Santiago Martínez, aquel "apoderado sin suerte"

Popularísimo mentor de toreros, organizador de festejos y hasta cronista taurino, un trágico accidente en plena adolescencia truncó sus sueños de gloria
Nacido en 1915, de Santiago Martínez López se puede decir que vivió para el toro, aunque su historia personal no le permitiera pasar de ponerse delante de ellos (o de sus criaturas, mejor dicho) en alguna que otra capea.
Un trágico accidente cuando apenas contaba diecisiete años de edad le impidió subir a los carteles, como era su deseo, y lo bautizó para los restos con aquel sobrenombre de dudoso gusto que arrastró toda la vida de la mano de su brazo derecho, tan vacío como el izquierdo de Valle-Inclán, aunque menos literario: "el Manco".
"Nos íbamos un grupo de siete amigos, todos con ilusiones de triunfar en los toros, a correr, juguetear por las cercanías de la estación de ferrocarril. Estando junto a la vía, tuve la mala fortuna de caerme y un vagón me cortó el brazo derecho", le contaba al recordado caricaturista Vica allá por 1983.
Ya imposibilitado ya como diestro no renunció, sin embargo, a su inmensa afición, a la que dio rienda suelta, principalmente, como apoderado, a más de su papel de organizador de espectáculos y hasta de ocasional crítico y corresponsal taurino bajo el seudónimo de Santimar:
"Con el capote consiguió unos lances que no cabe más belleza en la compostura de la ejecución; bajó los brazos, lentos y cargando la suerte; así pues se le aplaudió calurosamente. Juzgado más tarde por el inteligente aficionado de Baeza don Manuel Jiménez, dijo de este chaval: 'Sus lances no esparcen perfume de rosas ni sonidos de cascabeles, pero sí un tufillo a metal que se llama oro de ley', escribió sobre uno de sus pupilos, el novillero Enrique Cano, en los años 50 del pasado siglo XX.
Empleado en los archivos del Ayuntamiento de Jaén, tuvo su oficina de apoderamientos en el número 37 de la Avenida de Madrid y, luego, piso en las Protegidas, donde vivió hasta su muerte a la vera de la última de sus apuestas, acaso la más lograda: Morenito de Jaén.
Sin su figura, casi raquítica y tocada por el preceptivo sombrero, este ilustre cofrade de La Expiración la historia taurina de Jaén carecería del encanto de una época marcada por el esfuerzo y (en su caso) una exigua fortuna, pese a haber impulsado la carrera de toreros de aquí que, en su día, brillaron con luz propia en la 'segunda división' del arte de Cúchares: Antoñito Ordóñez, Justo Armenteros, José Gómez Hueso, el propio Enrique Cano...
Santiago Martínez López, aquel "apoderado sin suerte" (así se autodefinía al final de su vida) al que la vida le negó la puerta grande.

Únete a nuestro boletín

