'Adolescencia': sobreviviendo en el trávelin

La serie de Barantini nos hace sentirnos como los padres del protagonista, impotentes ante la vida fulgurante que les pasa por encima
Una secuencia. Eso es la vida. Una sucesión de acontecimientos que guardan entre sí cierto grado de relación. Sin cortes, todo acontece a tal velocidad que es imposible retener imágenes fijas y sin adulterar. Solo la memoria (des)ordena lo que, en esencia, es pura fluidez. Y también, esta es la radical identidad de la serie del momento, Adolescencia, apuesta arrolladora de Netflix, que en su torrente visual, desborda la pantalla de emoción, reflexión: de existencia palpitante.
Con una apariencia formal de thriller, la trama sigue a un adolescente que presuntamente ha asesinado a otra chica de edad similar. De familia normal (o normativa si prefieren), sin aparentes antecedentes violentos que justifiquen tal comportamiento, los interrogantes emergen para los personajes involucrados en la historia y los espectadores. Con un estudio pluridimensional, desde el entorno íntimo del muchacho hasta su instituto, y a través de varios personajes como policías o profesionales de la salud mental, una telaraña formada de detalles tan pequeños como sólidos descubre una realidad contemporánea y brutal. Una realidad que reside bajo la de nuestras generaciones pretéritas y cuyos rasgos comunicativos y lingüísticos no hemos podido asimilar. Masculinidades tóxicas, las redes sociales como nuevo espacio de exclusión o los nuevos referentes de la virilidad (pos)moderna: aquella que entiende que el estoicismo es estar musculado, confundir el vehículo con la mujer y monetizar cada aliento —especial referencia al delincuente Andrew Tate—. Todos estos elementos que ameritan un debate público —y privado— planteados con elegancia, sin afán discursivo. Tratando con respeto al espectador, en definitiva.
Para ello la serie cuenta con un reparto coral en estado de gracia. Es casi irrespetuoso dejar alguno detrás, pero permítanme pararme en Stephen Graham, también guionista del serial. Estando Owen Cooper (protagonista) o Erin Doherty (actriz que hace de psicóloga: ojo al mano a mano actoral con el citado Cooper en el tercer capítulo) sublimes, el actor británico de películas como El Irlandés o This is England desborda el ámbito de lo meramente interpretativo.
Pero lo que eleva el conjunto más allá de una notable serie, pertinente y necesaria a una obra de culto, es la dirección de Philip Barantini. El cineasta británico ya había demostrado su virtuosismo en películas como Boiling Point, donde todo ocurría en riguroso trávelin, misma técnica por la que ha optado en su nueva creación. Lejos del esteta hueco, del onanismo artístico, Barantini rueda todo en plano secuencia para que el contenido y el continente sean indisolubles. Al igual que dicho recurso, lleno de imprevistos, elementos incontrolables y ritmo vertiginoso, Adolescencia es pura presentización. Todo es orgánico y naturalista, que no perfecto. Asfixiante, con mil aristas y dolorosos ecos, la serie transcurre indómita e inexorable, sin concesiones.
Es incomprensible, al menos para el que firma esta crítica, por qué ciertos momentos que suponen el cénit del relato, están impregnados de música sensiblera, desnaturalizando en parte la visceralidad austera del conjunto. A pesar de ello, Adolescencia cala, no solo es muy buena, es también confrontativa. Nos obliga a repensar lo aprendido. Nos hace sentirnos como los padres del protagonista, impotentes ante la vida fulgurante que les pasa por encima. Esa vida que no solo está en las personas, sino en cada espacio que retrata la obra, desde la clase hasta la comisaría, pequeños microcosmos que respiran y laten con nosotros. Porque todos nos hemos sentido alguna vez indefensos, superados por las circunstancias, atrapados en el plano secuencia.
FICHA TÉCNICA
Título original:Adolescence
Año: 2025
Duración: 228 minutos
Director: Philip Barrantini
Nota en IMDB: 8,3
Nota en FilmAffinity: 7,7
Nota del crítico: 4,5/5
La serie está disponible en Netflix
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