LA SENDA, ESA MUSA AUSENTE

Desde hace alrededor de cuatro décadas, cuando empezó a desaparecer del todo, la capital del Santo Reino carece de uno de sus más espectaculares y evocadores paisajes, motivo constante de inspiración para pintores y poetas
¡Si sería hermosa, que el poeta Mendizábal (el autor de la letra del Canto a Jaén) escribió de ella palabras como estas!
"Románticos cipreses de silencio
y abanico oriental de las palmeras.
Los arcos de dos puentes
a los extremos, cierran
las casas que se inclinan al arroyo
sobre los valladares de sus huertas...
Al fondo se recortan las montañas
formando entre sus cumbres, polvaredas
de luz en el crepúsculo. Un castillo
legendario, sin gentes, sin almenas,
dibuja en los celajes las aristas
de sus torres cuadradas y bermejas
mientras la Catedral yergue sus cúpulas
con la oración de hierro de sus flechas".
O aquello que rubricó, en las páginas de Don Lope de Sosa, J. Gutiérrez Fernández, en lírica prosa [sic]:
"La Senda de los Huertos, en la parte que forma el jardín de don Salvador Rubio, tiene una especie de subterráneo, que es sin duda un oratorio muzárabe. Y luego sus balconajes colgados; los miradores; las escalonadas parcelas; las trepadoras plantas que tapizan las paredes; las indolentes palmeras que alzan sus abanicos verdes y zozobrosos, dan un aspecto tal de moruna pujanza, de colorismo musulmán, que si no influyó, no hay más remedio que recordar la magestuosa melancolía de la Alhambra granadina y el canto arrullador de las aguas del Darro sobre las que cayó el llanto de Boabdil".
Es (o fue, mejor dicho) la senda de los Huertos: esa musa ausente que entre los puentes de Santa Ana y la Alcantarilla sirvió, durante siglos, de urbano pulmón y bucólico paréntesis a la cotidianidad de las gentes de Jaén y de la que, aparte del rótulo que mantiene intacto su nombre, no queda más que recuerdo, evocación, nostalgia... Y unos mínimos restos entre el Camarín y los bloques de pisos, como muestra la foto que encabeza este trabajo.
Más o menos cuatro décadas después de que se hundiese bajo el asfalto de la avenida que lame, de una acera a otra, las tapias del Seminario y la memoria de aquellos huertos que la bautizaron, Lacontradejaén rememora aquel espectacular paisaje al que se asomaron miradas de aquí y de allá, insignes y anónimas, y que sirvió de inspiración a un buen número de artistas.

Poco queda que aportar a la historia de este espacio singularísimo del Jaén de siempre que no se haya dicho o escrito ya, desde su más poética inspiración hasta las descripciones que grandes de lo jaenero como Cazabán, el cazorleño José de la Vega, el cronista Moreno Bravo, Ortega Sagrista o López Pérez (entre otros) han dejado negro sobre blanco.
Sin obviar la maravillosa pinacoteca que podría exponerse, de manera continua, con el también llamado barranco de los Escuderos como protagonista indiscutible; dibujos, óleos o acuarelas con la firma de Cerezo Moreno, Serrano Cuesta, Rufino Martos, Enrique Cañada, Cortés Bailén...
De puente a puente, comenzaba en la actual glorieta de doña Lola Torres (a la vera del raudal de Santa María) y expiraba en aquel entrañable mirador alcantarillero a día de hoy inimaginable, pero donde se cuenta que se dejó la vida un caballero veinticuatro y la chiquillería apedreó ratas (o cualquier cosa que se moviera por sus bajuras) hasta bien entrados los años 80 del pasado siglo XX.
Como expresa (líneas arriba) J. Gutiérrez, se decía que por allí hubo un oratorio mozárabe, lugar de oración y paz que tendría sucesión en el convento carmelitano de San José (el Camarín), erigido en 1588 y del que, felizmente, sigue en pie su iglesia, la casa de El Abuelo, en cuya salvación definitiva tanto tuvieron que ver el pintor Cerezo (primero), el propio López Pérez, Diego Jerez, José Ureña Castro...
Una suerte de jardines colgantes babilónicos jaenizados, plenos de locales exuberancias labradas por los amplios y feraces espacios hortelanos de las casonas que allí desembocaban, entre ellas el propio convento (más tarde palacio del conde de Humanes, desde donde Isabel II disfrutó de la cohetería, a mediados del XIX, y el mismísimo García Lorca se quedó con la boca abierta poco antes del nacimiento de su Generación).
O doña Lola Torres, cuyas domésticas salas del Cañuelo de Jesús recibían la exhalación constante de la Senda, lo mismo que la logia del antañón cuartelillo del Pilar de la Imprenta, en el caserón donde nació Francisco Coello, por mucho que una placa equivoque al personal situándole la luz primera en la calle que lleva su nombre.
Paseo dieciochesco de la mano del deán Mazas, en la centuria posterior aquel ecosistema apto para la contemplación y el disfrute supo también del zambombazo de los cañones, que las tropas napoleónicas (antes) y los belicosos contra el absolutismo le colocaron para empezar a estropearla de la peor de las maneras.
Eso..., y los tormentones de Jaén, que en plena Desamortización se unieron a las circunstancias para, a fuerza de riadas, esquilmar el paraje.
Un inmenso jardín (que daría nombre al recordado cine setentero) como el que José Luis Armenteros y Pablo Herrero hicieron canción para la voz malograda de Nino Bravo, muerto tres años antes de que la piqueta hiciera de las suyas con el acueducto del Carmen, discutiblemente romano pero, eso sí, más de aquí que un poyete.
Dieciséis arcos por los que las aguas del célebre raudal con nombre de carabela avanzaban camino de plumas, fuentes y grifos y que aunque dicen que cayó del todo en 1976, la verdad es que muchos y muchas que empezaron a tener memoria a comienzos de los 80 todavía recuerdan, amputado pero superviviente, hito inexcusable para quienes, las tardes ochenteras de domingo, saltaban las tapias del Seminario para dar lo mejor de sí mismos (futbolísticamente hablando, estos días de Mundial ganado) en el frontón de los curas.

¡Y la poceta...! "Me gusta escuchar el agua / que viene de la poceta, / teñida de ropa blanca...". En palabras del maestro pintor Miguel Viribay, "lugar de memoria e historia nunca bien contada". ¡La de manos de mujer que pagaron en aquel lavadero público la inacabable tasa de sus labores, el tributo de su sexo!
Hablando de memoria e historia, o sea, de memoria histórica... En la acera derecha (si se mira desde la palmera), hay quien asegura que se halla un refugio de la Guerra Civil.
Luego, la escalonada belleza del paraíso jaenés que fue la Senda, sus aromáticos bancales aferrados al sillarejo trasero de unos patios a los que el cambio climático les hubiera sonado a chino mandarín.
¡Cuánta belleza interrumpida yace bajo el asfalto de la actual avenida de los Escuderos, y cuánta resiste, hecha horizonte, a cada lado de este antiguo paraíso!
Paraíso..., sí, pero como tantas cosas de aquí, amadas y al olvido, con unos últimos años en los que el perfume a campo era ya otra cosa, que echaba para atrás de tanta dejadez, abandonado y triste como el del poema de Rubén Darío.
Aguantó hasta los primeros años 80, cuando aún era posible para los adolescentes del 'Martín Noguera' (el Divino Maestro todavía educaba a criaturas con nostalgia de chupete) cambiar la señorial monotonía de la calle Llana por los agrestes vestigios de aquella Senda llena de sorpresas, como el idioma para Benedetti, y con la que poetas y pintores habían hecho maravillas.
Allí se iban a fumar los rebeldes sin causa de Cuatrocaminos, cuando ser menor, estudiante y llevarse un cigarro a la boca suponían bronca y expulsión, en unos años en los que, en clase, triunfaba un libro escolar al que los zagales pensaban que le daba título, precisamente, la Senda...
Una sencilla, modestísima evocación de aquel precioso camino que, como el que citó Kierkegaard, avanza soportando el fracaso; machadiano sendero que nunca se ha de volver a pisar más que con las suelas del corazón.

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