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"Me gusta mucho mi negocio, atender al público, estar con él"

"Me gusta mucho mi negocio, atender al público, estar con él"

Por Javier Cano -
Compartir en X @JavierC91311858

Nació en Santa Isabel, y después de seis décadas apenas se ha movido unos metros del barrio en el que vio la luz primera. Se llama José de la Chica Montoro (Jaén, 1963), lleva cuarenta años en el sector de la venta y el diseño de muebles de cocina (la mitad de ellos, por su cuenta) y nada más ver el escaparate de su establecimiento de la Avenida de Arjona, queda claro que es más de Jaén que un cantón. 

—¿Por qué se dedica a lo que se dedica, José? ¿Quién lo metió en este mundo del comercio, del mueble?

—Mi abuelo era carpintero, pero yo no trabajé con él, aunque siempre he estado relacionado con la carpintería, desde chico. 

—¿Dónde empezó, en qué talleres se curtió?

—Yo empecé de tapicero en Tapisur, muy joven, con quince o dieciséis años: ahí estuve ocho o diez años, y de ahí, después de algunas conversaciones con amigos y algún familiar, di el salto a los muebles de cocina. 

—Un salto que le guardaba otros saltos, porque de trabajar con el lápiz de carpintero en la oreja a diseñar por ordenador va un trecho...

—Eso ha cambiado mucho, sí; antes cogías el lápiz y diseñabas a mano alzada, pero desde que está el ordenador haces el diseño en pantalla. 

—¿Le costó adaptarse a las nuevas tecnologías?

—Nada, nada, eso ha sido un día, tarde, noche y a base de hacerlo, aprendí. 

—¿Le daba vértigo, al principio, el cambio en la manera de trabajar o lo aceptó con naturalidad?

—¡Si es que tenía que aprender!, no me quedó otro remedio. 

—¿Y el negocio? ¿Ha variado mucho en estos años, o el suyo es un negocio tradicional que apuesta por los mismos materiales, por ejemplo, que cuando usted empezó?

—¡Claro que ha cambiado! Antes se vendían cocinas todas de madera, no existía la formica y si existía se vendía muy poco, y ahora el 99% son de formica o laca, la madera no se vende nada. La gente busca limpieza, puerta lisa, lo más práctico posible. 

—¿Y usted, José? ¿Ha cambiado y alguna vez se ha arrepentido de no haberse dedicado a otra cosa?

—¿Yo? No, no, no, estoy contentísimo, y cada vez más.

—¿Cada vez más? ¿Por qué lo dice?

—Porque trabajo para mí, que no es lo mismo que cuando tienes socios o trabajas a sueldo. Si tengo que echar diez o doce horas, son para mí, y si tengo que trabajar un sábado, trabajo un sábado, porque es para mí. Ser autónomo me gusta.  

—Es usted una voz discordante entre los autónomos, si se atiende a sus reivindicaciones, a sus quejas. 

—Sí, pero es que a mí me gusta mucho mi negocio, atender al público y estar con él, que uno es de una manera y otro de otra pero te los llevas a tu terreno... ¡A mí me gusta mucho!

—O sea, que a su tienda de la Avenida de Arjona viene gente pensando poner una cocina de color blanco y, después de hablar con usted, se van encantados con una cocina de color negro.

—Sí, sí, sí, totalmente, lo he mamado esto de chiquitillo: de tapicero me pasaba lo mismo, entraban familias que no lo tenían claro y yo me las llevaba a mi terreno. 

—Está claro que le gusta lo que hace. 

—Es que si no me gustara, ya me habría cambiado. 

—Este oficio suyo le deja poco tiempo libre para otras cosas, para sus aficiones, ¿verdad? 

—No, porque antes sí estaba más tiempo en el negocio, sábados y domingos, y a mi edad me he puesto mi meta: trabajo de lunes a viernes y el sábado y el domingo, para mí. 

—¿Qué hace los fines de semana, lejos de cajones, armarios y alacenas?

—Mis "pasillos".

—¿Perdone?

—Mis manualidades, mis pasos de Semana Santa. E irme a Bedmar, al pueblo, donde tengo vivienda; mi mujer es de allí y me gusta mucho, disfruto mucho. 

—O sea, que deja usted la tarea diaria de andar entre muebles para encerrarse, en cuanto puede, a construir tronos procesionales en miniatura. 

—Llevo ya un tiempo que no hago nuevos, pero voy modificando los que hice antes. Ahora estoy cambiando algunas cosas al de la Virgen de los Desamparados. 

—Hay quien se relaja tumbado en el sofá, otros aseguran que correr los deja nuevos, y usted encuentra la mejor terapia construyendo procesiones que, luego, exhibe en el escaparate de la tienda. 

—El escaparate, y todos los armarios de la tienda, todos los muebles. 

—Es decir, que cuando un cliente viene a la tienda y le pide que le enseñe el interior de un mueble, se topa de sopetón con un paso de palio o de misterio...

—[Ríe] Les cambio cosas, las flores... Este de la Virgen de la Esperanza lo voy a cambiar, porque el año pasado se me troncharon las velas. 

—Sinceramente, José: los muebles le dan para vivir, ¿y las miniaturas?, o esas no las vende ni por todo el oro del mundo?

—No, no, esto es por afición. Me han querido dar hasta mil quinientos euros por un paso, pero no lo vendo, esto es un hobby.

—Que es un manitas, a ver quién lo discute. ¿También un capillita?

—Sí, sí, soy cofrade de El Gran Poder (estuve en su junta de gobierno) y de la Virgen de la Capilla, desde que mi hija Lidia es la vice hermana mayor. 

—Una familia cofrade, entonces.

—Mi mujer es camarera de la Virgen de la Capilla, Lidia vice hermana mayor y María Isabel, otra de mis tres hijas, de la junta de gobierno también. ¡Ah, y yo soy también de mi Perdón, he sido costalero!

—Huele a formica y laca su negocio, señor De la Chica, pero también a Gloria... Y a Semana Santa.

—A incienso, sí. 

VÍDEO Y FOTOGRAFÍAS: ESPERANZA CALZADO

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