Ciento cincuenta años de la muerte de un polígrafo jiennense: Muñoz Garnica

El profesor, canónigo, historiador y escritor de Úbeda fue reconocido como uno de los intelectuales españoles más brillantes de su tiempo
¿Qué tienen en común el polígrafo Manuel Muñoz Garnica, el político José del Prado y Palacio y el poeta Miguel Calvo Morillo? Tres "p" ilustres que además de nacer en el Santo Reino, cerraron sus ojos para siempre un día muy señalado en el calendario, el 14 de febrero, día de los enamorados.
Curiosas coincidencias aparte, Lacontradejaén evoca hoy la figura y el legado intelectual del presbítero ubetense Manuel Muñoz Garnica, nacido en 1821 y fallecido hace ahora siglo y medio, ciento cincuenta años, treinta lustros.
Hijo de familia acomodada, fue ordenado sacerdote en 1845, se licenció en Filosofía y Letras y se doctoró en Teología; ejerció la docencia en Jaén capital, ciudad en la que (al igual que en su patria chica) cuenta con calle a su nombre gracias a méritos como la creación del instituto provincial de Segunda Enseñanza, instalado en el ensolerado edificio jesuita de la calle Colegio que, a día de hoy, alberga el Conservatorio Profesional de Música.
Canónigo de la Catedral jiennense desde 1852 (asistió al Concilio Vaticano I), su nombre fue frecuente en la nómina de intelectuales atentos a la preservación del patrimonio jaenero, y si bien no pudo salvar de la piqueta el viejo convento franciscano de la Plaza Vieja (actual Diputación) sí que arrimó fuerzas y fondos para que el oratorio de San Juan de la Cruz o el Salvador, en su tierra natal, contara con las restauraciones necesarias.
Fue vicepresidente de la Junta Provincial de Beneficencia, a sus efectivas y activas gestiones se debe la entrada de las entrañables hermanitas de los pobres en el Santo Reino y, por estos y otros merecimientos vinculados a su actividad cultural y social, recibió condecoraciones tan reputadas como las encomiendas de Carlos III e Isabel la Católica.
Perteneció asimismo a las academias de la Historia y de Bellas Artes, firmó varios libros entre los que destacan sus manuales de Lógica y Retórica, objeto, como gran parte de su obra, de frecuentes acercamientos críticos, y tras su muerte ese mismo año, la popular calle Ancha de la capital jaenera (donde vivió y expiró, en una casa ya desaparecida y vinculada posteriormente con los Herrera y García de Quesada) fue rotulada con su nombre. Toda una figura de la intelectualidad española con acento ubetense.

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