Si queremos mejorar la educación, empecemos por cuidar al profesor

Hablar de educación es hablar, inevitablemente, de profesores. De poco sirven las reformas educativas, las nuevas metodologías, la digitalización o los cambios curriculares si olvidamos a la persona que, cada día, debe convertir todo ello en una realidad dentro de un aula.
Y aquí aparece una cuestión que quizá deberíamos plantearnos con mayor frecuencia:
¿en qué condiciones estamos pidiendo a nuestros profesores que desarrollen su trabajo?
La realidad de las aulas ha cambiado. El profesor ya no solo enseña. Planifica, evalúa, atiende a la diversidad, utiliza nuevas tecnologías, gestiona conflictos, realiza tareas burocráticas, se coordina con otros docentes, contacta con las familias y, en el caso de la Formación Profesional, mantiene además una relación cada vez más estrecha con las empresas.
A todo ello debemos añadir una circunstancia especialmente preocupante: la falta de tiempo.
Tiempo para preparar mejores clases. Tiempo para coordinarse. Tiempo para atender individualmente al alumnado. Tiempo para formarse. Tiempo, incluso, para pensar cómo mejorar nuestra propia práctica docente.
Por eso, si realmente queremos mejorar la educación, quizá una de las primeras medidas debería ser tan sencilla como devolver tiempo al profesor.
¿Cómo?
Podríamos empezar reduciendo y simplificando la burocracia. No toda documentación aporta necesariamente más calidad educativa. Debemos preguntarnos si cada registro, informe o procedimiento facilita realmente el aprendizaje o simplemente consume horas de trabajo docente.
También sería necesario avanzar hacia una mayor estabilidad organizativa. Cada cambio normativo implica horas de adaptación, formación y reorganización. Las reformas pueden ser necesarias, pero también necesitan tiempo para consolidarse. Quizá debamos cambiar la cultura de «modificar continuamente» por la de evaluar, mejorar y consolidar aquello que funciona.
Y hay otra cuestión fundamental: escuchar al profesorado.
Quien está diariamente dentro de un aula conoce problemas que difícilmente pueden detectarse desde un despacho. Antes de implantar determinados procedimientos, sería razonable contar con quienes tendrán que aplicarlos, no para impedir los cambios, sino para hacerlos más realistas, eficaces y, sobre todo, llenos de sentido común.
Por tanto, quizá deberíamos cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarnos únicamente qué más podemos exigir al profesor, deberíamos preguntarnos también:
¿Qué podemos hacer para que el profesor pueda hacer mejor su trabajo?
La respuesta no pasa necesariamente por grandes reformas. Se puede empezar por algo mucho más sencillo: menos burocracia, más tiempo para enseñar, un gran pacto de estado en educación, mayor reconocimiento profesional y una escucha real de quienes están cada día en las aulas.
Antonio Morallón Rodríguez
Economista
Profesor de FP en Administración y Gestión
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