
"La gente ve en la iglesia de San Andrés un halo de misterio"
Emilio Ortega Barranco (Martos, 1951) es el rostro visible de una entidad desconocida para muchos: la Santa Capilla y Noble Cofradía de la Limpia y Pura Concepción de Nuestra Señora. Miembro de tan ensolerada hermandad y encargado de guiar a los visitantes por esta hermosa iglesia jiennense y las dependencias de la antiquísima corporación, su biografía es la de un docente vocacional enamorado de sus dos patrias chicas, la natal y la de adopción.
En el (perdón por el tópico) marco incomparable que guarda la soberbia reja del maestro Bartolomé y rodeados del sepulcral silencio de las horas previas a la apertura del templo, entrevistado y entrevistador repasan la historia cofrade de San Andrés y la aventura vital del a día de hoy secretario de esta singular institución.
—¿Qué hace un marteño confeso enseñando una iglesia de la capital a la gente? ¿Cómo vino usted a parar aquí, a las entrañas del casco histórico jaenero?
—Por mi profesión (soy maestro, ya jubilado) vine a parar aquí a Jaén; con la friolera de diesiete años de edad me dieron mi primer destino, el actual colegio Almadén, cuando se llamaba Aneja masculina. Nos asentamos aquí, mis padres se vinieron de Martos ya que mi hermana, también maestra, estaba en la otra Aneja. En años posteriores conocí a mi actual mujer, que fue la que, en principio, me fue metiendo en asistir a los cultos de la Santa Capilla.
—Es curioso que llegase usted a la institución de la mano de su mujer, si se tiene en cuenta que hasta hace muy poco tiempo no se ha permitido la entrada de señoras en la nómina de cofrades...
—Es que por ese entonces mi suegro, Fernando Cabezudo Sánchez, era el secretario; una vez que nos casamos, él me insinuó si quería pertenecer a la Santa Capilla, le dije que sí, presenté mi correspondiente solicitud y me admitieron. Juré como cofrade el 13 de junio de 1982.

—Y de ahí, de acceder como cofrade raso, a convertirse en secretario y guía 'oficial'...
—Lo de explicar fue porque, a raíz de nuestro quinto centenario, se programaron muchas actividades; yo propuse una, que era la de abrir a la sociedad jiennense la Santa Capilla, y claro, al que lo dice le toca, y eso me pasó a mí. Para la ocasión invité a toda la sociedad jiennense, desde las escuelas de Infantil hasta la Universidad, asociaciones de vecinos, parroquias..., y empecé (hacia el año 2009) haciendo pequeñas visitas junto con mi inolvidable y querido Ernesto Medina Cruz, Víctor García y alguno que otro.
—A sus oídos habrá llegado ese runrún, ese comentario antiguo que relaciona esta institución con el misterio, con lo secreto, con lo oculto, ¿o esos rumores no traspasan estos gruesos muros?
—No hay nada de eso, la gente tiene esa idea porque esto, al no ser parroquia, lógicamente está cerrado. Hay que tener en cuenta que cuando San Andrés desapareció como parroquia, hubo un convenio con el Obispado y se le cedió a la Santa Capilla el culto, pero también el mantenimiento de la institución. Al no tener la celebración de sacramentos, el templo se ha quedado en las misas dominicales, festivos y ya está. Bueno, hay un sacramento que sí se celebra aquí mucho...
—¿Bautizos, comuniones, entierros?
—Bodas.
—Se casa mucha gente aquí, quiere decir.
—Sí, el expediente lo hacen en San Juan, que sí es parroquia, y el párroco autoriza que se vengan a casarse aquí. Ese hecho de estar la iglesia cerrada, de no conocerse mucho, es lo que ha hecho que la gente vea en San Andrés un halo de misterio, de que si somos masones (se agarran a las tenazas y las escaleras que hay en el cuadro del Cristo del Remedio, pero yo les explico que eso son elementos de la Pasión de Cristo).
—Los orígenes judíos de este sagrado inmueble también es tema recurrente. ¿Qué puede decir al respecto la persona que seguramente se conoce al dedillo cada palmo de la iglesia y de la Santa Capilla?
—En un par de ocasiones, estando yo ya en la junta de gobierno, se ha accedido a los bajos y no hay nada que lo secunde. María Amparo López Arandia y su padre, Manuel López Pérez, llegaron a situar la sinagoga desde el campillejo del Rostro, más o menos donde está el monumento a Ben Shaprut, hasta Santa Clara. Y claro, viene la gente buscando a ver qué encuentran, qué pueden decir. Pero aquí, todo está bajo el culto de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora.

—Lacontradejaén también tiene de algo de buscadora, de perseguidora de hallazgos, y una vez contrastada su vinculación y sus inacabables conocimientos de la corporación que fundó Gutierre González Doncel en el siglo XVI toca avanzar, situarse en el XX y conocer su propia biografía, Emilio. Esto de explicar al personal seguro que le retrotrae a sus años en activo como maestro, a su auténtica vocación.
—Posiblemente sí; me ha gustado mucho la docencia y he procurado siempre que mis clases fueran amenas, alegres, jugar con los niños (de hecho me he roto un pie más de una vez jugando).
—Eso es que se ha tomado demasiado en serio lo de jugar. Y lo de enseñar.
—Empecé con diecisiete años, he estado cuarenta y tres en la enseñanza, siempre en contacto con los niños, explicándoles. Y otros treinta y cuatro años a cargo de toda la catequesis de la parroquia de San Juan de la Cruz, como coordinador: escuela por la mañana y catequesis por la mañana. La docencia me ha encantado, creo que jamás me habrá visto un compañero protestar, decir que estoy harto de niños o con ganas de que lleguen las vacaciones.
—¿Ha sido una vocación heredada, quizá de sus padres?
—No, no, es una vocación propia. Tanto a mi hermana como a mí, nuestros padres lo único que podían aspirar en aquella época era a mandarnos aquí desde Martos, a estudiar.
—¿A qué se dedicaban sus padres, qué sostenía el hogar de los Ortega Barranco?
—Tuvieron pescadería y luego un bar, justo en la casa de más arriba del Ayuntamiento de Martos.
—¡Pero usted no habrá tirado una caña en su vida!
—Sí, sí. Una anécdota de mi vida: el primer año que trabajé como maestro, la cena de final de curso me la perdí porque me fui a ahorrarle a mi padre un sueldo a Martos, cuando se celebraba la feria de junio. Se ponían muchísimas mesas, con muchos camareros, y decidí ahorrarle un sueldo.
—Se perdió una juerga importante por arrimar el hombro...
—A las dos o las tres de la mañana, mis compañeros fueron a hacerme una visita. Los atendí.
—Quizá el mundo ganó un buen maestro pero perdió un prometedor hostelero.
—No, no me tiraba, no era mi vocación. Cuando mis padres nos plantearon lo que se podía hacer entonces (peritos, Enfermería o Magisterio), sin dudarlo tiré para el Magisterio. Me encantaba, me ha gustado la educación mucho. De hecho, y no es por presumir, los dieciocho últimos años de mi vida profesional estuve en dos secretarías de dos colegios, incluso antes de que eso funcionara oficialmente y te dieran complementos. Y en Jabalquinto, un año de jefe de Estudios.
—Está claro, le gusta la enseñanza.
—¡Si me gusta la enseñanza, que estuve doce años (aquí, en Jaén) en comisión de servicios, en el aula ocupacional compensatoria, con alumnos de catorce o quince años que no iban a llegar a octavo curso, por problemas socioambientales o de familia (no intelectuales) iban allí.

—Vamos, que si volviera a nacer no lo dudaría: maestro.
—Sí: mi vida en Martos siempre apoyado y muy querido por mis padres, mi familia y mis amigos. Allí sigo teniendo muchísimos amigos, con los que estoy en contacto aunque no voy todo lo que quisiera, por mis problemillas de salud.
—Después de tantos años, sigue teniendo el corazón dividido entre Martos, su cuna, y Jaén, su tierra adoptiva.
—Tengo grandes amigos allí, y también aquí, seguramente por mi carácter abierto, por mi buen humor.
VÍDEO Y FOTOGRAFÍAS: ESPERANZA CALZADO
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