Cerrar Buscador

CUATRO SIGLOS INSEPULTO, 25 AÑOS SEPULTADO

Por Javier Cano -
Compartir en X @JavierC91311858
CUATRO SIGLOS INSEPULTO, 25 AÑOS SEPULTADO
Sepultura definitiva del obispo insepulto. Foto: Catedral de Jaén.

El legendario obispo de Jaén Alonso Suárez de la Fuente del Sauce recibió tierra definitiva en el mes de mayo de 2001, en un sencillo y a la par solemne acto fúnebre que puso fin a una controversia centenaria entre la noble familia del prelado y el Cabildo de la Catedral

"yo alonso suárez de la fuente el sauce grave obispo insepulto de mondoñedo lugo y jaén desautorizo en fin a día de hoy ante el poder inmaculado que revela el silencio de tu silo el epitafio que se grabe sobre mi lápida segunda". 

Son versos del poema lapidario, con la firma del jiennense Juan Manuel Molina Damiani, que ni pintados para las páginas digitales de este sábado marcero, a cuatro días (como aquel que dice) de que se cumplan con exactitud de ceremonia vaticana los primeros veinticinco años de sepultura de don Alonso no tras una segunda lápida (como escribe el poeta), sino la tercera como mínimo, si se atiende a la de madera que indicaba su presencia en un mueble de la capilla mayor de la catedral.  

Aquel legendario prelado abulense que recaló en la diócesis del Santo Reino a comienzos del XVI y cuyos cuatro lustros con el báculo episcopal jaenés entre sus manos, dejó un recuerdo que permanece casi intacto quinientos inviernos después (que se dice pronto).

¿Cómo lo hizo? A golpe de obras y de méritos que lo situaron en puestos de relumbrón en su época, aunque ni las condecoraciones ni la cercanía con algunos de los personajes más influyentes en la historia de España le concedieron, en vida, tanta fama como le procuró la muerte, ese remedio de todos los males que (Molière lo escribió) no conviene invocar hasta última hora. 

Hoy, un cuarto de siglo después de recibir tierra definitiva tras más de cuatro centurias descansando de todo menos en paz, Lacontradejaén evoca la figura de quien pasó media eternidad en una cajonera hasta que sus momificados huesos hallaron el espacio cabal donde ejercer el sueño de los justos. 

 Retrato del obispo en la galería episcopal jiennense. Foto: Wikipedia.
Retrato del obispo en la galería episcopal jiennense. Foto: Wikipedia.

Inquisidor general, comisario de la Santa Cruzada y presidente del Consejo de Castilla, el recuerdo vivo de este mitrado le debe mucho a sus iniciativas edificatorias, por las que mereció el sobrenombre (o eso dicen) de obispo constructor. Todo lo contrario que el sujeto poético que Benjamín Prado impersonaliza en uno de sus poemas: "El que destruye un puente / construye un precipio", asegura líricamente el autor de Cobijo contra la tormenta

Al hilo del verso de Prado, un breve paseo por el repertorio patrimonial debido al afán de don Alonso muestra ejemplos tan significativos como el mismísimo puente del Obispo, que da nombre incluso a la pedanía baezana donde extiende sus pétreos brazos; la iglesia bailenense de la Encarnación, la portada de la cabecera de la basílica menor de San Ildefonso en Jaén, la Asunción de Villacarrillo o, ya en el templo mayor diocesano, la sillería del coro (donde aparece retratado) y la capilla mayor, su pretendido y, finalmente, consumado lecho.

Un hermoso testero este que su propio deseo destinó, en vida, para acogerlo una vez fallecido, en el que recibió sepultura en 1520 pero del que fue desterrado en 1635, en plenas obras catedralicias, para no volver a su tumba original hasta hace nada y menos. 

¿La razón de tan largo y peculiar paréntesis funerario? Una polémica entre partes, de esas que convierten los testamentos y las últimas voluntades en papel mojado. 

Sí, cuando se fueron los albañiles y el Cabildo descansó, al único que le tocó seguir inquieto (pura pleonasmo, teniendo en cuenta que llevaba más de un siglo sin vida) fue a Suárez de la Fuente. Que si debe ser enterrado en el coro, como los demás obispos (aludían los canónigos); que sí, pero que él había construido aquella primitiva capilla y tenía todo el derecho del mundo a continuar ocupándola (esgrimía la familia de don Alonso); que ya, pero... Al final, controversia al canto y a un rincón, sin suelo encima. 

Los parientes del finado (que en los siglos XVII y XVIII se convertirían en condes de Benalúa y duques de San Pedro de Galatino, respectivamente) dijeron que nanái de la China, que o su antepasado regresaba a su capilla o no recibía sepultura, por encima de sus cadáveres si hacía falta. 

 El cuerpo momificado de don Alonso Suárez de la Fuente. Foto: Archivo de Javier Cano.
El cuerpo momificado de don Alonso Suárez de la Fuente. Foto: Archivo de Javier Cano.

Los mandamases de la catedral tampoco cedieron, se estableció la norma de que los familiares entregaran una ofrenda anual de cera y, si esta era aceptada, don Alonso tendría nicho: pero aquello nació muerto, y ni en una sola ocasión aceptaron el por entonces preciadísimo fruto de las colmenas (que se lo digan al señor Grandet, el racanísimo personaje de Balzac). 

¿El resultado? Salvo traslados circunstanciales, más de cuatro siglos aguardando su propio hueco en el damero de piedra de Jabalcuz de la catedral y, desde el XIX, en el dudoso panteón de una soberbia cómoda que además de vestiduras litúrgicas, almacenó y guardó de la vista de las gentes morbosas la ilustre momia del obispo insepulto, acaso el más legitimado de los clérigos a la hora de llevar a gala (o a rastras) tan luctuso adjetivo. 

Mueble que, por cierto, incluía una leyenda alusiva al personaje, dignidad y cronología, una suerte de lignaria lauda sepulcral que, tras la inhumación definitiva de 2001, fue retirada y, actualmente, se conserva en las galerías altas del templo que pergeñó Andrés de Vandelvira, concretamente "en el depósito de documentos", asegura el deán, Francisco Juan Martínez Rojas, a este periódico. 

 En esta cajonera reposó durante cuatro siglos largos el obispo insepulto. Foto: Catedral de Jaén.
En esta cajonera reposó durante cuatro siglos largos el obispo insepulto. Foto: Catedral de Jaén.

La contemplación, sobrecogedora, de la mítica momia de don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce fue un privilegio reservado a visitantes insignes (o así considerados en sus respectivas épocas).

La realeza, jefes de Estado y consortes o fotógrafos tan recordados como el jaenero José Ortega, cuya fotografía en blanco y negro del cadáver dio la vuelta al mundo, con el báculo episcopal a su vera y las Odas de Horacio entre sus aracnodáctilos apéndices (los 'deos', que diría un castizo para restar peso a tamaña cursilada).

Y así fueron pasando décadas y décadas sin que nadie pusiera remedio a la cuestionable situación del prelado, cuyo nombre terminó entrando en el diccionario friki de las gentes aquerenciadas a lo sobrenatural. 

Prácticamente estrenado el nuevo milenio, en 2001 y un 13 de mayo por más señas, su sucesor en la silla diocesana, el ya fallecido Santiago García Aracil, impulsó el fin de esta sugestiva historia con la organización del entierro definitivo del titular de la sede eufrasiana en la capilla donde reposó en su día, que costeó en la antigua catedral gótica y que ahora puebla. 

En un ambiente solemne pero a la par entrañable, con las notas de la imponente Música para el funeral de la reina Mary, del gran Purcell, en los metales de la evocadora banda de La Buena Muerte, don Alonso fue sepultado.

Unos momentos que vivió de forma muy activa Leonardo Cruz Linde, a la sazón además empresario que recibió el encargo episcopal de construir la sepultura, procurar la lápida y el féretro. 

Hacía poco tiempo que se había desmontado aquella magna exposición con motivo del jubileo del nuevo milenio, en la que Cruz había colaborado activamente, de ahí que el obispo confiara en su firma constructora, Cimadevilla, para llevar a buen puerto el entierro: "La tumba se hizo con la mitad dentro de la capilla del Santo Rostro y la otra mitad, fuera; la lápida (de granito, modelo negro Sudáfrica, del taller de Luis del Moral 'Millones') con los textos que previamente me facilitaron, y el ataúd, muy pobre, simple, de madera de pino, muy austero".

El también ex hermano mayor de la cofradía con sede en la Catedral fue uno de los portadores de la caja en la que el cuerpo del obispo insepulto fue trasladado desde la sala capitular (donde aguardó en una suerte de velatorio) hasta la sepultura, junto con cofrades de La Buena Muerte, hermandad colaboradora en la histórica cita, que contó con la presencia, entre otros, de la familia de Suárez de la Fuente, los ya citados condes de Benalúa y duques de San Pedro de Galatino. 

Así terminó una de las curiosidades más atractivas de la capital del Santo Reino, hace ahora veinticinco años, los que lleva bajo la solería de la capilla mayor y el deambulatorio catedralicio el prelado constructor, el obispo insepulto. 

 Cofrades de la Buena Muerte trasladan el féretro del obispo hacia su sepultura definitiva, en 2001. Foto: Diócesis de Jaén.
Cofrades de la Buena Muerte trasladan el féretro del obispo hacia su sepultura definitiva, en 2001. Foto: Diócesis de Jaén.

He visto un error

Únete a nuestro boletín

COMENTARIOS


COMENTA CON FACEBOOK