"A veces siento pudor por cómo me expongo en este libro"

"Prefiero ser ciprés clavado a la tierra, creciendo cada día y perfilando su verticalidad en toda tarde, que un pavo real exhibiendo sus alas de un lado para otro". Son palabras (casi versos, apegados a la sombra sonora de Gerardo Diego) de Francisco Manuel Carriscondo Esquivel (Andújar, 1970).
Un idioma de hondo aliento lírico que, sin embargo, convierte en debutante de la prosa a este profesor, filólogo y escritor jiennense y que deja negro sobre blanco en Mesa despejada, su nueva publicación.
—Ensayista, poeta y ahora también prosista, aforista...
—Aunque se haya publicado en la colección Aforismo de la editorial Trea, para serte sincero el libro se aproxima más al diario: el día a día, la rutina de cada jornada, el trabajo gustoso (tal como lo definía Juan Ramón Jiménez)… Eso sí, es mi primera incursión en la prosa literaria.
—El de este libro es, entonces, el Francisco Manuel Carriscondo más cotidiano...
—Sin duda alguna. A veces siento pudor por cómo me expongo en el libro. Quienes no me conocen me conocerán, y quienes me conocen me conocerán aún más. Y no sé si eso es conveniente. Lo mismo es hasta contraproducente [risas].
—¿Y acaso también el más íntimo, tanto o más que en sus poemas?
—Cultivo la poesía y la prosa como una exploración de todo lo que de extraño hay en lo cotidiano. Escribir es observar, sacar jugo, exprimir la realidad, incluso la más intranscendente, para encontrarle aristas sorprendentes, que pasan inadvertidas al resto del mundo.
—¿Qué hay en su mesa despejada, qué encontrarán sobre ella sus lectores?
—Mi escritorio está ahora de todo menos despejado, y para un anancástico como yo esto me pone de los nervios. Acabo de mudarme de casa y hay libros, papeles, facturas, presupuestos, gafas, lápices, estilográficas… Quizás sea el momento de comenzar a escribir Mesa revuelta… [risas].
—¿De dónde nace este libro, cuál es su impulso principal?
—Este libro es resultado de una selección de las ráfagas que escribo a diario en mi cuaderno. Aprovechando la pandemia decidí ordenarlas y disponerlas para la imprenta. Es como un alto en el camino. Las ráfagas crecen y no descarto una nueva selección, cuando las circunstancias lo permitan.
—Hay mucha reflexión en esas páginas, que abarcan el sujeto y su entorno. Y consejos para el diario vivir. Y cuestiones, interrogaciones constantes. ¿Qué quiere usted que saque en claro el lector, qué espera que se le quede?
—Ante todo la grandeza de nuestro trabajo diario, el esplendor en la disciplina, la acumulación prodigiosa a partir de la constancia… hagamos lo que hagamos. En mi caso, sentarme cada jornada a leer, escribir, consultar, pensar en lo que nos hace verdaderamente humanos: nuestra lengua.
—Inquietantes los títulos de cada capítulo, Francisco Manuel.
—Sin duda. Comenzando por el final: el Epitafio es verdaderamente lo que me gustaría que pusieran en mi tumba. La isla ingrávida alude a una película que me conmueve: El castillo en el cielo (1987) de Hayao Miyazaki. Lo de Las potencias consoladoras me lo inspiró Nietzsche (cada uno tiene las suyas para sobrellevar el paso por este mundo). Reserva y Ciudadela hacen referencia a mi estado natural: la soledad, el silencio, el aislamiento voluntario.
—¿Es usted de los insatisfechos o de los desalentados? Desarrolle su respuesta, como diría un examinador.
—Insatisfecho, en todos los sentidos: conmigo mismo, con los demás... Desalentado, eso (casi) nunca [risas].

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