Un equipo perdedor

En la victoria del Jaén Paraíso Interior en la Copa del Rey a mí sólo me sale escribir sobre la derrota, el acompañante más fiel del club en el torneo del KO. El deporte acostumbra a sus actores menos afortunados, los que toman la medalla de plata, a recibir parabienes de consuelo rápido porque la oportunidad "se ha escapado".
La mayoría de equipos que acaban caminando sobre la pasarela de la decepción se estancan en el pensamiento colectivo de que lo mejor ya pasó, especialmente si uno es miembro de una entidad poco dada a jugarse títulos. Lo normal es perder. De hecho, en esta época de bonanza del conjunto amarillo, sigue contando más bandejas de plata (7) que trofeos en sus vitrinas (5) y, sin pretender caer en la contradicción, es una buena señal.
Me explico: es interesante afrontar el duelo desde una perspectiva constructiva. Hincar la rodilla es un estupendo ejercicio de cara al futuro, donde lo más probable es que la mayoría de los hombres que vuelvan a experimentar una situación sobre el alambre reconozcan flaquezas y potencien fortalezas. En definitiva, convertir las decepciones en virtudes. El Jaén FS de Dani Rodríguez se ha adaptado hasta sentir "comodidad" en contextos en los que a la mayoría les tiemblan las piernas. Es experiencia y también persistencia. En otras palabras, es aprendizaje. Por eso, el primer paso del proceso es el orgullo. Es el más importante, pues acorta el camino hasta la medalla de oro. En muchas ocasiones no hay que estar triste en la derrota, sino preparado para ella. Esa mentalidad no te asegura un título y sí allana el camino hacia el mismo.
Nadie quiere ver al Jaén Paraíso Interior en una eliminatoria a un partido. Nadie. Se ha extendido entre sus adversarios un respeto agigantado por más de un ejemplo de solidaridad defensiva, intensidad en la presión y superviviencia al filo del precipicio. Este incesante deseo por luchar cada pelota manda un mensaje constante a sus rivales: siempre vuelven. Desde 2015, el club de la capital del Santo Reino es el cuarto que más finales nacionales ha alcanzado (12), sólo superado por trasantlánticos como ElPozo Murcia (14), Inter (20) y Barça (25). Se ha colado entre nombres tan rimbombantes a base de derrotas, decepciones y sinsabores, lo que le ha permitido construir varios retornos para, de vez en cuando, hallar una gloria merecida.
Aventaja a varios alumnos en cuanto al manejo de contextos sensibles porque se ha formado en el límite. La remontada postrera al Burela en la primera Copa de España en Ciudad Real, la teoría de la tormenta frente al Sala 10 Zaragoza en el Palacio de los Deportes de Madrid, la infinita tanda de penaltis contra el Industrias Santa Coloma en Málaga o el freno a la puntería del Barça gracias a dos clases maestras en Granada y Cáceres. La experiencia de controlar emociones les conduce a vestirse con su propio esmoquin en los momentos de la verdad.
La última muestra de este glosario les permitió alzar su primera Copa del Rey en su quinta oportunidad. Al margen de polémicas arbitrales, existieron detalles que merecen valor como última demostración de sabiduría del cuerpo técnico jiennense. Anticipó una situación de partido específica en función del rival en el momento de la superioridad numérica. Estudió al Jimbee Cartagena, a Mellado y entrenó el salto de Dani Zurdo para provocar el error del contrario y sacar ventaja. Halló una solución nunca vista a un problema repetido. Pensó una manera de neutralizar a un jugador tan especial como el cierre murciano. En cambio, Duda insistió en el plan de siempre. Es lícito entregar el balón a Mellado en esas circunstancias: siempre le ha salido bien. Obvió que su hombre ya había tenido dificultad en la salida de balón en una acción inmediatamente anterior. No reaccionó, no modificó su idea. Persistió. Ignoró el riesgo de su plan porque antepuso la calidad de Mellado a la de su rival. No adaptó su estrategia a que enfrente estaba Mati Rosa, uno de los mejores defensores en primera línea del mundo. Funcionó mal esta vez.
Duda ganó algunos micropartidos y Dani, otros dentro de la misma batalla, pero sólo uno fue determinante. A partir del 3-4 se estableció uno de esos escenarios construidos a base de colgarse una plata tras otra del cuello. Detectaron la importancia, analizaron el tiempo restante y todos los integrantes amarillos, sin casi mediar palabra, conocían plenamente la tarea a ejecutar. El Jaén cogió la bandera del sacrificio colectivo, el terreno donde más disfruta sufriendo. El equipo llegó a una dulce situación a través de una decisión de entrenador. Interiorizó el riesgo como un aliado y no como un cuerpo al que temer. Creó así su propia idiosincrasia, que todos reconocen, para confirmar sin tapujos que son un equipos único.
Estoy seguro de que Dani entrenó muchos más contextos de los que se dieron en el partido y por eso su responsabilidad es tan alta: para todos tenía una respuesta. Sus jugadores lo saben, están tranquilos y confían en su idea. Este tipo de decisiones gana trofeos. No me refiero a los que se alzan, sino a los que se sienten: todos confían en él. Lo hizo además en un escenario simbólico, donde cayó por primera vez en esta competencia y donde aprendió a que hay círculos que requieren paciencia para quedar sellados para la eternidad. Aunque haya que esperar ocho años.
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