
"'Las flores bailan' es un estilo de vida, una forma de ver las cosas"
Mellillense de nacimiento pero más de Villargordo que la Cañaílla, Verónica Moreno Moral tiene en las flores una suerte de emblema vitalicio, de vínculo constante que la acompaña allá donde va, como un aroma inacabable. Florista de formación y de vocación, descubrió en el yoga un destino con el que, además de autoayudarse, hace la vida más serena a los demás a través de su activa asociación.
—¿Se puede contar por qué nació usted en Melilla, Verónica?
—Sí, claro: nací en Melilla, en 1986, porque mi padre era militar y nací allí, me tocó allí, ¡pero de familia de Villargordo de toda la vida!
—Se podía contar, efectivamente. ¿Conserva muchos recuerdos de la exótica Rusadir, o se fue antes de que la memoria le llegase al cerebro?
—En Melilla estuve hasta los cuatro años, cuando mis padres decidieron volver al pueblo. Los primeros recuerdos que tengo son de Villargordo, con los compañeros del cole y eso. De Melilla sé lo que me cuentan.
—Melilla primero, y luego Sevilla, en cuya provincia vive desde hace un tiempo. ¡No para usted, señora Moreno, no para!
—Sí, vivo en la provincia de Sevilla, en un pueblo que se llama Bollullos de la Mitación, en el Aljarafe.
—¿Qué la llevó allí?
—Mis estudios: en Bollullos de la Mitación había una escuela de arte floral, mis padres son floristas y yo lo he sido siempre, de vocación, y lo sigo siendo aunque ahora no me dedique a eso. Allí, en Bollullos, hice un grado superior de floristería, hace veinte años, técnico superior de artes plásticas y diseño floral, para jardines e interiores. Me fui allí a hacerlo y...
—Y se quedó.
—Conocí a mi esposo y...
—¡Ay el amor, que mueve el cielo y las estrellas (o eso escribió Dante)!
—Sí, él tenía allí su trabajo y al final priorizamos el dinero, su trabajo.
—El amor..., y que tenía usted los pies en la tierra. Por cierto, es usted madre de dos hijas, ¿bollulleras o villargordeñas?
—Tengo dos niñas, sí, bollulleras totales.
—Hablando de flores, dice que actualmente no ejerce como florista, ¿lo hizo alguna vez, ha vivido rodeada de aros, tijeras, púas, paniculatas...?
—Sí, claro, tuve un negocio en Bollullos, pero con la maternidad, cuando nació mi segunda hija, tuve que cerrarlo, no podía con las dos cosas y prioricé la maternidad.
—Una floristería no tiene, pero sí una asociación que hasta en el nombre ha conservado su amor a las flores.
—Sí, La Asociación de Yoga Las flores bailan.
—¿Qué es Las flores bailan, además de eso, de una asociación?
—Un estilo de vida, una forma de ver las cosas, realmente siempre lo ha sido así, desde que empecé hasta ahora.
—¿Por qué bautizó este colectivo con ese sonoro y perfumado título?
—Lo llevo conmigo desde que era pequeña, fue mi primer correo electrónico, es (como les digo a mis yoguis) como un mantra: ser feliz, estar bien, sonreír. Yo también estoy triste a veces, pero dices eso y te pones feliz.
—¿Y qué hacen esas flores? ¿De verdad bailan, como las de los versos que Pemán dedicó a la Faraona?
—Hacemos actividades relacionadas con el bienestar, no solo yoga; hacemos talleres, cosas creativas... Para mí es muy importante la creatividad para el bienestar de una persona; cuando estás apagado pintas, coses, haces algo con las manitas y se despiertan tus cosas buenas. Hacemos yoga fundamentalmente, pero también mezclamos.

—¿Con quién trabajan, quiénes son sus principales clientes o usuarios?
—Gente de todo tipo, de todas las edades; vamos a colegios, hacemos meditaciones guiadas, actividades con gente con párquinson, con esclerosis multiple, retiros... ¡Los hemos hecho también en Villargordo!
—Quien esté leyendo esta entrevista se preguntará cómo llega el yoga a su vida. Parecía usted destinada definitivamente a las flores, pero a las otras, a las de tallo y aroma.
—Es muy interesante, fue en Sevilla; siempre fui una chica un poco alocada, y bien llenita, gordita. Con la maternidad de mis hijas y todo el proceso de cerrar el negocio de las flores, estuve un poco apagada, y empecé a hacer yoga con mis dos bebés.
—¿Antes no había tenido ningún contacto con esta disciplina?
—Nunca, ni con el yoga ni con el deporte. Cada vez me fui sintiendo mejor, ¡y he perdido casi treinta kilos! De alguna forma cambié el arte floral por el yoga, la creatividad y el bienestar. Desde entonces hasta hoy he ido sumando, tengo 'millones' de formaciones, de movimiento, fuerza..., todo lo que está enfocado al cuerpo y la mente... Y más adentro.
—Un momento, Verónica, un momento, ¿pero es que el yoga adelgaza?
—Sí, es curioso.
—Pues parece una práctica muy tranquila, muy reposada, ¡de poco sudar, vamos!
—Yo he hecho temas de fuerza también, para adelgazar, pero el yoga, si está bien enfocado, hace que puedas bajar peso, porque al relajarse tu sistema nerviso se relajan también la ansiedad y otras muchas cosas, que hacen que se restablezca el equilibrio del cuerpo. Yo, de hecho, ahora es cuando mejor me encuentro.
—¿Acuden a sus talleres personas que buscan precisamente eso, dejar de enfadarse con la báscula?
—Bueno, específicamente para perder peso no, pero sí hay mucha gente que viene para nuestras clases de yoga y fortalecimiento, porque siempre intentamos combinar el yoga con una parte de funcionalidad para la vida. Si no, Buda, el yoga en la cueva..., no nos serviría en la actualidad.
—Hablando con usted da la sensación de que ha encontrado su camino.
—Creo que sí, además me han pasado cosas que me hacen creer que este es mi camino.
—Hablando de caminos... ¿Viene mucho a su pueblo? Es más, ¿sueña con volver un día, pero sin billete de regreso?
—Siempre tengo nostalgia, las raíces de una tiran; allí, en Bollullos, te sientes un poco desubicada (y eso que a veces, allí, me dicen que parezco la alcaldesa del pueblo, porque conozco a todo Bollullos), pero a mí me encanta mi pueblo, su gente, la vida tranquila del pueblo. ¡Le falta una chispilla de acción, eso sí!

—A lo mejor lo que le falta a su pueblo son flores, pero de las que bailan...
—Eso me dice la gente, que tengo que venirme al pueblo.
—¿Qué les responde, Verónica, qué les contesta?
—Que todavía no. Unos diez añillos, vamos a calcularle.
—Imagínese que vuelve: ¿se ve otra vez como florista, o ese oficio es ya, para usted, puro pasado, recuerdo familiar o un verso de Prévert?
—No lo descarto, me gustaría montar un espacio de yoga y creatividad donde uno pueda cultivar también (plantar las flores es vida, que puedas manipular plantas es algo meditativo, todo está muy enlazado).
—Alguien anda buscando su propio camino, no sabe dónde encontrarlo, se pregunta si el yoga y la meditación pueden ser un buen comienzo... ¿Qué le diría?
—Le diría que se venga tres o cuatro días con nosotros, y el primer día ya lo va a sentir, es algo muy guay.
VÍDEO Y FOTOGRAFÍAS: ESPERANZA CALZADO
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