Zabaleta, un chaleco con botones de oro y mucho amor a Quesada

Hijo y nieto de quesadeños, Tomás de la Paz nació en la Comunidad Valenciana pero siempre quiso volver a la tierra de sus ancestros, un sueño que ha cumplido
Cuenta Tomás de la Paz Pérez (Oliva, Valencia, 1966) que vivió su infancia "al lado de la casa de Zabaleta", en la Quesada natal del artista y de la familia del protagonista de este reportaje.
Un recuerdo que, en cuanto se le sube a los labios, le alcanza también la mirada y se la puebla de lágrimas, de emoción incontenible, al evocar un hecho capital en la vida del universal pintor: "A don Rafael, en tiempos de la Guerra Civil, mi abuelo le guardó todos los cuadros que tenía pintados, en el pajar; en agradecimiento, Zabaleta le regaló un chaleco con los botones de oro y plata, que luego mi abuela (que tenía siete hijos) repartió entre cada uno de ellos.
O sea, que si no fuera por aquel buen hombre, ni el museo dedicado al creador quesadeño ni muchas de las obras que lo prestigian se hubieran salvado de aquellos días terribles. Piezas que, a día de hoy, Tomás puede contemplar y admirar, por fin, in situ, casi vecino como es ya, desde hace un año y tres meses, del pueblo que tanto ama, del que lo separan únicamente los diez kilómetros de distancia existentes entre aquel y Peal de Becerro, donde vive.
¿Que por qué allí? El amor, que mueve el cielo y las estrellas (o eso escribió Dante): "Estaba buscando una mujer de Jaén, las de Valencia la verdad es que no me entran por el ojo, y hasta que no la he encontrado no he parado", explica mientras hecha flores a sus paisanas y se las resta a las falleras: "Aquí son más cercanas, yo las veo inclusive más preciosas las de Jaén que las de Valencia".
Unas características que parece atesorar María José Trillo, la pealeña 'responsable' de que Tomás de la Paz Pérez esté la mar de contento, en el lugar que quería: "Entre otras cosas he sido camarero, vi que una mujer alquilaba un bar de su propiedad en Peal de Becerro y dije '¡ahora o nunca!'; vine a por el bar y me quedé con la dueña", comenta, entre risas.
UN CIRUJANO QUE NO PUDO SER
La aventura vital de este quesadeño lo ha conducido, finalmente, al destino predilecto; está "encantado", en sus propias palabras, pero antes, durante décadas, desplazarse y trabajar fueron el pan suyo de cada día.
De Oliva, cuando tenía dos años, a la Quesada familiar, en la que vivió hasta que cumplió los diez: "Tengo muchos recuerdos de infancia, allí pasé ocho años de mi vida, tuve mis primeros amigos y amigas, fui a la escuela; recuerdos buenos no, ¡buenísimos!, asegura, y evoca los días sin reloj, de calle y juego en pandilla: "Juguetes había pocos, nos los teníamos que hacer nosotros, nos gustaba jugar al cepo, a las cristalas, con un aro y un hierro a correr por ahí, a los santos (que eran los fósforos de ahora)...".
Un territorio sagrado, el de la infancia, que la situación familiar recondujo por caminos muy distintos a los que Tomás planeaba: "Me hubiera gustado estudiar cirugía, pero no pudo ser". Y tanto que no, como que le tocó arremangarse pronto, muy pronto, y arrimar el hombro a la economía de la casa: "Me fui a Gandía a trabajar con catorce años, yo quería estudiar pero no había recursos. Empecé en la agricultura, desde los catorce hasta los veinte años, empecé a trabajar con mi cuñado, que era encargado de una finca de naranjos". De todo menos un paraíso, para un chaval con anhelos universitarios.
"Después me fui con mi hermano a vender fruta por los mercados de Jaén y en Valencia, vendíamos cítricos, naranjas, mandarinas, pomelos, limones...". Unas fatigas, las del trabajo en el campo, que dejaron paso más tarde a los mostradores de las administraciones de lotería, las barras de bar..., y así hasta su prejubilación.
Desde entonces, con su compañera, a viajar se ha dicho: "Estamos siempre de un lado para otro". Sí, pero con billete de vuelta a Quesada, donde cuida de sus cinco nietos (cuatro chicos y una chica) y, también, a sus dos hijastros, que en eso de la solidaridad tiene sobrada experiencia: "También me he dedicado a ayudar como voluntario en Cáritas Diocesana, en el albergue social y en varios sitios más", concluye este jiennense de Oliva cuyo círculo vital lo ha devuelto, felizmente, al mar de olivos.

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