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"Muchas veces he llorado en la trastienda al no vender unos zapatos"

"Muchas veces he llorado en la trastienda al no vender unos zapatos"

Por Javier Cano - | Actualizado:
Compartir en X @JavierC91311858

A Rosario Muñoz Rodríguez (Jaén, 1969) le pasa como a los secundarios de las novelas de Galdós: que son imprescindibles en sus paisajes. Y es que lleva más de cuatro décadas despachando calzado en esa plazoleta cervantina que ya es, para ella, como el patio de su casa. Sincera, cercana y todo un nombre propio en su sector, sus respuestas le vienen a este Zoom como a la horma de su zapato. 

—Llegar a la Plaza de la Audiencia y verla a usted por la zona es inevitable, como no toparse con la bailarina de Marcelo Góngora. Rosario, ¡forma parte del paisaje cotidiano del barrio! ¿Su barrio, por cierto? 

—Yo nací en la calle Parrilla y de ahí nos fuimos a la Merced, en Capitán Aranda Alta, al lado de la iglesia y de lo que es hoy en día Urbanismo.  

—Y por aquí sigue, por el Jaén de arriba.

—De ahí nos bajamos a vivir a la Plaza de Cervantes. Me casé y como no encontrábamos piso por aquí, me bajé al Paseo de la Estación, número 60. Allí estuve tres años, nada más. 

—Echaba de menos esto...

—Sí, y me vine a la calle Maestra. 

—Es usted uno de los rostros visibles de Calzados América: ¿quiso ser otra cosa antes que vender zapatos, o está en el mostrador por decisión propia?

—Mis padres pudieron darnos carrera tanto a mí como a mis hermanos, pero desde que era pequeña me gustaban mucho los números, llegaba al bar de mi padre, el Bar Estévez [en la calle Merced Alta], y le enseñaba lo que había aprendido: la regla de tres. Y él la hacía también, pero "a la cuenta la vieja". Y quería estar con mi padre trabajando.

—¿Llegó a trabajar también en ese bar?

—Mi padre no quería un bar para sus dos hijas, compró el local de enfrente de esta tienda [en la Plaza de Cervantes] y pensó montar una pastelería, porque no había ninguna alrededor, y como él había tenido el bar pensó en una cosa más fina, para sus hijas. Pero el zapatero vuelve a sus zapatos, y su profesión era esta, le venía de su tío, Estévez, que fue quien lo enseñó a él. Se lió la manta a la cabeza y nos dijo: "A ver por dónde sale esto, si queréis las dos, trabajáis". Le dijimos que sí, y empezamos en junio del 82. La gente decía que estábamos locos. 

—¿Y eso?

—El mercado estaba cerrado por obras y, a la nada, empezaban las rebajas. Decían que no íbamos a levantar cabeza, con dos chiquillas tan jóvenes (yo tenía trece años). Y mira...

—Un mundo, este de los zapatos, que Rosario no conocía en absoluto, ¿no?

—Nada, nada, a mí me ha costado meterme muchas veces en la trastienda y llorar, sacarle a un cliente quince o veinte pares de zapatos e irse sin comprar. Y mi padre diciéndome: "Métete en la trastienda, te desahogas y después le vuelves a sacar zapatos, aunque sean los mismos, pero que no salga de la tienda sin bolsa.

—Vamos, que aprendió el oficio ejerciéndolo. 

—Sí, con mi padre, que es quien me ha enseñado. 

—Muchos años ya aquí: ¿alguna vez (y sea sincera, por favor) ha pensado que a lo mejor debería de haber tirado por otro camino?

—No, me gusta mucho, lo tengo claro, clarísimo; además es que me tiro dos días en mi casa y no valgo para estar encerrada. Me lo pide el cuerpo. 

—Para que le ocurra eso tiene que gustarle el trato con la gente, con la clientela...

—Sí: ya, con tantísimos años aquí, entra el cliente y ya sabes lo que busca. 

—Un negocio este muy familiar, por cierto.

—Sí, mi hermana Manoli y yo, los maridos y mi sobrino, el hijo de mi hermana, a quien le hemos dejado la tienda de la Avenida de Madrid, que la abrimos en el 95: es ya la tercera generación. 

—La dinastía zapatera continúa, entonces. 

—Sí, sí, pero mis dos hijos no. Una está en Ávila y el otro, en China. 

—Vocación, don de gentes... Todo eso está muy bien, Rosario, pero el trato con el cliente, día tras día después de tantos años, también tendrá sus malos momentos. 

—Claro que los tiene. Es que hay clientes y clientes, unos a los que da gloria bendita despacharlos y otros que los ves entrar y te echas a temblar.

—¿Los años tras el mostrador dan paciencia para esos casos difíciles, o todo lo contrario?

—Paciencia dan, sí.

—Una curiosidad: cuando va por la calle y se cruza con alguien...

—Lo primero en lo que me fijo son los zapatos. 

—No me ha dejado usted ni terminar, lo tiene claro no, lo siguiente. ¡No me diga que incluso es capaz de adivinar si la persona en cuestión ha pasado por su tienda o gasta tacones de otro comercio! 

—Claro que sí. Yo voy a una boda y si alguien me habla "de la del vestido rojo", le digo: "¿Qué vestido rojo?, ¿la que lleva los zapatos colorados?".

—Resumiendo: que está encantada de vivir y trabajar en su zona de toda la vida y que le encanta lo que hace. ¿Hasta aquí, hasta el Jaén alto, le llegan a su tienda los efectos de los que tantos comerciantes se quejan, con la apertura de grandes superficies comerciales?

—Eso se ha notado una barbaridad, sí.

—¿Esos altibajos han influido en usted a la hora de no animar a sus hijos para que sigan la tradición familiar, o es que directamente ellos no estaban por la labor?

—Sí; a la mayor, Nerea, siempre le ha encantado estudiar, se sacó el Grado en Derecho y de Criminología con matrícula de honor en las dos carreras; estuvo tres años trabajando en un bufete en Madrid, pero ella quería otra cosa y se ha presentado ahora a la Policía Nacional. Y el otro, Javier, su baile y Diseño de Moda, que está haciendo en Madrid, alternando todo eso con sus giras. 

—Habla de sus hijos con pasión, pero durante toda esta entrevista le puebla la palabra la figura paterna. Le está muy agradecida a su padre, ¿verdad?

—Sí, sí. Fíjate que de esa primera tienda de la Plaza Cervantes salió la de la calle Álamos, luego la de la Avenida de Madrid, después abrimos esta de la Audiencia nosotros... Agradecidos y luchando. 

—¿Piensan seguir expandiéndose?

—No, no. El que mucho abarca, poco aprieta. 

—¿Siente, Chari (perdone el diminutivo, pero es que todo el mundo la llama así), que le deben mucho a Jaén, a la gente de Jaén?

—Jaén es mi tierra, la adoro, me encanta. Y un mensaje: que todos los jiennenses se acuerden del pequeño comercio, del trato familiar que tenemos con ellos, de esos favores que les hacemos, de que siempre estamos aquí para ellos. Y para lo que necesiten, Calzados América es un negocio familiar que los va a tratar con mucho cariño. Nuestros clientes, después de tantos años, son amigos ya. 

VÍDEO Y FOTOGRAFÍAS: ESPERANZA CALZADO

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