
"Yo siempre me he considerado un perito ferretero"
La puerta no deja de sonar. Un vecino entra a por un simple tornillo; otra clienta se acerca solo para dar un abrazo. Entre estanterías repletas de herramientas y cajones que guardan décadas de oficio, Benito César García atiende con la misma cercanía de siempre. El próximo 23 de febrero, la histórica Ferretería El Llavín cerrará definitivamente sus puertas en La Carolina, poniendo fin a casi 130 años de historia y cuatro generaciones al frente. No es solo el cierre de un negocio: es el adiós a un pedazo de la memoria colectiva de la capital de las Nuevas Poblaciones.
—¿Cómo nace este negocio?
—Esto nace por el fundador, Francisco Ahufinger Simón, uno de los colonos centroeuropeos que se asentaron aquí. Estamos hablando de finales del siglo XIX, en 1896, por ahí anda la cosa. Montó una ferretería con otro socio y a principios de 1900 se separaron. Mi pariente se vino aquí y al otro ya le perdimos el hilo.
—Su familia procede de aquellos colonos de las Nuevas Poblaciones.
—Sí. Francisco Ahufinger no tuvo descendencia y "enganchó" a su sobrino, que era mi abuelo. Ahí empezó la continuidad familiar: mi abuelo, luego mi padre y después yo.

—¿Se ha criado aquí?
—Aquí vivían mis padres. Yo me he criado entre el piso de arriba y la ferretería abajo. De pequeño jugaba por medio de las estanterías, entre tornillos y cajas. Mi aprendizaje estaba aquí abajo. Le di el disgusto a mi madre porque quería que estudiara, pero decidí que mi futuro estaba aquí. Y la verdad es que he sido muy feliz durante mis años en la ferretería.
—¿Nunca pensó en dedicarse a otra cosa?
—No. Siempre lo tuve claro. En aquella época estaba de novio con la que hoy es mi mujer desde hace casi 40 años, Ascensión Delgado. Ella hizo Magisterio y me quería llevar a Jaén, pero yo decía: no, yo soy perito ferretero. Lo digo mucho y lo digo con orgullo. Me ha gustado y me gusta mucho esto.
—¿Cómo ha cambiado el negocio en estas décadas?
—Muchísimo. Cuando empecé con mi padre, Luis García, llegamos a tener hasta ocho empleados. Ahora solo queda uno. Internet, Amazon y todo eso nos ha afectado mucho. La sociedad cambia y los negocios también. Nosotros hemos sobrevivido, y ya es un triunfo.
—¿Cómo se siente uno siendo un comerciante tan querido?
—Un poquito abrumado. No sabía que me querían tanto. Somos una familia muy conocida y llevamos muchos años aquí. Vas por la calle y saludas a todo el pueblo. Hay quien se alegra por mi jubilación, pero también hay mucha gente a la que le sienta un poco mal. Están acostumbrados a venir casi a diario, aunque sea por un simple tornillo. Sé que a algunos les va a costar trabajo encontrar otro sitio.

—¿Buscó que alguien continuara el negocio?
—Solo dentro de la familia. Cuando me quedaba un año lo puse en el grupo de WhatsApp: "Si hay algún García que quiera ser ferretero, ahora es la oportunidad". Pero ninguno. Tengo dos hijos y no les gusta esto ni por asomo. Han elegido otros caminos y lo respeto. Ahora mismo tenemos un empleado que baraja montar algo por su cuenta. No será El Llavín ni estará en este local, pero puede ser una continuación del oficio, con otro apellido. Vamos a ver si le podemos echar una mano.
—¿Qué van a hacer con todo el material?
—Me lo pregunta mucha gente. Y yo les digo: búscame una solución… cómpramelo. Aquí hay mucho material, productos antiguos que ya no tienen salida y otros que sí. Me han llamado incluso de fuera para comprarlo todo sin venir a verlo. Y yo digo: ¿pero sabes la existencia que hay aquí?
No me quiero obsesionar con eso. Si no, le das muchas vueltas a la cabeza.
—¿Cómo afronta esta nueva etapa?
—Mi mujer está más contenta que yo. Este trabajo es muy esclavo. No hemos tenido vacaciones como tal; todo a base de puentes y fiestas. Ahora quiero dedicarme un poquito a mis nietas, que no las tengo aquí, las tengo fuera. Y viajar algo más, pasear, disfrutar de la familia.

Únete a nuestro boletín

