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"He tenido dos oficios: la abogacía, por devoción, y el olivar, que me enganchó"

"He tenido dos oficios: la abogacía, por devoción, y el olivar, que me enganchó"

Por Javier Cano - Noviembre 30, 2025
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Los balcones de la casa de Trinidad Torres Martínez (Jaén, 1946) no son aptos para frágiles de corazón, de tanta belleza como le pone Jaén ante los ojos a quien se asome a ellos.

Una sobrecogedora panorámica que continúa dentro, en su despacho, donde este ilustre abogado convive con un Cristo de Jacinto Higueras Fuentes, el escritorio de don Manuel Muñoz Garnica o ediciones bibliográficas que acumulan siglos. Un auténtico museo jaenés que no podría tener mejor guía. 

—¿Le pasa a usted como le ocurría a Hierro, el gran poeta, que si le llamaban José no se reconocía? ¿Si le llaman Trinidad, responde, o hay que llamarle Trino?

—En los sitios oficiales soy Trinidad (estamos muy pocos en Jaén, tres estamos y he conocido a siete u ocho en mi vida), pero en los sitios de amistad, entre amigos, soy Trino. Algunas veces me he aprovechado de eso, siempre le he echado humor a eso. 

—¿Cómo, de qué manera?

—Con la película Le llamaban Trinidad, entré gratis a verla cuando yo tenía veinte años, estaba estudiando cuarto o quinto de Derecho, en Madrid. Me aposté con los amigos que entrábamos gratis al cine y le dije al portero: "Mire usted, es que yo me llamo Trinidad Torres Martínez, aquí tiene mi carné de identidad; vengo aquí con unos amigos y soy pariente ¡muy lejano! de Terence Hill. 

—¿En qué quedo la cosa?

—El hombre me miró, no sabía si creerme o le estaba tomando el pelo, pero nos dijo: "Todos para adentro, a la última fila" [ríe]

—Jaenero de la calle Maestra: ¿cómo recuerda aquellos primeros años de su vida?

—En la calle Maestra, sí, pero apenas tengo conocimiento de eso porque teniendo tres o cuatro años se mudaron mis padres a la calle Hurtado, de ahí sí tengo recuerdos, de San Ildefonso, del barrio, de que jubaba a la pelota con los chiquillos en el callejón de María de Molina. Me gustaba irme a la calle Ancha, cuando pasaba Nuestro Padre Jesús, a oír las "Cucharillas, cucharones", y aquí en Jaén desarrollé ya toda mi adolescencia. 

—Su casa, su familia.

—Mi padre era perito mercantil y mi madre ama de casa, aunque mi padre de perito no tenía nada, y de mercantil menos, pero veía una oliva y decía: "¡Esa va a tener aceituna!". Tenían fincas mi padre y mi tío.

—¿Primeros estudios?

—En Maristas, con unos compañeros extraordinarios, y luego ya a estudiar Derecho en Madrid. Unos parientes de mi madre se empeñaron en que era mejor que estudiara la carrera allí, y fue magnífico para mí, tengo grandes vivencias en aquel colegio mayor de San Agustín en el que estuve, con compañeros de todas partes. En segundo año, con otro chico, me nombraron encargado de las actividades culturales y tuvimos el gusto de llevar, por ejemplo, a Julián Marías, a Zubiri, a Antonio Díaz-Cañabate, a Alfonso Sánchez (que sabía mucho de cine), a Federico Sopeña. ¡Ah, y para mí el máximo, Luis Rosales!

—El gran poeta granadino...

—Fuimos a verlo a su casa, éramos chaveas con veinte años, y nos dijo que sí, que iba, pero que de Federico [García Lorca] "no se puede hablar", era el año 66 y le dijimos que no había problema. Cuando llegamos al acto y lo presentamos, abrimos una tertulia y lo primero que le preguntaron fue: "¿Qué pasó con Federico García Lorca?". Yo decía para mí "¡tierra, trágame!". 

—Ya licenciado en Derecho, ¿no se le pasó por la cabeza ejercer en la villa y corte? ¿Tanto le tiraba su tierra?

—Claro que sí, es natural. Estaba preparando unas oposiciones, pero yo no era hombre de oposiciones, lo que me gustaba era la abogacía. Me rompí una pierna, me dijeron que descansara y me vine aquí, a Jaén, donde tuve la suerte de encontrarme con un ángel [su esposa, Mercedes Agudo de Villegas], en la misma puerta de San Ildefonso. Y también tuve la suerte de encontrarme con un gran profesional, Juan José Ortega Ortega, que tenía un despacho medio, en el que trabajaba muchísimo. Cuando hablo de él siempre recuerdo...

—Cuente, Trino, cuente.

—Me lo presentaron y me preguntó si quería ser abogado, me dijo que eso era muy difícil. Yo le dije que me apasionaba mucho, y me contestó: "Eso, en siete días lo vemos". Me baqueteó bien, y a mí me gustaba la marcha aquella. Al principio yo no tenía ni un asunto pero después, gracias a Dios, como las cerezas, va abriendo y llegas a tener muchos asuntos, a veces demasiados: llegó un momento en que ya no podía más. 

—Vamos, que empezó fuerte su carrera profesional. 

—Pasé de los juzgados de distrito y de los de paz a los de primera instancia, y de ahí a la audiencia, luego a la territorial (hoy el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía), e incluso tuve el alto honor de llegar al Supremo varias veces. Fui también asesor jurídico de la Cámara Agraria Provincial, cuando estaba en su apogeo: dos años después entró en barrena, pero a mí me sirvió mucho, porque me puso en un escaparate (que yo también supe aprovechar) y me vinieron muchos clientes.

—Auténtica vocación por el Derecho lo suyo, está claro. 

—Yo he tenido dos profesiones u oficios: una, por devoción, la abogacía, y otra el olivar; al principio porque heredé de mi padre y de mi madre y me tuve que hacer cargo de ello, pero al final el olivar te engancha, te va enganchando, y ahora sé de olivas tanto como el que las inventó [ríe] ¡Nunca sabe uno de olivas!

—¿Quizás el campo lo ató más a su patria chica, le hizo desechar la idea de ampliar horizontes profesionales?

—Indudablemente, pero nunca se me pasó por la cabeza tampoco trabajar fuera de Jaén, y más desde que encontré a mi ángel. Alguien dijo: "Conoce otros lugares, pero vive en Jaén".

—Padre de... 

—Cuatro hijos: dos abogados, otro que hizo estudios electrotécnicos pero que empezó a venirse conmigo al campo y terminó enganchado al campo; y otra chica, que es licenciada en Historia del Arte.

—Los toros, Trino: dicen que es usted un aficionado de postín.

—¡Oh, los toros, sí! Aquí, en el despacho, tengo el Cossío. Eso de los toros me viene de mi padre, que me llevaba muy chico, con cuatro o cinco años, a la antigua plaza de toros de Jaén, la vieja. 

—¡Habrá visto a grandes figuras...!

—A Antonio Bienvenida, ¡incluso llegué a ver a Pepe Luis Vázquez! Y a Luis Miguel, tengo varias anécdotas con él; Jaime Ostos, a Camino, a Diego Puerta, a El Cordobés..., ¡a todos los grandes! MI amigo Manolo Poves y yo teníamos el "récord" de haber visto más de cien corridas en la monumental de Las Ventas. 

—¿Sigue yendo a las plazas, mantiene intacta esa pasión y no falta al tendido?

—No, no, ya ha bajado mucho: las plazas de toros ya me imponen. 

—Vive más del recuerdo que de andar entre sol y moscas, entonces. 

—Sí, sí. 

—Entre esas evocaciones, el nombre de Diego Rojano brilla con luz propia, ¿verdad?

—Gran persona, gran persona, tengo de él un recuerdo magnífico. Él me introdujo en La Económica, fuimos juntos a muchos sitios, con su mujer y la mía. Tuvimos una gran amistad. Él era de Paula, yo de Curro y los dos, de Antonio [Ordóñez] Le presenté su último libro, en el Colegio de Arquitectos. Y desde las Cortes liberales de Cádiz hasta 1931, Diego Rojano lo sabía todo, ¡pero todo!

—Jaén, siempre Jaén. ¿Qué es Jaén para Trino Torres?

—Una ciudad pequeña que tiene sus problemas, a la que los políticos no han cuidado, pero que te tienes que quitar el sombrero cuando ves al Santo Rostro, la Catedral, las vistas del Castillo... Ya forma uno parte del propio Jaén.

—Ese Jaén que disfruta usted desde su balcón del Paseo de la Estación, con un panorama realmente impresionante. Desde ahí ve usted el Jaén de toda la vida y, también, el de ahora mismo. ¡Incluso el tranvía!

—Lo veo, sí, o lo veré. 

—Ya que para (o parará) prácticamente en su puerta, ¿lo usará, si se pone en marcha?

—Jaén no necesitaba tranvía, y si lo necesitaba era en otra posición; aquello me pareció un disparate pero bueno, ahí está. A Jaén le hace falta muchísimo más que eso, le hace falta que vengan doscientos mil ángeles y que soplen, para que la eleven. 

—Suena el clarín, hay que ir terminando: ¿volvería a hacer todo lo que ha hecho en su vida?

—Sí, sí, en lo personal y en lo profesional, sin duda. Me han echado muchos toros al corral pero sí, volvería a hacerlo todo. 

VÍDEO Y FOTOGRAFÍAS: ESPERANZA CALZADO

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