le rindió tributo en el templo mayor con el propio Martínez Rojas y el canónigo Manuel Carmona como insignes hagiógrafos, en tanto un libro publicado allá por 2011, Don Miguel Peinado. El hombre de Dios para los hombres (con la firma de Sebastián Berdonces), eterniza su paso por este valle de lágrimas.

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