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Emiliana Pérez Delgado, un monumento vivo en Villargordo

Por Javier Cano -
Compartir en X @JavierC91311858
Emiliana Pérez Delgado, un monumento vivo en Villargordo
La centenaria villargordeña, con su bisnieto, en plena fiesta. Foto cedida por Miguel Manuel García.

Positiva y lúcida donde las haya, la entrañable tendera del municipio acaba de celebrar su primer centenario rodeada de una familia volcada en su cuidado

"¿Estoy muy bien, muy bien, muy bien!". Tres veces, tres, lo recalca para los lectores de Lacontradejaén Emiliana Pérez Delgado (Villargordo, 1926). 

¡Sí, sí, 1926, no hay error en la fecha ni ha bailado ningún número! El mismo año que vino al mundo la reina Isabel II de Inglaterra y le decía adiós a la vida el mismísimo mago Houdini nacía esta venerable centenaria que, lúcida y enamorada de eso que García Márquez afirmó que es "lo mejor que se ha inventado": la vida. 

"Nunca pensé que iba a llegar a los cien años", asegura Emiliana con una voz que no ha perdido, pese al paso del tiempo, ese eco de vigor tan conocido entre las gentes de Villargordo, acostumbradas durante décadas a comprar en la tienda de ultramarinos que la protagonista de este reportaje atendió en "la carretera, un poco antes del Cruce" (con mayúscula, sí, porque el Cruce en Villargordo lo es por antonomasia), actualmente avenida dedicada al recordado doctor Sagaz Zubelzu, el creador del Neveral. 

Todo un siglo de existencia que sus ojos han visto y, ahora, con los límites de movilidad que le imponen los achaques de la edad, cruzan por su intacta memoria de privilegiada testigo de los cambios experimentados en las dos últimas centurias: ¡¡¡Buenooooooo, claro que Villargordo ha cambiado, mucho, y para mejor", exclama mientras evoca, también, a sus amigas y amigos de infancia y juventud, supervivientes ya solo en la retina de su corazón, en los territorios del recuerdo: "Ya no hay nadie más viejo que yo en el pueblo, pero yo me acuerdo mucho de todos ellos".

De todos ellos... y de mucho más: de sus padres, que tuvieron un bar, primero, en la Plaza de la Iglesia y luego, en el popular Paseo, hoy día Plaza de la Constitución; de su época escolar (aunque confiesa que lo suyo no eran los estudios); de sus estancias de soltera en el pueblo zaragozano de donde era originario su padre y, por suuesto, de su marido, Miguel, al que perdió hace veintiú años pero del que habla con el mejor de los sabores en su boca: "Me casé con un hombre muy bueno". 

Tres hijos ("dos varones y una hembra", apostilla) con los que reparte su presencia por meses; cuatro nietos y un bisnieto la llenan de cariño en este tramo de su aventura en la Tierra, una bella ancianidad que (dicen que dijo Pitágoras) suele ser la recompensa de una bella vida.

Tan preciosa como la fiesta que le organizó su familia, en la que hubo detalles tan simpáticos como esa banda de "feliz cumpleaños" que le cruzó del hombro a la cintura en una suerte de abrazo amplio por parte de quienes más la quieren: ¡toda una condecoración, vaya que sí!

Así es Emiliana, un auténtico monumento vivo de su pueblo, para cuyas gentes no tiene más que buenas palabras: "Son muy buenos todos", dice. Ah, y un mensaje a quienes, con muchos años menos que ella, van arrastrando los pies por la vida: "Vivir es muy hermoso", concluye. No podría haberlo dicho mejor. 

 La familia se reunió en torno a Emiliana para la celebración. Foto cedida por Miguel Manuel García.
La familia se reunió en torno a Emiliana para la celebración. Foto cedida por Miguel Manuel García.

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