MANUEL LÓPEZ PÉREZ: RETRATO DEL ÚLTIMO CRONISTA

En el décimo aniversario de la muerte del historiador, investigador y docente jaenero Lacontradejaén evoca la figura y el legado de quien firmó una ingente cantidad de libros y artículos que conforman una auténtica enciclopedia general del Santo Reino
El 29 de enero de 2016 Jaén perdía a uno de sus principales valedores: Manuel López Pérez. Nacido en la capital del Santo Reino casi setenta años antes, toda su aventura vital transcurrió entre carpetas y legajos, a pie de calle o escrutando esas postreras fe de vida que son las lápidas de los cementerios, con un principal objetivo: la divulgación de la historia (y la intrahistoria, ese concepto tan trascendental y unamuniano para cualquier cronista que se precie) de "las cosas de Jaén".
Una asignatura de la que fue, para varias generaciones, maestro y profesor (que no es lo mismo) insuperable para muchos, tanto en las aulas de los colegios por los que pasó como en el atril, sobre el papel o en formato audiovisual, que todos ellos manejó con solvencia.
En este décimo aniversario de su pérdida, esta ciudad, por ahora, no prevé homenaje alguno y ni siquiera le ha rendido en su callejero el homenaje institucional que (así se indica en el acta de la sesión plenaria del Ayuntamiento de Jaén del 26 de febrero de 2016) le fue concedido, esto es: la dedicación (y consecuente rotulación) de la calle San Antonio, en la que vivió durante décadas y hasta su marcha.
Anhelo ajeno del que, en vida, Manuel no quiso ni oír hablar, pero que adquirió tintes normativos a instancias de la Asociación de Amigos de San Antón, de la que formó parte, al igual que de los colectivos que se adhirieron a la petición (Santa Capilla de San Andrés y Asociación Provincial de Cronistas Oficiales). A día de hoy, ninguna inscripción refrenda el contenido de dicha acta.
Otras voces, más modernamente, solicitaron para él la dedicación de la glorieta de la Alcantarilla, escenario cotidiano de su itinerario escolar y punto estratégico de un Jaén pleno de encanto, a medio camino del parque de Rafael Ortega Sagrista (su maestro) y de la glorieta de la insigne folclorista doña Lola Torres.
Un Consistorio que lo ignoró también como candidato natural en un controvertido proceso de mediados de los años 70 y lo apeó de su designación como historiador oficial de la capital (incluso de la provincia, que conocía al dedillo). Lacontradejaén, sin embargo, evoca hoy a quien (para muchos) es considerado el último cronista de Jaén.

APROXIMACIÓN BIOGRÁFICA
En el libro 25, folio 270 del registro de bautismos de la iglesia de San Bartolomé (sede canónica de La Expiración, una de las devociones predilectas de López Pérez, de cuya cofradía fue hermano hasta su muerte) consta que vio la luz primera en el Jaén de su alma un 10 de diciembre de 1946, en el número 8 de la jaenerísima calle Tiradores, lo que lo convirtió durante unos meses en vecino de aquel fascinante paisano que fue don Manuel Ruiz Córdoba.
Al menos hasta septiembre del 47, cuando el cuerpo sin vida del popular Manolito Ruiz abandonaba aquel legendario caserón (que luego fue pensión en manos del místico hostelero Brígido Anguita), escoltado por la banda de música, los estandartes de todas las cofradías y la compaña ilustre, entre otros, del califa del toreo cordobés Machaquito, su gran amigo.
Primogénito de las dos criaturas alumbradas por el matrimonio formado por Manuel López Delgado (hijo de un malagueño de Casares y una cordobesa de Bujalance) y Teresa Pérez Cobo (más de Jaén que un cantón), el aludido documento parroquial revela también un dato inédito hasta la fecha, la gracia completa del cronista, a saber: Manuel Gregorio López Pérez.
Segundo nombre el suyo que, seguramente, le fue impuesto en tributo a la figura de su abuelo paterno, Gregorio López Ledesma, antaño teniente del batallón de Cazadores, quien (según narra, emocionadamente, el propio López Pérez en la Crónica Jocosa de los 'Amigos de San Antón' de 1984) participó "elocuentemente" en el homenaje brindado a Ruiz Córdoba en 1914 con motivo de la concesión, a su persona, de la Orden de Beneficencia.
Militar de profesión don Gregorio, sin embargo no siguió Manuel López Pérez la carrera de las armas más allá del servicio militar, que realizó (recuerda su hija María Amparo) entre Viator (Almería) y el viejo gobierno militar de la calle Ancha, aquí, en su patria chica.
No, la trayectoria profesional de don Manuel (que llegó a 'ejercer' entre los compañeros de cuartel) iba por otros derroteros, la suya era una clara vocación docente que terminaría dejando entre la mayoría de sus alumnos el mismo buen recuerdo que su padre, maestro también, dejó primero en la pedanía ubetense de El Donadío y posteriormente, en Los Villares.
Pueblo del que sí fue cronista oficial López Pérez desde 1994 y que habitó a las faldas villariegas de Jabalcuz en sus años de formación en el Magisterio.
"Cuando trasladaron a su padre a Los Villares, Juan, el hermano menor, se fue con la familia, pero Manuel se quedó con su abuela, en Jaén", en una casa de la calle Maestra en la que (en palabras otra vez de su hija) "la noche del Jueves Santo maldormía por el continuo ruido de las cucharillas del café de las cafeterías de la gente que esperaba la madrugá".
Esa abuela, Matilde Cobo, jugaría un papel esencial en la formación sentimental del protagonista de este reportaje: "Al principio tenía una casa en la calle Empedrada de San Ildefonso [actual Vicente Montuno], él jugaba en el barrio y su abuelo lo llevaba a todos los actos que había en San Ildefonso y en la Catedral; él vivió todo eso desde pequeño", aclara Amparo Arandia, viuda de Manuel López Pérez. Curiosamente, ese edificio acogería, años más tarde, la Academia Bibliográfica Mariana, que dirigió hasta 2015.

VOCACIÓN DOCENTE Y FAMILIA
"Lo de ser maestro era vocacional para él", confirma su esposa. De ahí que, desde que se sentó por vez primera frente a los estudiantes, derrochó ganas, afán enseñante. Lo hizo, en sus inicios, en la pedanía baezana de Las Escuelas, donde compatibilizó las clases con una beca para ordenar los libros de la Catedral de la ciudad machadiana.
Luego en Sotogordo (Mancha Real), de ahí a Martos y finalmente Linares, antes de recalar en la capital del Santo Reino. Un episodio precedido, en la Ciudad de las Minas, por otro acontecimiento trascendental en su existencia.
Y es que fue, precisamente, en tierras linarenses donde los caminos de Manuel López Pérez y María Amparo Arandia Llacer se cruzaron, confirmando nuevamente la querencia del cronista hacia la enseñanza; no en vano, la presencia en Linares de la esposa, compañera y madre de sus hijas no respondía a otro motivo que la profesión compartida.
Madrileña de cuna, las oposiciones la trajeron a Beas de Segura, de donde marchó al colegio La Zarzuela (hoy centro del profesorado), donde encontró mucho más que un lugar de trabajo. "Yo quería irme a Madrid, pero nos conocimos y ya sopesamos quedarnos en Andalucía, en Jaén". Para ellos se abrieron las puertas del entrañable colegio Martín Noguera (el popular Cuatrocaminos) en 1973, que cruzaron por última vez con motivo de sus jubilaciones.
Casados un año después en la madrileña iglesia de Estanislao de Kotka, fruto del matrimonio nacieron María Amparo, María Teresa y Laura López Arandia, además de los nietos (tres) que Manuel llegó a disfrutar antes de cerrar sus ojos para siempre.
"Como abuelo, ¡loco perdido con sus nietos! y con sus hijas también, pero el coche de mis hijas lo llevaba yo, y cuando nació mi nieta lo tenía que llevar él. ¡Fue un padrazo y un abuelazo!, sentencia su mujer, que aporta asimismo algunos detalles de la singular personalidad del historiador, en las distancias cortas:
"Era muy serio de carácter, no le gustaban las bromas, pero cuando se soltaba sí era simpático. Iba por la calle, veía a una persona y la saludaba, pero si volvía a ver a la misma persona otra vez por esa calle, bajaba la cabeza". Cosas de la prudencia, que dicen que Epicteto bautizó como el más excelso de todos los bienes.

UNA OBRA DE REFERENCIA
Seguro que si le hubiese dedicado a las artes plásticas el mismo tiempo que consagró a estudiar su tierra, habría llegado a gozar de nombre propio en el universo pictórico jaenés. Una de sus facetas menos conocidas, pero que practicó con cierta frecuencia y, según Amparo Arandia, con pasión: "Siempre lo he visto dibujar muy bien, eso le encantaba. No ha dejado muchos dibujos, que hacía para sus publicaciones, y además nunca ponía su firma, yo creo que por humildad, por prudencia". Las cosas de don Manuel.
El campo en el que sí es toda una referencia indiscutible es el de la historia y la investigación, casi siempre con la capital y la provincia como protagonistas pero dentro de un repertorio temático realmente impresionante, casi inabarcable.

Ahí están publicaciones suyas como Caserías de Jaén: arquitectura del olivar, con Luis Berges; Entre la guerra y la paz (Jaén 1908-1814), al alimón con Isidoro Lara Martín-Portugués; Jaén, calles con encanto, Las cartas a don Rafael, El viejo Jaén, Muñoz Garnica, polígrafo ubetense, Jaén en blanco y negro..., con los que sacia ampliamente la sed de conocimiento de cualquier lector hacia la historia (y otra vez la intrahistoria) sobre el Santo Reino.
A más de sus importantes libros cofrades, entre ellos la magna obra en torno a Nuestro Padre Jesús Nazareno (en colaboración con sus hijas María Amparo y María Teresa), cofradía de la que fue cronista; la Virgen Blanca, La Buena Muerte (en cuyos registros figuró como cofrade), El Santo Sepulcro, La Borriquilla... O los especiales con motivo de las asambleas marianas de la Virgen de la Capilla (cuya academia dirigió y de la que fue, también, hermano). Sin olvidar su labor coordinadora de la desaparecida revista Alto Guadalquivir, todo un clásico pasionista.
Una obra monumental que lejos de circunscribirse únicamente a la religiosidad popular y siguiendo la recomendación de don Miguel (¡Unamuno, claro), hace acreedora de eternidad la memoria de Manuel López Pérez, lo convierte en insustituible, lo hace inmerecedor de la muerte, por más que sus oscuros brazos lo envuelvan en un sencillo nicho del cementerio de San Fernando, ¡el 'Nuevo' de toda la vida!.
Allí comparte vecindad con su querido Rafael Ortega Sagrista, ninguno de ellos cronista oficial de Jaén, ambos ya en los altares de la historia y el costumbrismo.

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