El campillero que escapó del hambre y triunfó en Cataluña

Antonio Collado Cabrera dejó su pueblo cuando tenía poco más de dieciséis años y construyó una vida nueva en Tarrassa, pero presume de sus orígenes allá donde va
"Yo me acostaba por la noche y, como era el mayor, ya sabía lo que me iba a encontrar por la mañana: nada". Así, sin paños calientes, recuerda Antonio Collado Cabrera (Campillo de Arenas, 1946) su infancia y adolescencia en el pueblo jiennense que lo vio nacer, en una familia humilde no, lo siguiente.
"Mis padres eran muy buenos pero, por suerte o por desgracia, más bien por desgracia, hay pobres y pobrecillos. Nosotros éramos, de los pobrecillos, los más malos, los que peor estábamos", evoca.
Unos comienzos difíciles que lo llevaron a "hacer de todo" en el campo y, con solo trece o catorce años de edad, a pensar en poner en tierra de por medio en busca, primero, de un presente con pan y, después, de un futuro digno: "Me quise ir antes, pero en aquella época irse a Barcelona era como irse a la NASA", asegura.
Pero lo tenía en la cabeza, y en cuanto pudo se marchó. "En Tarrassa vivía mi tío José López Cabrera, que era muy conocido en Campillo de Arenas como el maestro de música; él tenía ocho hijos (bastante tenía con lo suyo), pero por lo menos podía dormir en su casa", cuenta Antonio.
No fue llegar y besar el santo, no, sino todo lo contrario: "Estaba recién pasada la riada famosa en la que murió mucha gente, y no había faena. Salía a buscar, pero no encontraba, y así todos los días sin comer de la mañana a la noche". El hambre, que según Miguel Hernández es "el primero de los conocimientos" y que se empecinó en la persona de Collado.
El campillero continúa: "Tenía este tío y otro que vendía fruta en un mercado; me pasaba por allí y un día me dijo que me iba a dar una alegría, que me había encontrado faena. Le besé veinte veces. ¡Vestido, comido y con un sueldo, eso era para mí la gloria! Cuando fui a decírselo a mi tío José y le conté lo que era, en una granja, me dijo que yo no iba a esa granja. ¡Si no morí en aquel momento...! Le tuve que hacer caso, porque paraba en su casa", recuerda.
No hay mal que por bien no venga y, a los pocos días, encontró "faena en una hilatura": "Ganaba ochocientas pesetas, según la semana y la materia. Con eso le daba a mi tía, donde vivía, trescientas pesetas, el resto lo mandaba a mis padres y desde entonces no se pasó hambre en mi casa", celebra, con emoción en su voz.
No en vano, en cuanto pudo tiró de sus padres y hermanos y los estableció en su nueva patria chica, a la que le está profundamente agradecido.
Hizo muchas más cosas, aparte de currar entre telas, pero aquel empleo terminaría convertido en una suerte de profecía, porque cuando le llegó la jubilación había pasado de ser ese jovencísimo jiennense hambriento que dejaba todo atrás para transformarse en todo un empresario textil, "con sesenta trabajadores".
Y no solo la estabilidad laboral, que también Tarrassa le regaló a su compañera de vida, Rosario Marín Gutiérrez, una bastetana emigrante como él, con la que ha tenido a sus dos hijos, tres nietos... "Llevamos ya sesenta y cinco años juntos", aplaude Antonio.
Con ella vuelve, cada año desde hace casi cincuenta, a Campillo de Arenas, por las fiestas, verano tras verano, y a pesar de la distancia y el tiempo se siente como Pedro por su casa en el municipio: "Me encanta mi pueblo, la gente me abraza con cariño cuando voy, y yo lo mismo a ellos, estoy muy orgulloso de ser de Campillo", sentencia, y apostilla: "A mi pueblo lo quiero yo igual que a Cataluña, adoro Cataluña y mi pueblo".
Un amor dividido entre la tierra que le dio acento y origen y el lugar donde halló sentido a la existencia de este aficionado a la música que en cuanto puede se arranca por Manolo Escobar, Antonio Molina, Julio Iglesias... Y, sobre todo, de un enamorado de su paisaje más entrañable: "Si la virgen de la cabeza me lo permite, seguiré yendo al pueblo", concluye.

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