
"Nos queda tanto por hacer, que no podemos recrearnos en lo ya hecho"
Hace la tira de siglos (¡pero la tira!) que el filósofo ateniense Menandro dicen que dijo aquello de que quien tiene la voluntad, tiene la fuerza. Un mensaje que bien podría ser el lema de la ONG Se puede hacer, que desde la provincia de Jaén trabaja en beneficio de aquellos Presidenta y cofundadora del colectivo, Carmen Cano Ramiro (Jaén, 1962) dirige, a día de hoy y desde hace algunos años, el trabajo de esta entidad volcada en aliviarles carencias y regalarles presente y futuro a las gentes de Burundi. a los que ni la voluntad les respetan.
Presidenta y cofundadora del colectivo, Carmen Cano Ramiro (Jaén, 1962) dirige, a día de hoy y desde hace algunos años, el trabajo de esta entidad volcada en aliviarles carencias y regalarles presente y futuro a las gentes de Burundi.
—¿Cómo nació esta ONG, Carmen? ¿Qué los llevó a hacer presentes, en el mar de olivos, las fatigas que se pasan en el país africano y, a la par, batirse el cobre por darles esperanza, futuro?
—La ONG nace de un grupo de amigos, de compañeros de trabajo de la Consejería de Medio Ambiente. Teníamos a una compañera, Pilar Belart (la primera presidenta) que viajaba mucho, en verano, fundamentalmente de manera solidaria, a África, a Burkina Farso, a diferentes países, siempre para colaborar en asuntos de voluntariado y demás. Ella nos transmitió la posibilidad de poder ayudar en algunos proyectos, que ya estaban en marcha.
—Un grupo de amigos que terminó convertido en mucho más...
—Nos juntábamos, recogíamos un dinero que se mandaba allí, para ayudar, hasta que en 2008 decidimos hacernos asociación. Nos pilló la época del terremoto de Haití, hubo también inundaciones en Marruecos, en el Sáhara, y empezamos a trabajar en colaboración con otras asociaciones, hasta que llegó un momento en que, de manera casual, tuvimos contacto con el rector de la Universidad de Burundi y comenzamos con nuestros propios proyectos.

—'Se puede hacer'... Ese nombre, esa denominación es toda una declaración de intenciones.
—Es que creemos que todo se puede hacer con un poco de voluntad, con un poco de ánimo.
—Dice que, de forma casual, entablaron contacto con el rector de la Universidad de Burundi. Carmen, esas cosas no pasan todos los días. ¿Cómo fue? ¿De verdad que por azar? Cuente, cuente...
—Una compañera nuestra, en Madrid, entra a una tienda y habla con una amiga de la ONG, de que iba a ir en verano a Burundi. Había allí un señor negro, que estaba escuchando, se acercó y les dijo que le interesaba lo que hablaban. Este señor era el rector de la Universidad de Ngozi, una universidad católica pero la primera que aceptó a mujeres y también todo tipo de creencias. Les contó a estas amigas las necesidades de su país (hablaba muy bien español, porque había estado muchos años como cura en La Rioja) y a raíz de ahí nació esa colaboración.
—¿El principal destinatario de los esfuerzos de este colectivo es siempre Burundi?
—No necesariamente, lo que pasa es que nos hemos centrado en Burundi, porque es el segundo país más pobre de África, con lo cual tiene una cantidad de necesidades... Nosotros empezamos con un proyecto de voluntariado de la Universidad, de educación, para becar a mujeres, pero te vas dando cuenta de que les hacen falta más cosas, no solamente la beca: la mujer, aunque tenga una beca, necesita otras cosas para poder avanzar.
—La primera vez que fueron ustedes al 'país de las mil colinas' debió de ser una experiencia impactante, ¿verdad, Carmen?
—El primer viaje fue muy malo, porque cuando te metes entre la población batua tienes que ser muy fuerte para no doblarte, es muy duro. Realmente, la población batua está en una situación no de pobreza, sino de miseria: no tienen nada. Eso fue lo más duro.
—Y en cuanto tomaron conciencia de ello, además de trabajar en el campo educativo, la ONG comprendió que no solo de formación vive el hombre.
—Claro, empezamos por la educación pero enseguida ampliamos a la población.

—¿Cuántas personas componen 'Se puede hacer'?
—Ahora mismo, setenta y ocho socios. Tenemos además un grupo en el que colabora más gente, unas trescientas personas, que son un apoyo; cuando queremos hacer algo, enseguida responden.
—¿Una ONG esencialmente jiennense?
—Sí, estamos a nivel internacional pero somos de aquí, la sede está aquí...
—El Museo 'Cerezo Moreno' muestra, estos días, la exposición Villatorres nos lleva a la escuela, impulsada por la entidad que usted preside y en la que se evidencia la labor de la ONG en Burundi gracias a la colaboración, entre otros, del Ayuntamiento de este municipio. Con este asunto, la lucha por dotar de derechos a la mujer burundesa es otra de sus causas, ¿no es así?
—La mujer es un objetivo principal para nosotros, sobre todo la mujer en África; si allí no hay dinero para nada, ¡imagínate para educar a una mujer! Eso era inviable, aunque ahora está cambiando un poquito. Queríamos intentar que la mujer se formara para poder entrar en el círculo de tomas de decisiones sobre ellas mismas, sus derechos y deberes, sin que se los tengan que imponer desde otros sitios. Para eso necesitábamos iniciar el proceso desde arriba, desde la educación universitaria. Y así empezamos a trabajar.
—Y derivaron en un montón de campos nuevos en los que ejercer su esfuerzo.
—Empezamos a derivar en otras cosas, sí: por ejemplo en un programa de voluntariado. Las mujeres becarias recibían una ayuda, que tenían que "devolver" no a nosotros, sino a su propia sociedad. Hicimos ese grupo de voluntariado de manera que ellas (y otra gente que se ha ido sumando) formaron un grupo para alfabetización de adultos de la etnia batua. O en sanidad, con enfermeras becadas que hicieron otro grupo de voluntariado de enfermería, de manera que cada fin de semana se desplazan allí, ven a la gente, sus problemas. Y eso nos llevó a ver, por ejemplo, que allí no tienen Seguridad Social, que en uno de los países más pobres del mundo la medicina no es gratuita.
—O sea, que las enfermedades campan a sus anchas.
—Claro, efectivamente; por eso empezamos a comprar unos seguros básicos por familia, que les cubriera al menos lo más básico. Aún así seguimos yendo los fines de semana, allí hay muchos problemas de malaria (un 70% de la población tiene enfermedad), problemas de piel, infecciones, mucha tiña en los niños, que además es contagiosa. Y de ahí pasamos a la agricultura.
—¿También en el campo?
—Sí, nos dimos cuenta de que si te lees la Constitución burundesa, es maravillosa: dice que todos son iguales ante la Ley, que todos tienen las mismas posibilidades, pero cuando estás allí te das cuenta de que las mujeres, por ejemplo, no heredan, hereda el hombre, ¡aunque sea el cuñado!, y ellas se quedan en la calle. O que las mujeres no tienen propiedad de la tierra y, sin embargo, cuando lees informes, te das cuenta de que cuando ellas se encargan de la gestión de la tierra, obtienen un 30% más de productividad.
—Sorprendente conclusión, Carmen.
—Claro, por eso decidimos entrar en los procesos de agricultura, de regeneración y conservación de suelo: ellos tienen un clima tropical, pero su forma de trabajar la tierra es como la de aquí, como la de nuestros climas. ¿Qué ocurre? Que se les va toda la tierra. En el momento que dejan la tierra, en un clima tropical, sin vegetación ninguna, la tierra se les va a los ríos, de forma que, ahora mismo, la tierra más fértil la tienen en el río y las laderas se están quedando desertificadas.

—¿Cómo trabajan en ese campo desde la ONG? ¿Qué les aportan para detener ese fatal proceso?
—Ellos no tienen dinero para comprar abono, así que estamos consiguiendo ganado para que ellos aprendan a obtener estiércol, por ejemplo. Intentamos darles recursos que sean sostenibles, propios, no traídos del exterior. Hemos empezado también otra línea de trabajo, con una escuela de agricultura a la que ya están yendo alumnos de la Universidad a aprender técnicas. Hemos comprado, también, una finca que se ha repartido en parcelas para 30 mujeres batuas. Que 33 mujeres de una zona en la que viven 110 o 115 familias ya tengan un terreno donde poder producir, en régimen de cesión, es muy positivo.
—Los microcréditos, Carmen, ese recurso que se cuajó nada más y nada menos que el autor de Gulliver y que 'Se puede hacer', en pleno siglo XXI, ha llevado a tierras burundesas.
—Sí, tenemos una última línea de microcréditos que hemos abierto y que está yendo muy bien. Empezó regular, porque ellos no lo entendían muy bien, pero poco a poco han ido aprendiendo y, de esta forma, han podido comprar semillas, por ejemplo, tener una cosecha, comer... O en el ámbito formativo, con microcréditos por ejemplo para FP, para comprar máquinas de coser, donde las mujeres tienen una salida laboral muy buena.
—El balance de estos años de trabajo, Carmen, si se atiende a lo que cuenta usted, es positivo, halagüeño.
—El balance es positivo, sí: quisierámos, por ejemplo, que no hubiera abandono escolar, que lo hay; este año 205 niños han podido ir a la escuela con el dinero de la asociación y de los ayuntamientos que nos han ayudado (Torredonjimeno y Villatorres), pero seguramente un 10 por ciento habrá abandonado. Estamos encima de ellos para que eso no pase, que no se queden descolgados, pero es que la suya es una vida de subsistencia, a veces tienen que dejar de ir al colegio para poder buscar algo de comer.
—¿Solo 2 ayuntamientos de la provincia de Jaén les ayudan?
—Sí.
—¿Es que no han llamado ustedes a más puertas?
—Hemos llamado a otras puertas, sí, pero no todos los ayuntamientos tienen líneas de financiación para cooperación; esto viene de cuando el famoso 0,7%, algunos ayuntamientos lo han mantenido (el caso de Torredonjimeno y Villatorres), pero otros lo han ido dejando. Sabemos que hay ayuntamientos que trabajan en cooperación (como el de Jaén, que hace un esfuerzo muy grande colaborando con la coordinadora provincial a la que nosotros también pertenecemos), pero esos fondos se derivan a otros proyectos.
—¿Qué necesita su ONG, qué les vendría como agua de mayo?
—Gente con iniciativa, que se involucre, que saque adelante iniciativas con las que obtener dinero. Uno de nuestros principales retos es que Burundi no es país prioritario, ni para España ni para Andalucía, así que no podemos optar a subvenciones fuera de la Diputación Provincial de Jaén. Entonces, el dinero tenemos que sacarlo de otros sitios. El Sáhara o algunos países sudamericanos sí son países propietarios aquí, pero Burundi no. Incluso este año, ni siquiera la Universidad, que algunos años han venido con nosotros a trabajar allí.
—¿A qué se debe que en 2026 la UJA no colabore con ustedes? Vamos, si se puede saber...
—Este año están volcados solamente en los países prioritarios, con lo cual Burundi vuelve a quedar fuera para la Universidad.
—Pese a todo lo que queda por hacer, una mirada hacia atrás seguro que les procura cierta satisfacción, su cuota de emoción ante lo logrado.
—Es satisfactorio, pero como ves todo lo que queda por hacer, no te recreas en lo hecho, sino en el siguiente paso que vamos a dar, en los nuevos proyectos que puedan ayudarles. Ahora, por ejemplo, vamos a hacerles letrinas, allí no hay infraestructuras, con cantidad de infecciones. Les hemos hecho ciento y pico casas (antes vivían en la selva, en chozas que movían allí donde estaba la caza). Pero vuelvo a lo mismo, no te da tiempo a recrearte en la satisfacción.
—¿Cuántas veces la han llamado soñadora, Carmen?
—No, no, al contrario, me animan, creo que hemos tenido suerte como ONG, se nos ha entendido bien. Lo de 'soñadora' lo he oído más allí, en Burundi, que aquí. La tribu batua es tan marginal, que allí mismo nos han dicho que es un trabajo perdido, que no vamos a conseguir nada. Sin embargo, aquí lo cuentas y te animan, hemos conseguido muchos socios en los pueblos, cuando hacemos campañas de sensibilización, cuando mostramos nuestro trabajo.
—¿Cómo pueden acercarse a ustedes quienes, tras leer esta entrevista, sientan que quieren contribuir a la causa de 'Se puede hacer'?
—Estamos en las redes, como Se puede hacer, y tenemos la web de la ONG Se puede hacer. Ahí los vamos a atender, encantados.

VÍDEO Y FOTOGRAFÍAS: ESPERANZA CALZADO
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